domingo, 27 de febrero de 2011

Escribe un papel y viaja con él

Llevo unas semanas en que no paran de hablarme de una nueva casta de famosos: los speakers (resista la tentación de traducirlos por charlatanes, por favor).

Los entrevistan en televisión, se ofrecen en correos masivos, en folletos, en webs, adornan congresos, galas, banquetes y convenciones.

Quizá con este blog yo hago algo parecido, en malo, naturalmente. Aunque me enfrento a mis propios problemas.

Por ejemplo, desde que uso un iPad me he convertido más en lector de internet que en escritor, mi blog poco a poco tiene menos y menos entradas. Pero es curioso que también puede coincidir con esa sensación que muchas personas tienen de que es mejor "escribir un papel y viajar con él". Casi un único mensaje, al menos durante una temporada, repetido ante distintos públicos, con los mismos chistes. Puede ser una teoría, un discurso de motivación, un ejercicio de "coach", una "performance", una charla sobre hombres y mujeres. A la gente le encantan esas cosas. Pagan, aplauden y ríen. Celebran la brillantez del ponente sin conciencia de haber presenciado, en realidad, una grabación, una representación teatral milimetradamente ajustada al guion (obsérvese que va sin tilde, por cierto).

Y con los blogs ocurre, igual que con el periodismo, que hay que escribir a diario, o "periódicamente" por lo menos. Una persona normal puede agotar los mensajes que quiere aportar al mundo en unos meses. Un periodista profesional es más pertinaz: siempre tiene actualidad que ilustre sus columnas, sus reportajes. Aunque al cabo de los años también saben que se repiten, sufren un constante deja vu. Hoy lo pensaba con los Oscar, cuya entrega aún no se ha celebrado en el momento de escribir estas líneas. Pero también con las revoluciones en el norte de África. Hasta con las limitaciones de velocidad. "Ríos de tinta", ahora digital, corren como siempre, ríos de aficionados que se relevan en los blogs o en la red en general y de profesionales que, lamentablemente se relevan también casi a la misma velocidad en las redacciones.

Los speakers no. No agotan los temas porque casi siempre dicen lo mismo. Ni al parecer les aburre.

Yo no dejo de escribir por falta de temas, se me ocurren dos docenas al cabo del día. Tampoco dejo de escribir, ya me gustaría, porque esté elaborando un papel para viajar con él, aunque cada vez que vuelvo a ver la película de Sidney Lumet, Network, como esta semana, me coman los demonios para hacer una versión moderna en forma de charla en estos tiempos "apocalípticos" de fin de clase media, estupidez eurocentrista, pijerío digital e idiotización colectiva.

Me encantaría sumarme a la "perspicaz hipótesis" de que los blogs están muertos, por aquello de convertirlos en fenómenos fugaces y tener la sensación de que avanzamos hacia el 3.0 y más allá, y que cada vez estoy más en Twitter o en Tumblr o Quora, o que visto de camiseta y vaqueros a pesar de estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. No, no pretendo ser más joven de lo que soy (ojo que lo soy mucho), ni participar obligatoriamente en el fenómeno comunicativo de turno. No importan los blogs, ni las redes sociales, ni la literatura que queramos creer. Importa que lo conviertas en un "speak".

En realidad creo que dejo de escribir porque me repito, aunque prácticamente nadie lee entradas antiguas salvo la que se refiere a Antonia San Juan. Conseguir lectores, incluso vía algoritmo nuevo de Google, sigue pasando por las mismas taquillas de toda la vida. Aunque tampoco escribo por conseguir lectores, ni lo estoy dejando por no conseguirlos.

Dejo de escribir por estancamiento, espero que temporal. Porque el fin de ciclo se ralentiza y ya está dicho. Porque el peor gobierno de la democracia española sigue avergonzándome, y también está dicho. Porque la falta de reacción de la sociedad, incluso a niveles elementales, de gente que haga algo para que las cosas cambien, también está repetido. Porque los padres y los profesores seguimos siendo mucho más culpables que nuestros hijos y alumnos, y también anda por ahí escrito. Puedo seguir insistiendo, pero no le encuentro mucho sentido. No alimento mi vanidad, ni la de usted que me está leyendo (anda que tiene mérito por llegar hasta aquí, gracias). Y ya sabe que esto de la comunicación está muy relacionado con la vanidad, especialmente la de tener razón.

Claro que los conferenciantes o escritores de best-sellers lo hacen por el caché y los aplausos, no por la razón. Recuérdelo la próxima vez que le vendan una moña sobre la felicidad, el que se ha comido el queso o la pulsera mágica magnética holográfica. Ellos también tienen blogs, Twitter o videos en Youtube. Con entradas antiguas.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los Goya de Internet

Han sido los Goya de Internet, de las relaciones del cine e Internet para ser más exactos. Aunque en realidad habría que decir de las relaciones entre la cultura, la educación, el poder e Internet. Un discurso de Alex de la Iglesia que bien vale para remarcar el cambio que el poder siempre se resiste a ver: el cambio en el cine, en el aula, en la empresa, en la comunicación en general. Nunca ha sido tan fácil ni tan barato producir contenidos con una impensable calidad técnica. Nunca ha sido tan fácil ni tan barato distribuirlos. Nunca ha sido tan fácil ponerles un precio ridículo. Nunca ha sido tan barato ponerle puertas al campo.

