sábado, 30 de octubre de 2010

Creadores vocacionales y baratos

Quizá sea una cuestión vocacional, pero el que disfruta cantando, canta, gane o no gane dinero. Si le gusta escribir, dibujar, bailar, pues lo hace. Es uno de los problemas, o ventajas, de las llamadas industrias culturales: siempre hay alguien dispuesto a crear. La industria, para obtener beneficios, puede invertir en los creadores o esperar simplemente a que creen por generación espontánea, apropiarse de sus creaciones y hacer negocio o simplemente disfrutarlas en el caso de ser sólo un consumidor final. Pagar a los creadores es cosa de sociedades avanzadas y acomodadas, una vez que ya han pagado necesidades primarias. Piratearlas, también, incluso hasta el extremo de las empresas que viven del diseño ajeno y que les compensa pagar indemnizaciones cuando son condenadas por plagio.

Esto ocurre con la "cultura".

Pero también la "ciencia".

En España se investiga mal, poco, de forma ineficiente y, sobre todo, vocacionalmente. Y si llega la crisis, los presupuestos se reducen aún más, confiando en que alguien registre una patente como quien compone una canción con su guitarra. En realidad, los investigadores son percibidos como algo extraño, con bata blanca, a veces con pintas extravagantes y juveniles (de becarios), improductivos... Sin embargo, son los únicos que hacen avanzar el mundo.

Ayer me encontré este curioso reportaje sobre el estudio de las audiencias de televisión en este país.



Me pareció muy curioso porque este tipo de investigación, digamos menor, no se suele cuestionar y se acepta como algo imprescindible. Es un influyente monopolio en el movimiento diario de millones de euros y comportamientos sociales, pero no genera riqueza. Mientras, la investigación que puede crear producto, valor, desarrollo o innovación se ve como un gasto. El "que inventen ellos" tiene más éxito que nunca. Con lo fácil que es ahora copiar y con la cantidad de creadores vocacionales y gratuitos que nacen cada día.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Desde un iPad, fidelizado

Estoy tratando de escribir mi primera entrada en el blog con un iPad. Naturalmente no es el aparato más adecuado para ello. No es cómodo ni rápido, pero te saca de un apuro. Eso sí, me dice que no me admite el modo de redacción con la actual versión del navegador. Me parece extraño, teniendo en cuenta que lo acabo de desembalar y debería incluir una versión moderna del Safari. Aunque no soy capaz de resolverlo, el problema no parece grave. Sigo trabajando con relativa normalidad. Y me veo a mí mismo un poco ridículo. Macadicto, un poco snob, casi con demasiados gadgets tecnológicos (sin casi sería más exacto). He perdido la cuenta del número de aparatos fabricados por Apple que han pasado por mis manos desde mi primer Mac Plus, todavía en casa, con un disco duro externo de 20 megas y su impresora ImageWriter. Mejor ni lo confieso. No sé cuánto de esto ha estado provocado por la calidad del producto, por sus estrategias de marketing, por su diseño industrial, por inercia, por capricho... Solo sé que llevo casi un cuarto de siglo fidelizado por una marca, a la que he dado millones (ha habido unas cuantas compras empresariales en las que he tomado la decisión), a la que he proporcionado docenas y docenas de nuevos clientes, que nunca me ha regalado nada y que me sigue provocando el deseo cada vez que saca un nuevo producto al mercado. No todos me han gustado ni los he usado por igual, pero la media de satisfacción ha sido elevadísima. Con los años voy perdiendo pasión, pero sigo picando. Algo tiene la condenada manzanita. Una fórmula mágica que, si yo fuera representativo de algo, que seguro que no lo soy, sería el secreto del éxito empresarial, de la salida de las crisis, de la cautivación del cliente. Y mira que me da rabia reconocerlo. Además, a estas alturas de entrada de blog, hasta ya escribo con el iPad aceptablemente rápido, manda narices.

