jueves, 2 de julio de 2015

Reestructurar la Universidad


La imagen es del Consejo de Gobierno de mi Universidad. Podría ser la de cualquier otra Universidad pública española. A pesar de las diferencias en los estilos de gestión y de los dineros públicos que reciben, todas sufren problemas semejantes. Y no son fáciles de resolver. Por las leyes que condicionan el sistema, por el sistema que condiciona las leyes. Por las inercias personales de los académicos y los prejuicios de los políticos. Por la falta de comunicación, por las ideologías, los intereses y el desconocimiento.

Desconocimiento. Sí. Quizá el problema más importante. La opinión pública, en general, los medios periodísticos en particular, hasta a veces los ministros y los consejeros autonómicos de Educación tienen un enorme desconocimiento de la Universidad. Y la Universidad tiene un enorme desconocimiento de la sociedad real, del mundo de la empresa y hasta de si misma, de las disciplinas que imparte, de sus estudiantes, de las habilidades de gestión de recursos y personas que se mueven en una organización ciertamente compleja.

Muchos rectores llegan al cargo con la única experiencia de haber sido antes decanos o directores de centro o departamento. Otros, ni eso. Algunos han dirigido proyectos de investigación. Nada parecido a liderar una entidad repleta de funcionarios, científicos, jóvenes, personal eventual, sindicatos, política, administrativos, genios brillantes y no tanto, burócratas, normas autonómicas, nacionales y internacionales, rígidos y menguantes presupuestos públicos y una constante lupa en forma de agencias de evaluación y rankings más o menos arbitrarios.

De ahí que muchos piensen que es un problema de gobernanza. De quién puede o debe ser rector. Por extensión, se llega al sistema de elección de órganos de gobierno y a la propia organización de la Universidad. A su estructura. Facultades, departamentos, institutos, ramas y áreas de conocimiento y, lógicamente, la estructura de los puestos de trabajo.

Por el contrario, otros se centran en la formación, la investigación y la transferencia (en ésta algo menos, para qué nos vamos a engañar). Para ellos es un problema de títulos, de número de cursos (5, 4, 3+2, etc, etc), de nombres (licenciatura, grado, master, diplomatura, especialización, título propio u oficial, etc), de metodologías y calidades (indicadores, uso de tecnologías, habilidades y destrezas –nunca entenderé la diferencia–, resultados de aprendizaje...). O de incrementar el número de "papers", congresos y proyectos internacionales sin importar demasiado su contenido.

A la Universidad pública se le está asfixiando presupuestariamente. Y las Universidades privadas, algunas, hacen su agosto. Los listos cobran a los investigadores por publicar o por asesorarles sobre cómo lograr sexenios de investigación. A los estudiantes se le considera "clientes" y se les cobra cada vez más por ofrecerles cada vez menos. Los profesores dedican más tiempo a burocracia que a docencia. Los padres pagan 11 meses de alquiler cuando antes pagaban 9. Las empresas se siguen quejando de que no se prepara a los graduados como necesitan... y por eso les pagan salarios vergonzosos. El sistema español no va por buen camino. Eso es indiscutible. Por eso "hay que reestructurar". El consejo de gobierno de mi universidad lo dijo unánimemente.

Y me echo a temblar.

Porque se van a tomar decisiones apresuradas, sin conocimiento, sin dinero, con prejuicios y reacciones emocionales e ideológicas. O nos lo tomamos con algo de serenidad o directamente iremos a peor.


viernes, 26 de junio de 2015

Adiós Wert, otro a la lista

Otro ministro de Educación que cae. El peor. Uno de los peores. ¿Llega otro que bueno lo hará? Lo cierto es que, salvo por el intento de Ángel Gabilondo de alcanzar un consenso educativo, no recuerdo un solo ministro "del ramo" (qué bonita expresión) que me dejara un mínimamente aceptable sabor de boca. Quizá la figura no es la más adecuada. Pero a muchos me los he tenido que tragar, como estudiante, como periodista y como profesor.

