lunes, 31 de agosto de 2009

Qué nos pasa a los hombres, jo tía

Hablo por mí, que conste. Y después de haber asistido en la playa a dos conversaciones-monólogo protagonizadas por vecinas invasoras de toalla acerca de bodas, relaciones, vestidos y, más que de hombres, de mujeres; dos chácharas que cualquier juez consideraría como atenuantes de múltiples reacciones irracionales aunque no violentas. Pero a algunos hombres, y sé que a algunas mujeres, lo que nos pasa es que estamos hasta las narices del rollo industrial-social que se está colocando en el mercado y al parecer en la vida de muchas mujeres cazamaridos.

El principal problema, creo, no es ya que Hollywood no pare de fabricar productos y que logre convertirlos en taquillazos, como el último lanzamiento de la Aniston y el Affleck, sino que mucha gente joven, en este caso sobre todo mujeres, hablan como los personajes, eso sí, con la ligera adaptación del jo tía y, naturalmente, la cultura de cada cual que no suele verse representada en la dicción, riqueza de vocabulario y oportunidad de sus respuestas que sí consigue un actor o doblador profesional con un guión algo trabajado y años de oficio.

Y entonces se pone a hablar de esas cositas que tanto les interesan a gritos y con la simpatía de una tertulia de Gran Hermano: "Jo tía, pero si yo estoy casada y más que casada, hace dos años ya, qué fuerte, entonces estás fuera del mercado, como fulanita, no veas, que lleva dos meses ni pacá ni pallá, no supera lo del imbécil ése, y mira tía, si hay algo que hacer, que lo haga, y si no pues que pase, y mira que está guapa, tiene un cuerpazo, está delgadísima, fíjate, está tan delgada que hasta le hace la nariz más grande, yo le presenté a tíos buenísimos y nada, dice que no, pero qué quiere, es que cuando estás así ni aunque te presenten a Brad Pitt..."

¿Qué nos pasa a los hombres? Pues que vivimos al margen, en la toalla de al lado, leyendo por ejemplo a Stieg Larsson. Los hombres que no amaban a la mujeres. No es broma. Era lo que leía, como casi todo el mundo, el flamante recién marido para aislarse de la conversación que su no menos flamante esposa mantenía con su madre sobre los preparativos de la, al parecer, ya celebrada boda. Su vestido, su peinado, su maquillaje, su talla menor, la estúpida de la vendedora, lo que todas las novias hacen pero que ella no, como si me rapo la cabeza, jo tía, gesticulaba, ni siquiera la madre era capaz de incrustar un par de frases entre tanta verborrea. Hora y media. De silencio. De escucha inevitable. De discurso encendido de santa ira. De pasión. De gavilanes....

Qué nos pasa a los hombres y a las mujeres normales, que no son pijas ni chonis. Estaba yo pensando en elaborar una respuesta cuando empezó la caravana de hormigas. Sin contemplaciones. Ella se dejó llevar sin parar de hablar, eso sí. Vamos, que no llegamos. Él y ella con la misma cara de vinagre. Qué le pasaba al hombre. ¿Harto? No. Empezaba la Liga con el Real Madrid-Deportivo. Jo tía.

sábado, 29 de agosto de 2009

Escribir textos ocasionales

Cuando uno lee mucho, bueno mucho, bastante, pronto empieza a sentir que está todo escrito, incluso los propios pensamientos. Por eso a veces echo de menos lo relativamente fácil que es escribir en una redacción, porque trabajando en ella se está siendo privilegiado e inmediato testigo de los hechos concretos sobre los que muy pocos han emitido una opinión todavía. Fácil hasta cierto punto. El periodista que simplemente pretende aportar puntos de vista, no el que tiene vocación literaria, realiza una labor que muchos desprecian por apresurada, dispersa, simple pero que resulta enriquecedora para un lector que quiera formar su propia opinión, ya sea similar, contraria o al margen.

Si uno le dedica algo de tiempo, estar al loro en Internet resulta semejante si se escribe sobre lo que está ocurriendo en ese momento. Pero si te retrasas un poco, y hablo de unas horas, la opinión urgente se escribe a tal velocidad que no es que esté todo escrito, es que está escrito varias veces. Y Google te lo pone en evidencia al instante. Ya no digo nada sobre temas que no sean de actualidad candente, mínimamente intemporales. Entonces te paralizas porque te das cuenta que hay dos millones de referencias, al menos cien magníficas y tú no lo explicarías mejor.

