viernes, 26 de junio de 2015

Adiós Wert, otro a la lista

Otro ministro de Educación que cae. El peor. Uno de los peores. ¿Llega otro que bueno lo hará? Lo cierto es que, salvo por el intento de Ángel Gabilondo de alcanzar un consenso educativo, no recuerdo un solo ministro "del ramo" (qué bonita expresión) que me dejara un mínimamente aceptable sabor de boca. Quizá la figura no es la más adecuada. Pero a muchos me los he tenido que tragar, como estudiante, como periodista y como profesor.

Estudié la EGB y el BUP de Villar Palasí. Entré en la Universidad saltando de Mayor Zaragoza a Maravall, con los "penenes" en huelga constante, la revolución de la LRU que acabó muy lentamente con la Universidad franquista, que en el fondo fue la que sufrí mientras la nueva no llegaba del todo. Admito que, por cuestiones personales, de Solana y Rubalcaba apenas tengo recuerdos en el cargo, salvo porque se multiplicaron las Universidades y nació la LOGSE. El problema era el dinero, pero en teoría la cosa no pintaba mal del todo. En esto llegó Pertierra y la oposición de los profesores y sindicatos a su LOPEG de 1995, un paso casi tan fugaz como el de Jerónimo Saavedra, que se comió los coletazos del problema.

Ganó por fin el PP. Esperanza Aguirre, con Aznar, montó su propias guerras sin entrar a reformas educativas. Le bastaba con pelearse a su más puro estilo personal. Puso el jefe a Mariano Rajoy, que llevaba sin bajarse de un coche oficial desde 1983, para tranquilizar las aguas, y le dio unos toques a la Formación Profesional. Apareció la revolución de Pilar del Castillo con la LOCE que nunca se aplicó y una LOU (el famoso plan Bolonia) que destrozó la Universidad incluso tras la reforma que le introdujo la fallecida María Jesús San Segundo, la ministra de Zapatero que puso en marcha la LOE y la educación para la ciudadanía. Mercedes Cabrera continuó la labor y Gabilondo lo intentó, pero no pudo.

José Ignacio Wert, que por fin se va, impuso la LOMCE y unos desarrollos de la LOU que son para arrancarse los ojos. De la cultura, el IVA y otras cuestiones, mejor ni hablar. Y aquí estamos. Con un nuevo ministro, Íñigo Méndez de Vigo, noble, como Aguirre, y condenado a ser el breve por calendario electoral.

Díganme, con esta lacónica visión histórica, si alguna vez la Educación le importó a algún gobierno en este país. Compárenla con el AVE, las autovías, los aeropuertos, las rotondas, los paseos marítimos o el fútbol. Eso sí que es negocio.


miércoles, 24 de junio de 2015

Ideologías, mentiras y mayorías absolutas

Puedo equivocarme, pero cuando el gobierno de Zapatero decidió bajar los sueldos a los funcionarios se produjo un punto de inflexión en el modo de hacer política en España. Dejando al margen que fuera justo o injusto, evitable o no, ocurría con esa decisión algo tremendamente desasosegante y maquiavélico: los poseedores de una mayoría absoluta se vieron capaces de hacer cualquier cosa y la opinión pública no se rebelaba.

Y, además, no era necesario disimular.

En realidad siempre había ocurrido que, con cualquier excusa, no se cumplieran los programas electorales, o directamente se mintiese, o se olvidase intencionadamente una medida prometida, o que se hiciera directamente lo contrario de lo dicho. Pero o bien se disimulaba, o bien se justificaba con argumentos peregrinos, retorcidos, torticeros. Es política. O realpotilik. O razón de Estado. Y todo se maquillaba para que las urnas no se resintieran.

Pero desde hace unos años, quienes mandan creen que no lo necesitan. Aplican su ideología, o peor aún sus ocurrencias, con total desfachatez, aun sabiendo que los tribunales acabarán por quitarles la razón. Si hay que pagar una indemnización, la paga el Estado, o sea ellos no, todos. Si hay que dar marcha atrás a la medida, se hacen los remolones, alargan los plazos hasta que vengan otros y asuman su problema.

Ningún político en su sano juicio podría pensar en permanecer en el cargo después de estos últimos años de crisis. Al menos ninguno de los que han recortado sueldos, derechos, prestaciones en sanidad y educación, mantenimiento de obras públicas, justicia, seguridad... Al menos ninguno de los que cobran y militan en partidos empapados de corrupción, estafas bancarias y desahucios.

Sin embargo lo piensan. Aunque me resulta dificilísimo de creer, puede incluso que alguno esté convencido de haber hecho lo correcto. Como quien cercena un brazo gangrenado. Preferiblemente el brazo de otro, claro. Hasta les da una subida de testosterona: se ven a si mismos como cirujanos de hierro, con carácter, con pelotas...

Alguien me dijo alguna vez que lo malo de una ideología es que siempre hay un imbécil que la comparte contigo. Los que votan a esos políticos por ideología, deberían pensarlo también.