Estudié la EGB y el BUP de Villar Palasí. Entré en la Universidad saltando de Mayor Zaragoza a Maravall, con los "penenes" en huelga constante, la revolución de la LRU que acabó muy lentamente con la Universidad franquista, que en el fondo fue la que sufrí mientras la nueva no llegaba del todo. Admito que, por cuestiones personales, de Solana y Rubalcaba apenas tengo recuerdos en el cargo, salvo porque se multiplicaron las Universidades y nació la LOGSE. El problema era el dinero, pero en teoría la cosa no pintaba mal del todo. En esto llegó Pertierra y la oposición de los profesores y sindicatos a su LOPEG de 1995, un paso casi tan fugaz como el de Jerónimo Saavedra, que se comió los coletazos del problema.

Ganó por fin el PP. Esperanza Aguirre, con Aznar, montó su propias guerras sin entrar a reformas educativas. Le bastaba con pelearse a su más puro estilo personal. Puso el jefe a Mariano Rajoy, que llevaba sin bajarse de un coche oficial desde 1983, para tranquilizar las aguas, y le dio unos toques a la Formación Profesional. Apareció la revolución de Pilar del Castillo con la LOCE que nunca se aplicó y una LOU (el famoso plan Bolonia) que destrozó la Universidad incluso tras la reforma que le introdujo la fallecida María Jesús San Segundo, la ministra de Zapatero que puso en marcha la LOE y la educación para la ciudadanía. Mercedes Cabrera continuó la labor y Gabilondo lo intentó, pero no pudo.

José Ignacio Wert, que por fin se va, impuso la LOMCE y unos desarrollos de la LOU que son para arrancarse los ojos. De la cultura, el IVA y otras cuestiones, mejor ni hablar. Y aquí estamos. Con un nuevo ministro, Íñigo Méndez de Vigo, noble, como Aguirre, y condenado a ser el breve por calendario electoral.

Díganme, con esta lacónica visión histórica, si alguna vez la Educación le importó a algún gobierno en este país. Compárenla con el AVE, las autovías, los aeropuertos, las rotondas, los paseos marítimos o el fútbol. Eso sí que es negocio.


miércoles, 24 de junio de 2015

Ideologías, mentiras y mayorías absolutas

Puedo equivocarme, pero cuando el gobierno de Zapatero decidió bajar los sueldos a los funcionarios se produjo un punto de inflexión en el modo de hacer política en España. Dejando al margen que fuera justo o injusto, evitable o no, ocurría con esa decisión algo tremendamente desasosegante y maquiavélico: los poseedores de una mayoría absoluta se vieron capaces de hacer cualquier cosa y la opinión pública no se rebelaba.

Y, además, no era necesario disimular.

En realidad siempre había ocurrido que, con cualquier excusa, no se cumplieran los programas electorales, o directamente se mintiese, o se olvidase intencionadamente una medida prometida, o que se hiciera directamente lo contrario de lo dicho. Pero o bien se disimulaba, o bien se justificaba con argumentos peregrinos, retorcidos, torticeros. Es política. O realpotilik. O razón de Estado. Y todo se maquillaba para que las urnas no se resintieran.

Pero desde hace unos años, quienes mandan creen que no lo necesitan. Aplican su ideología, o peor aún sus ocurrencias, con total desfachatez, aun sabiendo que los tribunales acabarán por quitarles la razón. Si hay que pagar una indemnización, la paga el Estado, o sea ellos no, todos. Si hay que dar marcha atrás a la medida, se hacen los remolones, alargan los plazos hasta que vengan otros y asuman su problema.

Ningún político en su sano juicio podría pensar en permanecer en el cargo después de estos últimos años de crisis. Al menos ninguno de los que han recortado sueldos, derechos, prestaciones en sanidad y educación, mantenimiento de obras públicas, justicia, seguridad... Al menos ninguno de los que cobran y militan en partidos empapados de corrupción, estafas bancarias y desahucios.

Sin embargo lo piensan. Aunque me resulta dificilísimo de creer, puede incluso que alguno esté convencido de haber hecho lo correcto. Como quien cercena un brazo gangrenado. Preferiblemente el brazo de otro, claro. Hasta les da una subida de testosterona: se ven a si mismos como cirujanos de hierro, con carácter, con pelotas...

Alguien me dijo alguna vez que lo malo de una ideología es que siempre hay un imbécil que la comparte contigo. Los que votan a esos políticos por ideología, deberían pensarlo también.