martes, 26 de octubre de 2010

Hispania, Letizia y Twitter

En los tiempos de Mad Men y otra media de docena de series televisivas de extraordinaria calidad, en España dos canales privados enfrentan y contraprograman Hispania y Letizia. Durante su emisión, ambas denominaciones se convirtieron en Trend Topic mundial de Twitter, es decir, dos de las palabras más escritas en la red de microblogging, donde, por cierto, no resulta fácil imponerse a las comunidades anglófonas o lusófonas, líderes habituales. Las estrategias digitales se consolidan en los medios audiovisuales locales (hoy por hoy el mercado español es un mercado local) y proyectan su presencia mucho más allá de sus ámbitos de actuación. En un primer vistazo, ninguna de las dos series llega al nivel de la suela del zapato de las grandes entregas de HBO o Showtime, por citar algunos ejemplos, pero eso es lo de menos, de hecho sería milagroso poder acercarse tanto por medios como por adecuación a las audiencias. Sin embargo han mostrado una capacidad de convocatoria inusitada, no sólo por la cantidad, sino por la calidad y por el activismo digital de su audiencia. No estamos hablando de un reality o corazón de arrabal (aunque lo de Letizia pueda tener alguna semejanza), sino de ficción más o menos basada en hechos reales. ¿Han llegado las chonis a Twitter? No, puede que hayan llegado muchos españoles en los últimos meses, puede que hayan llegado usuarios más relajados y conversacionales, pero no las chonis. Simplemente la televisión sigue siendo la televisión, todavía, y las redes sociales ya son las redes sociales incluso "desde España para el mundo", sin necesidad de una gran noticia, sólo con el negocios de los medios. Interesante.

jueves, 21 de octubre de 2010

La internet audiovisual pendiente

Cada vez que Apple presenta una nueva versión de su software para editar en casa contenidos de audio y video digitales me sorprendo. Me ocurre lo mismo cada vez que las marcas de cámaras sacan al mercado una nueva cámara de línea doméstica o "prosumer", con calidades inimaginables o sólo alcanzables hace unos pocos años con precios astronómicos. Si a esto le añadimos la también sorprendente calidad de la reproducción de los vídeos o los podcast en la red, cada vez estamos más cerca de eliminar la barrera entre lo profesional y lo doméstico en términos técnicos, a menos para los ojos y los oídos de la inmensa mayoría de los espectadores. En la actualidad, con iMovie, GarageBand y unas cuantas plantillas se logran resultados que hace diez años requerían la intervención de una productora como mínimo de mediano tamaño.

Sin embargo, estas herramientas que en términos de periodismo audiovisual deberían significar una revolución (no digo nada de la ficción o de cualquier otro campo de la comunicación audiovisual) no han logrado todavía generar una ola comparable a la del periodismo escrito en internet, el llamado periodismo ciudadano, los agregadores de noticias o las redes sociales. Las televisiones IP no han funcionado, al menos en sus primeras etapas, Youtube no ha evolucionado demasiado desde su creación, ni han surgido alternativas al modelo (algo así como MySpace, Facebook y Twitter). La Internet audiovisual que se nos prometía hace años, con vídeo interactivo, conversacional y, sobre todo, muy periodístico, con noticias de todo tipo grabadas por millones de ciudadanos, no acaba de llegar. Quizá no llegue nunca, porque el lenguaje audiovisual es más difícil que el escrito, o quizá alguien invente el software de edición que cualquiera pueda manejar con la misma sencillez que el teclado qwerty. Quizá vivamos más tranquilos con la bestia contenida. No sé si soportaría un Facebook audiovisual.

martes, 19 de octubre de 2010

Tengo mucho que ocultar

En una charla sobre protección de datos y redes sociales, una asistente de primero de carrera respondió a una pregunta retórica del conferenciante, Víctor Salgado, con unas palabras que me provocaron un escalofrío: nadie debería tener problema si no tiene nada que ocultar.

Lo sé, son los pocos años, la mirada casi totalmente inocente de la juventud mezclada con la ortodoxia moral o ideológica que sólo se pueden permitir los jóvenes y los fanáticos. Pero el escalofrío es una sensación, no una reacción cerebral. Y lo cierto es que no sé si me recorrió todo el cuerpo porque yo sí que tengo mucho que ocultar, porque ella creía que no, porque la seguridad se antepone a la libertad o por la inconsciencia con la que el principal segmento de usuarios de redes sociales actúa sin más razón que la de "todo el mundo lo hace".