Por eso admiro cada vez más a quien me sorprende con su texto, casi tanto como me sorprendo cuando alguien me elogia algo escrito por mí. Y digo todo esto porque cada vez admiro más y me siguen sorprendiendo los Textos ocasionales de Ramón Gil. Porque juega en los límites de la experimentación lírica y narrativa. Porque se pelea con las estructuras de las historias y les vence. Porque prueba y casi siempre acierta en sus experimentos de seducción. Es, si me lo permiten, un cabrón con pintas lanzando palabras como misiles contra los puntos débiles de la racionalidad descarnada hasta lograr derribarla sin estridencias. Y en la intimidad de la lectura, con las defensas ablandadas por este hábil canalla, piensas no sólo que te gusta lo que acabas de leer en "un simple" blog, sino que, además, nunca lo habías leído antes.

Nada menos.

viernes, 28 de agosto de 2009

Hoteles, turistas y otros negocios

Siempre me he preguntado cómo funciona el cerebro de un típico cliente de resort veraniego, esos sitios multitudinarios en cuyos bufés de desayuno la gente se pelea por los donuts tras engullir tres platos, cuando en su vida diaria se despachan un café "porque a esa hora no me entra nada".

Sé que los niños son gratis, que es una solución cómoda para familias con chavales pequeños. También sé que para las parejas jóvenes, cada vez más jóvenes, un todo incluido o media pensión es uno de los primeros grandes viajes "de adulto". Los jubilados logran buenas tarifas. Para los muy atareados es una forma de "resolver": mezclas estrellas con sol garantizado y lo demás lo presupones. Buena habitación, buena piscina, tumbona, pagas y listo.

Pero qué diablos les pasa por su cabeza cuando, haciendo cuentas o sin hacerlas, a la hora de elegir destino se comportan como si les sobrase el dinero (porque son las vacaciones, porque un día es un día, que nunca hacemos nada) y después devoran hasta la indigestión para ahorrarse la comida si salen del hotel, o se encadenan a la sombrilla porque dónde vas a ir, si el pueblo es una mierda o todos son unos delincuentes o hay mucha pobreza y te deprimes.

Dicen que, como los aviones, los resorts, antes de lujo, se han democratizado. Pero no tanto por el low cost, sino porque nos han convencido de que casi todos somos clase media, así que debemos consumir un determinado nivel de productos: básicamente en ropa, coche, y el tipo de vacaciones, pero no entendidos como calidad sino como gasto mínimo.

Imagine por ejemplo una familia con unos ingresos de 1.000 euros mensuales por persona, ¿cuánto debería gastarse en sus vacaciones? Pues resulta que, según las estadísticas oficiales, prácticamente esos mil euros por cabeza. Y el presupuesto diario no para de crecer, en todo caso, con la crisis se reducen los días. Hace unos años era un mes; después, medio; ahora andamos por diez o siete días.

Curiosamente el negocio hostelero, ese que se vende con fotos de folleto así que el tipo de construcción debe entrar por los ojos (otra cosa es que entre por los oídos el chunda-chunda cuando ya estás alojado, pero ya es tarde), se devana los sesos estudiando al milímetro las tarifas de sus extras, al menos en el caso de las grandes cadenas.

Calculan al detalle el minibar: un agua mineral 3 euros (IVA no incluido). Afinan con el teléfono en la habitación (¿o ya no ocurrirá por culpa de los móviles y las llamadas nacionales a fijos serán gratis, jajaja?). Hacen llamamientos ecológicos para ahorrar en lavado de toallas. Imaginan servicios de televisión casi interactiva, instalan videojuegos con tragaperras por tiempo en los pasillos. Muchos cobran por la wifi (algunos no se han enterado de que desde sus habitaciones se pilla gratis la wifi del edificio de al lado) y hasta por la llave de la caja de seguridad (hay que pagar un extra para evitar, al parecer, que sus propios empleados roben a los clientes). Y dan instrucciones concretas a su personal para que sólo repongan el frasquito del champú cuando esté totalmente agotado. No quiero seguir.

Teniendo en cuenta que una habitación de hotel cuesta de media más de cien euros, 150 o 175 en destinos de moda y 240 en resorts, y sabiendo que el turista incrementa su presupuesto año tras año, pero que después entra el ataque de piojos y dejan el Passat fuera del recinto por ahorrarse el aparcamiento, ¿por qué no se incluye todo en el precio de la estancia?

Algo raro sucede entre un cliente que paga su sueldo mensual por una semana de vacaciones y que trata de amortizarlo en el bufé junto con un hotel que trata de recuperar con la wifi lo que se gasta en muesli o huevos revueltos con salchichas. En realidad no entiendo ni a unos ni a otros.

jueves, 27 de agosto de 2009

El gran circo de la gripe A


Esto va para ti, periodista, no para tu jefe, ni tu director, ni tu editor, ni leches. Para ti, redactor o como mucho jefe de sección que, tras la reunión de planificación de cada día y la ojeada a teletipos, agenda del día y competencia, decides dedicar un espacio a la gripe A, porque es noticia, está claro.