PD: por cierto, hoy decían que devolvían a los funcionarios lo que les habían quitado; después, lo desmintieron. Mañana pueden decir cualquier cosa y después la contraria. Hoy me han dejado la moral por los suelos los antiguos escoltas de los amenazados por ETA, los preferentistas, los enfermos de hepatitis, las noticias de siempre y los políticos de mayoría absoluta e imbéciles.

jueves, 18 de junio de 2015

Contra la eliminación de Facultades (2)


No existen demasiadas universidades públicas en España, y mucho menos en Galicia. En los países desarrollados cuentan como mínimo con una Universidad cada 750.000 habitantes. Y las mejores Universidades del mundo tienen una dimensión semejante: unos 20.000 estudiantes, casi 30.000 personas implicadas si sumamos profesores, investigadores y trabajadores de administración y servicios. La gran diferencia es el presupuesto por estudiante. Y la procedencia de ese presupuesto. Las mejores universidades privadas estadounidenses tienen más presupuesto público que las universidades públicas españolas. Además cuentan con la participación privada de empresas, antiguos alumnos y una enorme capacidad comercializadora de patentes y contenidos divulgativos y científicos.

El gobierno español ha recortado en educación y sanidad. La Universidad está en la ruina. Se reducen becas, sueldos, puestos de trabajo, se suben matrículas, acortan la duración de las carreras, se rebajan las horas dedicadas a la investigación.... Y en vez de parar el proceso, aunque dicen que salimos de la crisis, vamos a peor.

Ahora le toca a las Facultades y a los Departamentos.

Y eso significa modificar las titulaciones. Inevitablemente, por mucho que digan que no. Las más pequeñas y modernas serán arrolladas por las más grandes y tradicionales.

No se fusionan Facultades, se eliminan.

Las plantillas de profesores encogerán. Se perderán profesores asociados, los que proceden del mundo profesional para el que se supone que perparamos a los estudiantes. Se imposibilitará la incorporación de profesores e investigadores jóvenes. Los mejores se irán del país. Ya hace años que se están yendo.

Los planes de estudio serán más y más generalistas. Las Universidades se parecerán más las unas a las otras. Los estudiantes saldrán peor preparados. Así de simple.

Los ahorros en educación, como los de sanidad, son peligrosos. Pero si se va a las esencias del proceso educativo, que por cierto son lo que menos cuesta, los efectos resultan demoledores: peores profesionales, menos empresas, menos tecnología, menos industria y menos trabajo. Por no hablar de una sociedad inevitablemente peor, menos educada, más controlable, con menos sentido crítico. En algún momento hay que poner el límite. Y ese límite debe estar como mínimo en la docencia. En la Universidad, está en las Facultades, donde estudiantes y profesores trabajan juntos. Se puede cuestionar todo. Las Facultades no.

Contra la desaparición de Facultades en la Universidad


En mi Universidad quieren fusionar Facultades. No es la primera vez ni será la última. El argumento "aparente" es el ahorro. Un 0,2% en nuestro caso. Aunque fusionasen las 21 Facultades en una sola, el ahorro "aparente" sería poco más del 1%. Simplemente con los extras que cobran rector, vicerrectores y gerencia ya se ahorra lo mismo. Así que no es "ahorro". Ahorro es reducir viajes, protocolos, burocracia, papel, experimentos digitales, coches oficiales... No cerrar Facultades, Laboratorios, Departamentos. Ahorro es usar software libre y hasta gratuito. Hacer más videoconferencia y menos aviones. Tener una central de compras que pueda operar en Internet y no usar intermediarios con márgenes disparatados por poner simplemente una tarjeta de crédito. Ahorrar no es montar falsas televisiones universitarias, tener la calefacción encendida en edificios cerrados. Ni poner trabas a conseguir ingresos, hacer una patente, una spin-off o enterrar en papeleo a una empresa que quiera colaborar con la Universidad.

Cerrar Facultades significa que la organización y el día a día de las titulaciones se decidirá en reuniones masificadas, donde los profesores y alumnos de las carreras más grandes o más antiguas impondrán criterios a los de las carreras más pequeñas y modernas, donde los medios técnicos específicos de cada disciplina se convertirán en campo de batalla, donde no habrá presupuesto para lo especializado, donde los estudiantes perderán autonomía y representación, donde los profesores tendrán que negociar desde áreas de conocimiento enfrentadas.