Los que mandan se seguirán resistiendo. Seguirán siendo lentos en sus reacciones. Conservadores, en definitiva, que tratan de parar el avance del río con las manos. Como siempre. Como cuando trataron de impedir que la gente aprendiera a leer y a escribir. Como cuando querían controlar la imprenta. Como cuando quieren, aún, válgame el cielo, "conceder" frecuencias de radio y televisión. Ahora quieren controlar Internet. Pero todos los que nos dedicamos a los contenidos, a la formación, al entretenimiento tenemos que saber ser rápidos.

El discurso de Alex de la Iglesia lo dice mucho mejor que yo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Dudas de editores de periódicos

Los editores europeos no se llevan bien con el iPad. No me extraña. Lo que puede ser su penúltima esperanza se convierte en un verdadero quebradero de cabeza. Las dudas son muchas. ¿Cobrar o no?, y si es sí ¿cuánto?, ¿venta al número o suscripción?, ¿venta en lote con otras publicaciones?, ¿cambiar al quiosquero por Apple?, ¿prefieren hacer versiones para varias tiendas como la nueva de Yahoo, la de Google o BlueVia de Telefónica?, ¿tienen que ofrecer versiones para iPad, android, ereader... o se 'casan' sólo con una plataforma?, ¿buscan nuevos lectores o reconvierten a los que tienen?, dicho de otro modo ¿llevar lectores del papel a la pantalla o internautas interactivos y multimedia a la lectura sin tanta distracción?, ¿trasladan los ahorros de la impresión y distribución del papel a los lectores o a las redacciones?, ¿solo texto y fotografía o también vídeos y enlaces a la web y en especial a las redes sociales?, ¿diseño gráfico mejorado o animaciones y audio y todas cuantas cosas pueda añadir la tecnología?, ¿edición diaria o actualizada permanentemente?, y ¿a qué velocidad?, quiero decir, ¿cuándo empiezan a hacer la apuesta, cuando Apple les obligue, cuando las rotativas se vayan estropeando, cuando las entradas a su web vía tabletas sean diariamente 1.000; 10.000, 100.000? Y entonces ¿qué hacen?, ¿le regalan de golpe una tableta a todos sus suscriptores y se ahorran el reparto?, ¿se adelantan a la competencia o esperan a ver qué pasa?, y ¿qué deciden con la versión web?, ¿eliminarla, reducirla, rediseñar el planteamiento? Con el papel la cosa parece más clara: menos páginas, más color, menos rotativas por kilómetro cuadrado y así quizá hasta su desaparición o por lo menos una presencia muy limitada. Pero son costes hundidos y hay que ordeñarlos, como los barcos de vela y después los de vapor, o lo viejos hoteles, las barreras de entrada se han convertido en barreras de salida del negocio.

Decisiones difíciles de tomar. El sector es conservador y conoce como nadie el viejo aforismo: a los pioneros se los comen los indios. Aunque los rezagados no pueden pretender seguir viajando en diligencia.

domingo, 6 de febrero de 2011

Somos mansos

No sé exactamente que les está ocurriendo a los españoles, ya no como país, sino como un suma de individuos. El pesimismo, una vez más en la historia, nos paraliza. El colchón familiar, supongo que también la economía sumergida o el calcetín del ladrillazo, amortigua los efectos del paro. Somos uno de los países con mayor fracaso escolar. El cuarenta por ciento de los más de cuatro millones de parados tienen menos de treinta años. No nos reproducimos. No montamos nuevas empresas. Asistimos sin inmutarnos al progresivo empobrecimiento general presente y futuro. Modificamos por tercera vez el sistema de pensiones en la democracia y estamos convencidos de que se seguirá modificando, siempre a peor, en los próximos años. Coincidimos en que los políticos son más mediocres que nunca, que los bancos y los mercados mandan sobre la democracia pero no surgen nuevas alternativas y nadie con un currículum mínimo piensa en dedicarse a la política. Visualizamos los dramas ajenos como las estadísticas de robos cuando todavía no te han robado a ti, como cuando alguien llora en directo en un programa de radio o de televisión. Centenares de miles de casas están vacías, los locales se ponen en alquiler. Asumimos que todo tiene que recortarse, encogerse. Los medios de comunicación (que viven internamente los mismos problemas que el país) tampoco reaccionan, ni pinchan ni azuzan, parece como que las elecciones podrían cambiar algo porque se cuestionan, yo qué sé, las Diputaciones, o la vinculación de salarios a la productividad.

Y la primera página es Egipto. Bueno. Ver a los egipcios luchando no sólo por su libertad sino por transmitir a los medios occidentales que ellos no son integristas me hace pensar que la gente sigue creyendo que los medios son fines, que Internet puede liberarles. Tanto como nos libera a nosotros. Que nos ocupamos de Bisbal o Vigalondo, por citar los dos últimos casos de personajes quemados en la pira pública de las libertades que nos facilita la red. De acuerdo, lo sé. No es la red, ni que los medios sean fines. Es la naturaleza humana. Esa naturaleza que al parecer nos hace tan diferentes a egipcios y españoles.

Claro que la culpa es del gobierno. Y de quien lo elige. Y de quien no se moviliza o no vota. Y de quien no quiere presentarse o gobierna desde la sombra en su propio interés. Somos mansos, simplemente.

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