martes, 28 de agosto de 2012

La maldad

En una conversación de bar, comentaban a mi lado el posible origen de uno de los peores incendios del verano: el que quemó más de 15.000 hectáreas en Castrocontrigo (León), muy cerca de mi pueblo. En la zona viven del pino y de los níscalos, y no dejan que nadie ajeno vaya a cogerlos. Según el contertulio, no sería extraño que alguien cabreado, muy cabreado por no dejarle ir a setas hubiese esperado a vengarse plantando fuego.

La teoría podría admitirse como un ataque de furia de no ser que los níscalos salen en otoño y el fuego en agosto. Si el causante, como el de tantos otros, recurre a la venganza de este modo, meses después, no es un calentón, ni un ataque de furia irreflexiva. Responde a la maldad.

Si un padre, cualquier ser humano pero un padre mucho peor, mata a sus hijos incinerándolos en un horno tras dormirlos con barbitúricos para hacer daño a su ex mujer, no es un enfermo, ni ha perdido el control, no hay pasiones ni irreflexión. Hay maldad.

Los malos existen y rara vez lo recordamos. Preferimos hablar de disfunciones emocionales, de ausencia de empatía, de psiquiatría de salón. Pero hay gente mala y quizá todos somos malos en mayor o menor medida en algún momento de nuestra vida. Cuestión de grados, claro, pero también cuestión de autodisculpa.

En estos tiempos en los que tanto se habla de valores como de corrupción, disculpamos nuestros actos "malvados", sí, malvados como verdaderos hijos de puta, con la obediencia debida, con sacar adelante a la familia, con la carrera profesional, el éxito, con el "todo el mundo lo hace", "no es para tanto", etc, etc.

Y le colocamos una preferente a un octogenario, o a miles, porque hay que cumplir objetivos comerciales. O retorcemos la ley para que el poderoso se siga saliendo con la suya. O nos frotamos las manos con los beneficios desproporcionados aún sabiendo que la quiebra real está a la vuelta de la esquina. O le aplicamos el BOE a las contribuyentes mientras permitimos el secreto bancario... También hay maldad en todo esto. Y en mil actos cotidianos. Ya, ya, no es lo mismo, pero es igual. Recuerde que convertirse en un grandísimo cabrón con pintas muy fácilmente. Y procure evitarlo, hombre. Qué bobada, ¿no?

viernes, 13 de julio de 2012

Pedir perdón en la estrategia de comunicación



Si a las personas les cuesta pedir perdón, a las organizaciones más. En apenas unas semanas en España hemos asistido a dos sorprendentes peticiones de perdón institucionales: la del Rey y la de Novagalicia Banco. Detrás hay una estrategia de comunicación, expertos asesores que ayudaron a tomar la medida y seguramente redactaron cada coma del mensaje. ¿Es acertado considerar esta opción desde el punto de vista de la comunicación corporativa?

Pedir disculpas implica asumir culpas. Esta obviedad lingüística tiene consecuencias legales. En muchas organizaciones donde el dircom, portavoz, jefe de prensa, etc (que no es lo mismo, pero es igual) sea un abogado, pedir perdón difícilmente será tomado en cuenta. Y al poderoso, del nivel que sea, le gustará que se presenten motivos objetivables y técnicos para no tener que tragarse el orgullo.

Si el asesor tiene formación en psicología o sociología, incluso en política, lo más probable es que defienda el perdón como facilitador de las relaciones humanas, como elemento dignificador, transparente, sincero... Y recurrirán a Lincoln y su petición de perdón por la esclavitud o a la Iglesia, por los casos de pederastia.

Cualquier experto en comunicación de crisis recuerda mil casos, desde Toyota a Zara (la firma que, dicen algunos despistados, no hace comunicación) por solo citar a dos líderes mundiales del just in time que no siempre reaccionan justo a tiempo. Las empresas piden perdón muchas veces por cometer errores como el Rey o por prácticas de mala gestión como Novagalicia. Tampoco es lo mismo, pero también es igual.

No estar preparados para un imprevisto, hacer un mal gesto, una demostración de insensibilidad no se puede comparar a prácticas limítrofes con la legalidad, evidentemente inmorales o indiscutiblemente dolosas.

Pero a efectos prácticos esa no es la cuestión. Pedir perdón implica intención de reparar, no sólo de que no se vuelva a repetir. Es un primer paso que puede ser impulsado por el director de comunicación pero éste no suele tener capacidad de hacer caminar a la empresa más allá salvo que ocupe un puesto muy relevante e influyente en el consejo de dirección.