Una Facultad no es un edificio, es un conjunto de profesores y estudiantes de una misma especialidad académica. Reciben un presupuesto y un marco legal, y son razonablemente autónomos para adquirir y organizar el material, decir los contenidos docentes, fijar horarios, exámenes, actividades académicas, uso de los espacios, etc, etc. Es la esencia misma de la práctica universitaria. Muchas Facultades de medio mundo, como la mía, comparten edificios, administración, biblioteca, cafetería, conserjería. Eso no implica que deban fusionarse. Una Facultad es un claustro, una junta que comparte un campo de conocimiento preciso, unas competencias profesionales coincidentes. Es absurdo juntar arquitectos con aparejadores, ingenierías inconexas o, como es nuestro caso, sociólogos con realizadores audiovisuales. Absurdo, ineficiente e irracional.

Quizá es casualidad que las Facultades afectadas no hayan votado al rector de turno. Y que el rector les pase factura seis meses antes de las nuevas elecciones, en verano, con las aulas vacías y los estudiantes centrados en los últimos exámenes.

Quizá es una simple ocurrencia, de esas ideas felices que los gestores aficionados tienen en la ducha y que siempre afectan a los demás, nunca a ellos. Quizá alguien es lo suficientemente irresponsable como para pensar en fusionar barcos para ahorrar capitanes, o en unir países para ahorrar un primer ministro. ¿Es el 0,2% el chocolate del loro? Presupuestariamente sí. Académicamente es destrozar la Universidad en 8 de sus 21 Facultades, ese 0,2% afectará a más del 30% de la UDC, a más de 4.000 estudiantes.

viernes, 22 de mayo de 2015

El final de Mad Men


Vuelvo a escribir sobre esta serie, ahora que acabó, tan inteligente que en el último instante del último capítulo me hizo sentir inteligente a mí. Porque durante toda la temporada estuvo facilitando pistas sobre lo que iba a ocurrir sin que nadie (yo al menos) pareciera darse cuenta. Y de pronto todo encajó. La excelente técnica narrativa atrajo la atención sobre elementos que distraían, aunque conformaban el relato de todas las subtramas, y nos hizo creer que el viaje vital del protagonista tenía que acabar en una crisis definitiva, la que le llevase al suicidio o por lo menos a un punto de inflexión tan rotundo que justificase el final de la serie. Y no fue así. La crisis de la última temporada era como otras, quizá más grave, pero la vida profesional y personal sigue. Ése es el excelente final. Un guiño a los aficionados a la publicidad, a una generación que todavía canta la melodía de ese anuncio de Coca Cola, a la chispa de la vida, a todos los creativos que sufren periódicamente intensísimos  dolores de parto, a las mujeres que avanzan sin descanso, a los hombres que naufragan en las transiciones, a las relaciones de ambos, a su reinvención, a un país y un guiño, en resumen, a toda su zona de imperio cultural que reconoce esos signos casi como propios, cuando no íntimos.

Mad Men no era un producto para mayorías, sino para minorías inmensas. Estética, ritmo, irrealidad en el reflejo de la realidad de una época dorada que en España sólo empezaba a atisbar remotamente. En muchos capítulos se les fue la mano. Pero la intención, la elegancia, la ambivalencia, los matices, la factura del guión, del diseño de producción, de la foto, del montaje, de la dirección de actores.... todo se ha mantenido a un nivel magistral durante años. Admirable.


lunes, 11 de mayo de 2015

La empatía con "los malos"

En la primera columna, imágenes de Hijos del Tercer Reich, Banderas de Nuestros Padres y Carta desde Iwo Jima. En el centro, Santuario, Salvados y Asier y yo. A la derecha, Dexter, El francotirador y Los Soprano.

Los asesinos no tienen empatía con sus víctimas. Pero el mundo de la ficción y de la información puede hacernos sentir empatía con el asesino casi con la misma facilidad que con sus asesinados. Ha ocurrido una vez más con el programa de Jordi Évole entrevistando al etarra Rekarte. Y sucede cada vez que un realizador le da el papel protagonista a quien la industria audiovisual del momento o el poder sin más se lo ha negado a lo largo de la historia: los perdedores, los malvados, los terroristas, los mafiosos, los nazis, los fascistas, los comunistas, los psicópatas, los pederastas....