Llevo 27 años de mi vida publicando contenidos de un modo u otro, y he metido mucho la pata a pesar del oficio, de la preparación académica, de la edad. Seguro que he molestado sin intención, que muchos se han sentido agredidos, incluso atacados en su honor, en su intimidad. Pues válgame el cielo qué hubiera hecho sin el barniz ético y deontológico que pueda tener, sin la más mínima consciencia de que hay que proteger a la infancia, que puedes facilitar el despido, el divorcio, la no contratación, el descrédito de alguien o hasta un delito por subir fotos inconvenientes por muy divertidas que parezcan, por destrozar a una ex o a un vecino, jefe, cliente, empresa, competidor, etc, etc.

Y lo de menos es la desprotección legal. Lo peor es que en este gran hermano de la red, donde todo el mundo puede crear contenidos sobre todo el mundo, muchos piensen que no pasa nada mientras no tengas nada que ocultar. Estoy aterrado.

martes, 12 de octubre de 2010

Por qué Irlanda saldrá de la crisis antes que España

Llámenle pálpito, si quieren, pero para mí que países como Irlanda van a salir de la crisis mejor que España. Días atrás necesitaba hacer unos trabajos en casa y el que me dio el presupuesto más asequible, con muchísima diferencia y aún así no muy barato, me lo explicaba: es que la gente prefiere trabajar cinco días al mes y cobrar 2.000 euros por una chapuza que trabajar 20 días y ganar 4.000, es lógico ¿no?, me decía. O sea que, en la lógica española, preferimos perder clientes y no bajar los precios, porque si ganamos menos también trabajamos menos. Por motivos como este no bajan tanto como debieran los precios de los alquileres, de los pisos, ni la mano de obra, ni las materias primas, ni los servicios... ni el precio del dinero.

En Irlanda, al parecer y por sólo poner un ejemplo, los alquileres han bajado en un año un 40 por ciento. ¿Se imaginan cómo se dinamizaría el mercado si aquí ocurriera lo mismo? Alquileres rebajados de 1.000 euros a 600; de 500 euros a 300. Pues entonces yo no lo alquilo, diría un propietario español.  ¿Es una condición genética de nuestro mercado la cabezonería de no bajar los precios cuando baja la demanda? Quizá más que del mercado es de nuestro carácter personal: somos orgullosos, aunque no podamos, somos pijos, nos resistimos... Bueno, lo malo es que nos negamos a bajar pero somos rapidísimos subiendo y, lo que es más curioso, pagando al alza, con hipotecas delirantes, igual que en Irlanda. Solo que ellos sí se adaptan a los malos tiempos.

Estos días ha circulado por la red un reportaje que compara lo que gana un peón del metal por convenio con un ingeniero o licenciado. Sorprendentemente parecido. El tema no es nuevo. El igualitarismo salarial e incluso las diferencias a favor de los puestos menos cualificados por horas extras (los profesionales no cobran horas) o por flexibilidad laboral (me llevo a los encofradores de la obra de al lado pero no me llevo al arquitecto), ha llevado a ridiculizar a los universitarios frente a los camareros de chiringuitos. Ahora el chiringuito es nuestra mejor aportación al I+D mundial.

Así que no lo dude, en la medida de lo posible, pida al menos medio docena de presupuestos para pintar un dormitorio o reparar un tejado. Con suerte, con mucha suerte, uno de cada seis utilizará la política de los irlandeses, el resto, aunque esté en el paro y por mucha crisis que haya, calculará por arriba, en función de que lo que cree que usted puede pagar, viendo el coche que tiene aparcado a su puerta, la decoración de su casa o si habla como un universitario. Si cuela, cuela, y si no, no trabaja y punto. Seguimos siendo el país de Rinconete y Cortadillo,

jueves, 7 de octubre de 2010

El periodista Vargas Llosa

Lo descubrí gracias a mi profesora de literatura de primero de BUP, una de esas mujeres que marcan tu vida desde una tarima. En una misma tanda cayeron Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Sábato, Borges... Quizá era demasiado para los quince años, pero La tía Julia y el escribidor me dejó huella por la capacidad de escribir en dos registros paralelos tan diferentes y geniales. No fui capaz de acabar de leer La casa verde pero aprendí a no sentirme mal por dejar un libro a medias. Y con Pantaleón y las visitadoras me encaré con mi propio morbo personal. Aunque después vinieron otros títulos, quizá esos tres fueron los que más me ayudaron a construir una admiración temprana a un escritor sin el menor atisbo de deslumbramiento, simplemente me gustaba con mayúsculas, sin volverme un fan. Visto con perspectiva, eso es mucho más difícil con un adolescente que enamorarlo, como sí me había ocurrido con Cien años de soledad.