Sabes, porque ya tienes el culo pelado de arrastrarlo por la jaula, que estás contribuyendo al miedo. Pero por el mismo motivo del culo, sabes que es un miedo relativo, que esto es un gran carnaval, Kirk Douglas, que tampoco influyes tanto como piensan los demás, al fin y al cabo no eres un periodista conocido, ni siquiera muy poderoso, bueno, un poquito influyente sí, pero sólo un poquito. La gente te lee o te escucha y tampoco te cree al pie de la letra, aunque sabes que los políticos bailan al son del circo como los payasos en la pista y toman medidas, la oposición hace preguntas, el gobierno da ruedas de prensa, el Ministerio emite notas, el Colegio de Médicos comunicados... y tú te limitas a reflejarlo todo en forma de titulares. Porque la bola de nieve ya echó a andar y tú conoces el oficio, nadie domina del todo la bola, parece que se acelera y se para sola.

Pero tú decides muchas cosas en tu pequeño o no tan pequeño medio: el tamaño del titular, el tono, la foto, los minutos, la página, la escaleta, la insistencia... Ya, la gente quiere saber, los demás medios lo hacen, los jefes mandan, así es la vida, digo la muerte con la gripe A, cada víctima es noticia, no los ataques al corazón ni el cáncer, ni el tráfico salvo lo que diga el comunicado de la DGT, que ni sumamos los muertos de las ciudades, hombre, ni los que mueren al cabo de unos días, y los heridos y discapacitados no merecen el menor seguimiento. ¿Muere alguien de sida hoy en día? Parece que no, se ha creado más miedo al virus de la gripe (no dar la mano, no besar) que a follar sin condón.

Claro, no tienes mucho margen de maniobra, ni tiempo para comprobar nada. Lo sé bien. Puede que a título personal te parezca que todo esto es una vergüenza, al fin y al cabo el cinismo profesional lo llevamos colgado como una medalla. Tú eres el primero en pensar, incluso en decir en artículos o en el quinto párrafo de las informaciones que la prudencia blablablá, que los laboratorios se forran y el Tamiflú blablablá, que si la gripe aviar, el sars, el ébola y blablablá. Bastante haces con eso, ¿no?

Pues no colega, no es bastante. Qué te voy a decir. Lo sabes perfectamente. El periodismo a veces da asco. Pero no te engañes. A veces, sólo a veces, da asco por lo que haces tú, exactamente tú.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El camello diseñado por un comité

Hace algunos años trabajé brevemente en una agencia de publicidad en cuyas paredes estaba colgado un poster con un aforismo casi clásico: un camello es un caballo diseñado por un comité. Una alusión, que entonces me parecía exagerada, a que la creatividad en grupo no era muy viable, o que las decisiones tomadas por un comité recibían tantas modificaciones en el curso de los debates que el consenso se lograba finalmente con un engendro. El slogan no es muy democrático, pero todos hemos vividos situaciones que lo han confirmado: reuniones de vecinos, consejos escolares, juntas de facultad... en realidad son más frecuentes cuando todos los reunidos son iguales, igual de propietarios, igual de funcionarios, con igual representación, pero también ocurre en cualquier grupo donde exista un primus inter pares, o un jefe reinón, novato o cansado, en defintiva, influenciable, ya sea por el pelota, el gritón, el sarcástico, el conciliador o cualquier otro estratega típico de las dinámicas de grupo.

En estas reuniones todos tienen opinión aunque no todos tengan criterio. Los objetivos individuales pueden ser muy diferentes de la misión general y el que consigue ponerle jorobas al caballo no tiene por qué pretender mejorar el caballo sino ser ocurrente, llevar la razón, imponer una idea, quedar bien.

Ahora empiece a pensar en la cantidad de comités que toman decisiones por nosotros, desde el Consejo de Ministros hasta los altos tribunales, comisiones de expertos, de evaluación, ayuntamientos, ejecutivas de partidos políticos... la retahíla es infinita.

Y esto explica en gran medida buena parte de las decisiones disparatadas que se toman en sociedad: programas, planes, códigos legales, políticas, obras públicas... Sí, hace años me parecía exagerado y hoy sé que se queda corto, pero sigo pensando en aquello del "menos malo de los sistemas". Prefiero que le pongan jorobas al caballo antes de que permitan a alguien arrancárselas a un camello.

martes, 25 de agosto de 2009

Antonia San Juan no es un hombre

Hay miles de cuestiones sobre las que no tengo opinión, sólo estómago. La identidad sexual es una de ellas. No sé qué pensar ante alguien que duda sobre quién es. Y me quedo desconcertado ante la realidad de que algunos hombres quieren ser mujer o viceversa. O ante el hecho de que a un hombre le atraigan los hombres, a una mujer las mujeres. No tener opinión no significa mucho. La mayoría de las cosas se aceptan, se observan, gustan o no, simplemente están. Si dudo sobre la identidad sexual de una persona, me siento inseguro, como con cualquier duda, pero lo acepto como algo que no es de mi incumbencia salvo, naturalmente, que tenga algún interés sexual en ella o sea un juez deportivo ante uno de esos extraños casos como el de la corredora surafricana Caster Semenya.