En su último éxito, El francotirador (American Sniper) Clint Eastwood, el maestro y siempre controvertido director, da una visión cosificada de los "abatidos" por su protagonista, Chris Kyle. Su impersonalización, totalmente intencionada y por eso polémica, choca con ese gran experimento de objetividad que es su bilogía Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers) y Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima). Hijos del Tercer Reich (Unsere Mütter, unsere Väter) conmocionó a la opinión pública por ponerle rostro humano a la generación nazi. Dexter hizo lo propio con un justiciero asesino en serie, aunque es verdad que siempre asesinaba a malvados. La lista de productos audiovisuales que se ponen de parte de los buenos es infinitamente más grande que la que enumera películas desde la perspectiva de los malos. Normal. Pero hay que admitir una cierta tendencia a convocar a la audiencia desde el otro lado.

Cuando doy cursos de ética audiovisual casi siempre surgen los mismos temas, las mismas discusiones desde posturas más o menos estandarizadas. Mucha corrección política, mucha ideología o mucha religión, mucha emoción y mucha incomodidad (incluso enfado) por pararse a pensar sobre los principios y los valores personales. La semana pasada una estudiante de máster me dijo con la seguridad de los veintitantos años que los productos audiovisuales que provocaban la empatía con "los malos" no planteaban ninguna cuestión ética. Simplemente se hacían cuando la sociedad estaba preparada para aceptarlos. Un compañero de curso respondió: o cuando el poder lo permite. Quedaba totalmente al margen, al parecer, la verdadera cuestión: ¿es correcto fabricar un producto para que el espectador empatice con el asesino, con "el malo"?

El concepto mismo de ética audiovisual es discutible. Aunque alguna reflexión merece la responsabilidad individual que tenemos los que nos dedicamos a cualquier faceta de la comunicación social, más allá de los códigos deontológicos. Ficción, información, educación o persuasión, no importa demasiado desde la perspectiva de la ética. ¿Hacemos lo correcto? ¿O ni siquiera nos lo cuestionamos? Nuestro Pepito Grillo o el "inquilino interior", del que hablaba la Mafalda de Quino, nos lo dirá. Y conste que yo también entrevistaría a Rekarte.

lunes, 4 de mayo de 2015

Algunos miedos sobre la libertad de prensa


No es una opinión, es un dato: en España no interesa el boxeo. Lo deja claro Google Trends. Y en esto unos cuantos poderes mediáticos deciden que un combate es un acontecimiento y la noticia casi borra de las primeras páginas el terremoto de Nepal. Ayer todo el mundo parecía aficionado, muchos vieron la pelea en directo de madrugada. Era un notición. Una semana antes pocos de esos insomnes serían capaces de decir el nombre de un boxeador.

La libertad de prensa, en su día internacional, sigue estando tan amenazada por la agenda como por las dictaduras. Las noticias se suceden a toda velocidad, como casi siempre. Y cada vez más emocionales. Tan pronto convertimos a una mujer de Baltimore en una madre coraje, como condenamos a un padre a tres meses por pegar a su hijo.


Sí, ya sé que no es lo mismo, pero el péndulo informativo puede llevarnos a posiciones contradictorias con total impunidad. Espectáculo, por supuesto.

Periodismo, también. El capital, la gran empresa, los gobiernos, los grupos de presión, los asesinos de periodistas... naturalmente. Y también los periodistas y las audiencias. Todos nosotros amenazamos nuestra propia libertad prensa, de expresión, de pensamiento.

viernes, 17 de abril de 2015

Y si su socio no es honrado...



Usted es honrado, pero detienen a su socio acusado de cualquier delito relacionado con corrupción, blanqueo, evasión de capitales. Su organización entra en crisis. ¿Qué puede hacer? Naturalmente, la "pena del telediario" no se puede evitar. Su clientela, proveedores, acreedores, personal, stakeholders en general (perdón por el término) le preguntarán con urgencia. Por no hablar de la prensa. Por no hablar de las redes sociales. El tiempo vuela y los nervios ayudan poco.

