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La libertad de no vivir de contarlo

Aunque seguramente esté equivocado, soy de los que piensa que después de ejercer durante algunos años una determinada profesión se nos amuebla el cerebro de un modo, digamos, corporativo. Los médicos piensan como médicos, los arquitectos como arquitectos y los periodistas como periodistas.

A los periodistas nos gusta, así, en trazo grueso, contar cosas que encajan en la agenda del día, desde una determinada perspectiva a medio camino entre la línea editorial del medio, el jefe inmediato de turno y el punto de vista personal. Y con los años vamos aceptando determinadas reglas del juego, sabemos que algunas cosas funcionan y que otras causan problemas, incluso para uno mismo.

Ahora que asistimos a momentos de escape personal mediante blogs y periodismo "ciudadano" (lo profesionales debemos ser de campo), aprovechamos para la autocrítica corporativa a título individual, denunciamos sutiles o burdas manipulaciones, evidenciamos lo tendenciosos que son los demás y adornamos historias de interés humano con pinceladas de novedad. Vamos, lo mismo de siempre sólo que en digital y con más libertad si no vivimos de contarlo.

No hace mucho se recuperó la bonita historia de un violinista que había abarrotado una sala de conciertos a precios desorbitados y al día siguiente nadie le prestaba atención cuando tocaba el mismo Stradivarius en una estación de metro. Un experimento periodístico que pretendía demostrar que somos incapaces de reconocer la belleza. Aunque prácticamente cualquiera con experiencia sabía el resultado de la prueba.

Ayer se publicaba la enésima foto de primera plana que según el encuadre del fotógrafo o del editor podía transmitir una u otra realidad distorsionada. Como si una foto no fuera siempre eso, como si alguna vez una cámara hubiera podido ser fiel a una realidad objetiva. La protagonizaban Zapatero y Felipe González. Una dato insignificante.

Y en la red se plantea el debate desde una ingenuidad sorprendente o falsa, no sé muy bien. Pero todos los periodistas profesionales del mundo, como todos los cineastas, como cualquier contador de historias, como cualquier comunicador, sabemos que siempre construimos nuestros relatos con manipulación, algunos de forma honrada para expresar lo que honestamente creen que es más fiel a la verdad, otros como simples publicistas, activistas de cualquier causa, que pueden ser igual de honestos aunque no con la verdad sino con sus fines, y otros, sinceramente creo que pocos en el mundo profesional, como verdaderos hijos de puta que sólo aspiran al mal ajeno. Aunque absolutamente todos los profesionales lo hemos sido en algún momento porque vivíamos de contarlo.

Así que, ahora que tantos escribimos por escribir, porque el día a día lo hemos arreglado de otro modo, y que tenemos la puñetera herramienta viral de la red para expandir el mensaje, deberíamos ser capaces de contar la historia con la misma manipulación de siempre pero sin la excusa de ninguna línea editorial ni ningún jefe de sección, redactor jefe o director, con la manipulación honesta de encuadrar, montar, editar, titular o diseñar, con libertad. No vivir de contarlo tendrá que aportar alguna ventaja, digo yo.

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