Pero no me quiero referir a la atleta sino a una actriz, Antonia San Juan, con la que comparto una homonimia razonable. Aunque escribamos nuestro apellido de forma diferente, ella separado y yo junto, y ella sea Antonia y yo Antonio, al ser una actriz relativamente famosa aparece con facilidad en Google. Y curiosamente se ha convertido en una forma de localizarme a mí o a este blog. Hasta ahí todo normal. Lo llamativo es que la inmensa mayoría de las búsquedas se refieren a la duda sobre su sexo. Las frases son del estilo de ¿es Antonia San Juan un hombre? ¿o, mejor aún, un tío? Pues mire, no tengo ni la menor idea, aunque parece que no, entre otras cosas porque ella lo dice y, francamente, a partir de ahí para mí queda zanjada la cuestión salvo que usted tenga algún tipo de interés sexual en ella del que yo carezco.

¿Le parece buena actriz?, ¿le ha interesado alguna vez su trabajo?, lógico querer saber más sobre ella. Hasta entiendo el morbo aun sin compartirlo en absoluto, incluso aceptaría que la ambigüedad puede beneficiar a la San Juan en su carrera.

Y ahora imagine que dudan sobre si usted es un hombre o una mujer. Yo no tendría opinión. Pero sí sobre los morbosos. Déjelo ya.

lunes, 24 de agosto de 2009

Deudas del verano

Igual que Silvio Rodríguez, que en su "Testamento" debía canciones a un montón de temas, después de unas semanas sin escribir le debo posts a un montón de asuntos más o menos veraniegos, más o menos personales, políticos, locales o universales.

Le debo un post a Wallace Souza, el expolicía metido a diputado gracias a dirigir un programa donde se informaba de asesinatos hasta el extremo de, al parecer, provocarlos.

Le debo un post a los políticos que no se van de vacaciones y gobiernan con decretos de agosto hasta hacer el ridículo e incluso daño, con cuestiones de lo más variado, desde la ayuda al desempleo hasta la TDT de pago.

Le debo un post a las vacaciones de resort y su conglomerado de clientes, algunos extuneadores de ibizas metidos a padres de familia talluditos con niños a los que nada niegan salvo la educación. A los que acortan los días de descanso no tanto por la economía, que también, sino para aparentar que trabajan más que otros. A las estrategias turísticas ante la crisis, los precios, los servicios y el cobro de wifis, minibares, propinas o aparcamientos.

Le debo otro al uso de las redes sociales desde chiringuitos, terminales de aeropuerto o destinos internacionales, a la charleta intrascendente de Facebook o a sus tests. A las tarifas de internet móvil, que por muy delegada provincial que uno sea no es un delincuente por usar la red, más bien lo es la compañía capaz de facturar a alguien en un mes 40.000 euros por muchos datos que descargue. A la literatura de tumbona, engordada por las editoriales a bajo precio para simular dar más por menos; y a las barrigas untadas de protector solar que la soportan.

Le debo uno a las relaciones esenciales de familia carnal, política o marital, a las de adolescentes y niños, a los abuelos escoba y a los "sobrantes", a las de los ex y las segundas o terceras nupcias.

Le debo, cómo no, uno al clima gallego, y al recurso del agua como bien económico, del mismo modo que lo es el sol para el Mediterráneo, a la industria de los incendios, a la investigación contra las catástrofes, a la gestión urbanística y suburbana, al conocimiento en campos de especialización que proporciona el entorno de forma natural y que se desaprovechan.

Debo hasta un par de ellos a la creación y destrucción y creación de identidades gráficas corporativas para cosas tales como las guarderías: de no tener nombre a llamarse galescolas, y de galescolas a galiña azul.

A las comunidades pobres y ricas, a las carreteras limítrofes, a diez metros anchos y bien asfaltados porque son cántabros, 25 bacheados y estrechos porque son de Castilla-León, otros 150 buenos, otros 75 malos, los buenos con cartel "Cantabria", los malos anónimos, que ya se entiende.

Y, claro, a la gripe A, a los medios de comunicación, al miedo y los periodistas, a las clases de ética y deontología profesional de la carrera, a las campañas conscientes e inconscientes que quedan en nada o que consiguen sus objetivos.

Se me acumulan las deudas. Y quien cree que paga todo lo que debe o miente o tiene poca memoria. Así que muchas me quedarán pendientes. Seguro.

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