No importa demasiado que el detenido sea culpable o no. Usted ha confiado en él. Por lo que sabe hasta ahora, nada le hace sospechar. Está convencido personalmente de su inocencia. De no ser así, usted sería el primer decepcionado y uno de los máximos perjudicados. Y desde luego, entiende que la ley no admite excepciones. Esto es más o menos lo que dice el manual básico de gestión de crisis y cualquier directivo o político mínimamente experimentado debería saber salir razonablemente del paso.

Pero no alejará la sospecha salvo que la imagen esté públicamente muy reforzada. Habrá preguntas incómodas, indiscretas, incluso claramente impertinentes. Los abogados darán consejos legales y uno tendrá la sensación de estar andando por un campo de minas.

Lo único que realmente puede hacer es estar preparado. Cada organización debe valorar cuáles son los peligros, riesgos y contingencias a los que se puede enfrentar. Y armarse ante ellos. Con anterioridad suficiente. No acordándose de Santa Bárbara solo cuando truena.

¿Entra dentro de lo barajable en el mapa de riesgos que un ex vicepresidente económico del gobierno sea detenido?, ¿un banquero?, ¿un monje? En realidad, ¿quién no puede verse envuelto en una crisis semejante? Usted, que es honrado, pero nadie más. Si no puede invertir un poco en comunicación, por lo menos dedíquele un tiempo personal a pensar qué haría si un socio suyo fuera, salvando todas las distancias, Rodrigo Rato, Chaves, Pujol, Urdangarin... y, claro, no hubiera caído en la tentación de aprovecharse de ello.


miércoles, 15 de abril de 2015

Los blogs ya no están de moda


Pero qué haces volviendo a escribir en el blog. Si ya no están de moda. Ahora si no estás en las redes sociales no existes. Bueno, los blogs de moda sí. Si eres blogger hipster, también. O si has conseguido que tu blog sea como una revista, con varios redactores y fotógrafos, todavía valen. Pero todos sabemos que nadie está demasiado en el mismo sitio salvo que esté leyendo titulares estilo Twitter o en Facebook o microvídeos estilo Vine. Un blog te exige varios minutos de lectura seguida de un texto.

Aunque estadísticamente los blogs resisten, por primera vez disminuyen, al menos desde un punto de vista corporativo. Los comunicólogos rederos aseguran que deben ser sustituidos por el marketing de contenidos, lo que en el fondo sólo significa que alguien que escriba un blog tiene que hacer mucho más. Como siempre, por otro lado. La combinación "web-blog-redes sociales" es tan vieja como la existencia de las tres herramientas. Y el clásico reparto de papeles, equivalente a "empresa-casa-calle" sigue estando vigente. Y el blog-casa, donde uno hace casi lo que quiere sabiendo que pueden venir invitados y que hay vecinos, puede mantenerse como un rincón personal, como un domicilio refugio o como una casa donde se hacen constantes fiestas y con las puertas abiertas de par en par.


En cualquier caso, hay anfitrión y un poquito más de protocolo que en las calles-redes sociales. Pueden asaltar tu casa, aunque lo lógico es sentirse un poco más seguro que en la calle. En las redes sociales tampoco debería faltar la educación pero la calle es la calle, con barrios peligrosos, tipos que insultan al paso, policías dogmáticos aficionados, pandillas, activistas, algunos conducen como locos y una paloma te puede hacer una gracia en la cabeza... Claro que uno se mueve por zonas que cree seguras, donde todos se saludan y dicen gustarse. Se ponen sus mejores ropas y buscan constante conversación con conocidos sobre los temas de siempre: los hijos, las vacaciones, pues no te imaginas lo que vi, etc, etc.

En tu casa, la conversación es más sosegada. Y quizá no tenga que existir. Muchas personas viven más fuera que en su vivienda. Duermen y poco más. A veces son simples etapas de la vida.