PD: por cierto, hoy decían que devolvían a los funcionarios lo que les habían quitado; después, lo desmintieron. Mañana pueden decir cualquier cosa y después la contraria. Hoy me han dejado la moral por los suelos los antiguos escoltas de los amenazados por ETA, los preferentistas, los enfermos de hepatitis, las noticias de siempre y los políticos de mayoría absoluta e imbéciles.

jueves, 18 de junio de 2015

Contra la eliminación de Facultades (2)


No existen demasiadas universidades públicas en España, y mucho menos en Galicia. En los países desarrollados cuentan como mínimo con una Universidad cada 750.000 habitantes. Y las mejores Universidades del mundo tienen una dimensión semejante: unos 20.000 estudiantes, casi 30.000 personas implicadas si sumamos profesores, investigadores y trabajadores de administración y servicios. La gran diferencia es el presupuesto por estudiante. Y la procedencia de ese presupuesto. Las mejores universidades privadas estadounidenses tienen más presupuesto público que las universidades públicas españolas. Además cuentan con la participación privada de empresas, antiguos alumnos y una enorme capacidad comercializadora de patentes y contenidos divulgativos y científicos.

El gobierno español ha recortado en educación y sanidad. La Universidad está en la ruina. Se reducen becas, sueldos, puestos de trabajo, se suben matrículas, acortan la duración de las carreras, se rebajan las horas dedicadas a la investigación.... Y en vez de parar el proceso, aunque dicen que salimos de la crisis, vamos a peor.

Ahora le toca a las Facultades y a los Departamentos.

Y eso significa modificar las titulaciones. Inevitablemente, por mucho que digan que no. Las más pequeñas y modernas serán arrolladas por las más grandes y tradicionales.

No se fusionan Facultades, se eliminan.

Las plantillas de profesores encogerán. Se perderán profesores asociados, los que proceden del mundo profesional para el que se supone que perparamos a los estudiantes. Se imposibilitará la incorporación de profesores e investigadores jóvenes. Los mejores se irán del país. Ya hace años que se están yendo.

Los planes de estudio serán más y más generalistas. Las Universidades se parecerán más las unas a las otras. Los estudiantes saldrán peor preparados. Así de simple.

Los ahorros en educación, como los de sanidad, son peligrosos. Pero si se va a las esencias del proceso educativo, que por cierto son lo que menos cuesta, los efectos resultan demoledores: peores profesionales, menos empresas, menos tecnología, menos industria y menos trabajo. Por no hablar de una sociedad inevitablemente peor, menos educada, más controlable, con menos sentido crítico. En algún momento hay que poner el límite. Y ese límite debe estar como mínimo en la docencia. En la Universidad, está en las Facultades, donde estudiantes y profesores trabajan juntos. Se puede cuestionar todo. Las Facultades no.

Contra la desaparición de Facultades en la Universidad


En mi Universidad quieren fusionar Facultades. No es la primera vez ni será la última. El argumento "aparente" es el ahorro. Un 0,2% en nuestro caso. Aunque fusionasen las 21 Facultades en una sola, el ahorro "aparente" sería poco más del 1%. Simplemente con los extras que cobran rector, vicerrectores y gerencia ya se ahorra lo mismo. Así que no es "ahorro". Ahorro es reducir viajes, protocolos, burocracia, papel, experimentos digitales, coches oficiales... No cerrar Facultades, Laboratorios, Departamentos. Ahorro es usar software libre y hasta gratuito. Hacer más videoconferencia y menos aviones. Tener una central de compras que pueda operar en Internet y no usar intermediarios con márgenes disparatados por poner simplemente una tarjeta de crédito. Ahorrar no es montar falsas televisiones universitarias, tener la calefacción encendida en edificios cerrados. Ni poner trabas a conseguir ingresos, hacer una patente, una spin-off o enterrar en papeleo a una empresa que quiera colaborar con la Universidad.

Cerrar Facultades significa que la organización y el día a día de las titulaciones se decidirá en reuniones masificadas, donde los profesores y alumnos de las carreras más grandes o más antiguas impondrán criterios a los de las carreras más pequeñas y modernas, donde los medios técnicos específicos de cada disciplina se convertirán en campo de batalla, donde no habrá presupuesto para lo especializado, donde los estudiantes perderán autonomía y representación, donde los profesores tendrán que negociar desde áreas de conocimiento enfrentadas.

Una Facultad no es un edificio, es un conjunto de profesores y estudiantes de una misma especialidad académica. Reciben un presupuesto y un marco legal, y son razonablemente autónomos para adquirir y organizar el material, decir los contenidos docentes, fijar horarios, exámenes, actividades académicas, uso de los espacios, etc, etc. Es la esencia misma de la práctica universitaria. Muchas Facultades de medio mundo, como la mía, comparten edificios, administración, biblioteca, cafetería, conserjería. Eso no implica que deban fusionarse. Una Facultad es un claustro, una junta que comparte un campo de conocimiento preciso, unas competencias profesionales coincidentes. Es absurdo juntar arquitectos con aparejadores, ingenierías inconexas o, como es nuestro caso, sociólogos con realizadores audiovisuales. Absurdo, ineficiente e irracional.

Quizá es casualidad que las Facultades afectadas no hayan votado al rector de turno. Y que el rector les pase factura seis meses antes de las nuevas elecciones, en verano, con las aulas vacías y los estudiantes centrados en los últimos exámenes.

Quizá es una simple ocurrencia, de esas ideas felices que los gestores aficionados tienen en la ducha y que siempre afectan a los demás, nunca a ellos. Quizá alguien es lo suficientemente irresponsable como para pensar en fusionar barcos para ahorrar capitanes, o en unir países para ahorrar un primer ministro. ¿Es el 0,2% el chocolate del loro? Presupuestariamente sí. Académicamente es destrozar la Universidad en 8 de sus 21 Facultades, ese 0,2% afectará a más del 30% de la UDC, a más de 4.000 estudiantes.

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