Le han dado a Mario Vargas Llosa el premio Nobel de Literatura, dicen, por su "cartografía de las estructuras del poder". Quiero pensar que con esa frase se le reconoce algo mucho más importante que la belleza de su obra literaria. Y quiero pensar también que ese algo es la esencia del periodismo: contar historias que reflejan la realidad, que explican el funcionamiento del mundo y que transmiten un trasfondo llámenle ustedes ético o político, que no es lo mismo pero es igual.

Leer a Vargas Llosa me ha enseñado muchas cosas: que las personas, hasta las más grandes, no son perfectas, que es imposible que te guste todo lo que hacen y que discrepar con respeto y reconocimiento es fantástico. Un placer leerle aún en desacuerdo, casi nada. Con Gabo tardé 20 años en conseguirlo.

domingo, 3 de octubre de 2010

Cómo evaluar vídeos

Acabo de presidir un jurado, en este caso el de la tercera edición del festival internacional de vídeo universitario U'Frame, que año a año me sorprende por la calidad de los participantes, la calidad de sus trabajos y la demostración palpable de que las escuelas del audiovisual están funcionando cada vez mejor en cada vez más sitios. Hubo debate y criterios encontrados, algo bueno y casi inevitable cuando uno es el único español del grupo, aunque los cinco miembros del jurado éramos profesores y hemos sido profesionales. Ante la disparidad en las valoraciones iniciales, me preguntaba en realidad cuánto de mi esquema mental de evaluación de un vídeo universitario está condicionado por mi experiencia docente, periodística, como jurado en festivales anteriores o simplemente como simple espectador, deformado eso sí por haber visto muchos trabajos de clase, tener que ponerles nota con un decimal y deformado también por haber producido con su propio dinero 20 capítulos de dos series documentales para televisión.

¿Y cómo evalúo un vídeo? Pues así:

1. Me tiene que gustar como espectador. Gustar puede significar divertir, asustar, sorprender, recordar, intrigar... y no está libre del día que tengas, de lo que hayas visto antes, de tus prejuicios, manías, ideología, etc, etc. Totalmente subjetivo. Una simple opinión, quizá con más base que otras, pero sólo una opinión que no representa a nadie.

2. La historia que cuenta en términos de técnica de guión y de su escritura visual, de planteamiento, nudo y desenlace, de puntos de giro... No ayuda si los actores son malos ni las otras mil circunstancias más que pueden destrozar una película, pero aquí sí entra en acción el análisis profesional.

3. La corrección de la puesta en escena, la dirección artística, la coherencia de ambientación, vestuario, atrezzo, localizaciones..

4. La calidad de la imagen, la luz, el color, el movimiento de cámara, el montaje...

5. La interpretación, el casting...

6. El sonido, su precisión, su riqueza, su papel en la ambientación, la música, los efectos, el agrado en general siempre que la sala o el aparato de reproducción lo permita... Jamás repararía en esto como espectador y jamás debería ocurrir que alguien se fijara en el audio.

7. La eficiencia (más que la eficacia) de la producción. Esta sí es una deformación profesional aunque no la considero negativa: contar bien con poco es mejor que contar bien con mucho. Economía de planos, sobriedad en los movimientos, en todos los recursos en general.

8. La universalidad de la idea de fondo, su madurez, su ausencia de adanismo. Cuanta más gente pueda entenderla, identificarse con ella y tener la sensación de que no es la misma historia de siempre aunque sea la misma historia de siempre, mejor.

9. Los efectos visuales, especiales, digitales, la imaginación, la creatividad y los avances técnicos o su aprovechamiento cuando ya son cotidianos.

10. Y al final, otra vez, me tiene que gustar como espectador. Sólo que después de haberle puesto nota a todos los puntos anteriores ya no la veo igual, ya me he convertido en profesor, en evaluador profesional. Y entonces me espanto. Porque esto es lo único importante solo que multiplicado por cada uno de los espectadores que pueda haber en el mundo.

Como ven, no descubro nada. Si me apuran, casi son las categorías de los Oscar. Con los años me he dado cuenta de que casi todos los colegas lo hacemos igual y, en último extremo, las diferencias de criterio acaban por tener exactamente el mismo fundamento que el de cualquier aficionado, incluso el de cualquier espectador. Se resumen en esta frase: pues a mí me gusta.

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