Así que yo no me preocuparía demasiado. Los hay más profesionales, que usan su estrategia para vender o venderse. Los hay más personales, más extravertidos o más discretos. ¿Qué es lo correcto hoy en día? Ser uno mismo. Algo muy difícil de hacer, por cierto. Conocerse bien, entender por qué se está en la red: ¿por comercio?, ¿por evangelización?, ¿por compañía?, ¿por terapia?, ¿porque todo el mundo lo hace?... En realidad para casi nadie es un problema. Hasta que lo piensa: ¿sigo la moda? Aunque solo sea un poquito, claro.

lunes, 13 de abril de 2015

Ahora vuelvo

No es una disculpa, ni quiero hacer demasiada literatura de una cuestión personal. Pero hace dos años me dieron el alta tras una lesión medular provocada por un accidente de bicicleta. Sí, este blog ya había ido perdiendo actividad víctima del iPad, con el que es más fácil leer que escribir, que sustituyó en gran medida el portátil al que he estado pegado (en sus distintas versiones) desde hace 25 años. Al margen de ese detalle técnico, después del accidente me negué a redactar nada que no fuera un texto universitario, donde los fantasmas personales quedan guardados bajo siete llaves. Admito que lo echo de menos. El ejercicio diario de teclear sobre actualidad, sobre comunicación, sobre cualquier cosa que uno barrunte desviado por la mentalidad de periodista en la reserva es una gimnasia adictiva. Y si una sola persona lo lee ya es el paraíso.

Hoy vuelvo a escribir. Después de una entrada publicada hace más de dos años y medio sobre la maldad. Una entrada que durante este tiempo no ha dejado de estar de actualidad periódicamente. Por el copiloto de Lufthansa, por los decapitadores o por tantos otros malvados de ejércitos regulares o de hogares machistas. Qué más da. La maldad siempre devora nuestro desayuno a poco que abramos un diario.

Pero no vuelvo a escribir para repetir un mensaje. Más bien al contrario. Tras mi accidente estuve unos días tetrapléjico. Durante unas semanas viví la experiencia de la Unidad de Lesionados Medulares. Cuando a los cinco meses me reincorporé al trabajo me sentí agradecido, con cierto síndrome postraumático, con sentimiento culpa por haber tenido la suerte de recuperarme mientras mis compañeros de Unidad seguían en  sus sillas de ruedas. Como tantas otras personas que han vivido experiencias duras, volví a nacer, perdí el miedo a la muerte, tomé conciencia de mi vulnerabilidad, me enfado menos y me tomo todo menos en serio. Físicamente estoy casi como antes del accidente. Gracias a tanta gente. Y ayer monté en bicicleta.

No era la primera vez. De hecho me enfrenté a mis miedos a toda velocidad. En cuanto pude mantener el equilibrio, aunque el corazón me reventaba ante el peligro. Estaba orgulloso de ello. Pero ayer me monté tras unos meses de inactividad invernal casi casi como si no hubiera ocurrido nada. Me bajé de la bici encantado, había sido un paseo muy placentero. La noche me hizo la jugarreta.

Soñé que todo había sido un sueño. Perdónenme la vulgaridad. Lo diré de otra forma: soñé que todo lo ocurrido desde mi recuperación había sido un sueño. Y que yo seguía en mi "cama libro". Con la mandíbula colgando y respirando como un pez fuera del agua. Sin sentir nada de cuello para abajo. Me explicaban que seguía en el hospital y yo rompía a llorar.

Hoy el sol se filtraba con fuerza por la persiana de mi dormitorio. No había puesto el despertador. Abrí los ojos sobresaltado. No me atreví a mover nada más que los dedos de los pies. Como la primera vez que lo conseguí. Una pesadilla. No es para tanto. Pero la alegría ha sido tan brutal que puedo volver a la tecla. Hoy, qué tontería, un día importante. Íntimo. Venzo el pudor de usar una experiencia que han vivido millones de personas. Que seguramente siempre ha sido igual o muy parecida. O muchísimo peor, en realidad. Lo mío ha sido un simple pellizco de la vida. Ni siquiera una bofetada. No podía dejar la maldad como último mensaje. Soy el tipo más afortunado del mundo. Seguramente usted también, aunque a veces no lo crea. 

Pero basta de cuestiones personales. Esto parece un puñetero selfie. Con la cantidad de cosas interesantes que ocurren en el mundo. Sólo soy un simple periodista, no sé que hago hablando de mi mismo. Perdón. Y volvamos a darle a la tecla.

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