Los que dicen que pedir perdón, por sí solo, no sirve para nada tienen razón. La opinión pública no regala perdones, no es bondadosa, la masa lincha, es justiciera, caliente. Eso sí, olvida. El perdón hace recordar, no a los ofendidos, claro, sino a la agenda informativa. Si vamos ha optar por esta herramienta sabemos que lograremos titulares, críticas feroces y algunas comprensiones calladas. Así que atraeremos el foco de atención para algo más que inmolarnos: para tomar medidas públicas. Ojalá que Novagalicia Banco las tenga y las comunique en breve. El Rey (el Gobierno) ya tarda.

El director de comunicación que convence a su empresa de pedir perdón se la juega. Pero no ante la sociedad, ante la inteligencia del consejo de administración. Si no lo van a apoyar, mejor que abandone la idea. Ni es bueno para la empresa ni para su futuro laboral. Si consigue, por el contrario, que las reparaciones sean justas y públicas, puede que hasta mejore la imagen de la empresa. La humaniza. Y los humanos no somos perfectos, ni mucho menos.

martes, 19 de junio de 2012

25 formas de engañar a los estudiantes

1. Convencerles de que la Universidad favorece la "empleabilidad".
2. Prometerles que la Formación Profesional es una buena forma de acceder a la Universidad.
3. Explicar que un ciclo medio de FP proporciona salidas académicas
4. Ponerles más de una docena de asignaturas por curso en casi cualquier nivel.
6. Examinar de teoría a los niños en Educación Física.
7. Darles clase de flauta.
8. Hacerles creer que los profesores saben de qué hablan aunque les hayan adjudicado la docencia de cualquier materia unos días antes de empezar el curso.
9. Empezar el curso Universitario antes de que se celebre la Selectividad.
10. Ponerle nombres a los títulos o a las asignaturas que no se corresponden con el contenido.
11. Obligarles a que tomen apuntes de textos que pueden encontrar en Internet.
12. Aprobarles inglés durante 13 años sin que sepan inglés.
13. Darles clases de software de Microsoft diciendo son clases de tecnología.
14. Seguir hablándoles de libros que ni han leído los profesores.
15. Hablarles de trabajos y profesiones que jamás ha ejercido el docente como si las conociera.
16. Asegurarles que esas asignaturas son tan importantes cuando sabemos que no lo son.
17. Celebrar falsas ceremonias de graduación.
18. Amenazarles con suspender si cometen faltas de ortografía.
19. Decirles que los profesores no cometen faltas de ortografía.
20. Ejercer de orientador académico o laboral sin dominar ni el sistema académico ni el laboral, y ni siquiera conocer a la persona que deben orientar.
21. Sostener que los conocimientos no importan, sólo las actitudes.
22. Sostener que las actitudes no importan, sólo los conocimientos.
23. Ponerles pizarras digitales, ordenadores o tabletas sin saber qué hacer con ellos, a veces hasta sin enchufes.
24. Convencerles de que los padres tienen que ayudarles a estudiar y aceptarles trabajos que claramente han hecho sus progenitores
25. Reducirles la formación presencial a cambio de grupos más pequeños, para después ampliar los grupos y cobrarles más.


Paro. Iba a poner diez y se me han disparado. Y sí, seguro que he participado en el engaño yo también.

viernes, 15 de junio de 2012

La felicidad

Bueno, bueno, bueno. Más pobres, endeudados, recortados. Todo sigue cayendo por la mista cuesta abajo. Mis conocidos ya no quieren hablar de economía. Prefieren el tiempo, el fútbol, los hijos, la salud... la felicidad.

Una pachanga con amigos de tu mismo nivel.

Una cerveza a la sombra un día de sol, con una buena conversación.

Revolcarte en la cama... haciendo cosquillas a tus hijos.

Pasear con tu perro por un monte espectacular.

Perderte con la moto por una carretera desierta.

Que te salga perfecta esa canción con la guitarra, el violín...y el resto del grupo.

Un trabajo redondo, cualquiera, de esos que lo notas... Y si además lo notan los demás, ya es la leche.

Que alguien te diga, diez años después, y sin necesidad alguna, que se acuerda se ti, que le ayudaste, que le influiste para bien y que ahora es un gran tipo que hace lo mismo a los demás cuando puede.

Un beso de tu madre, una mirada de orgullo de tu padre, un abrazo de cualquiera de los dos.

Dar todo lo que tienes a alguien que quieres de verdad porque lo necesita mucho más que tú.

Ver, escuchar, oler, tocar o saborear cualquier cosa realmente extraordinaria, en un instante.

El ritmo, el flujo, el transporte narrativo o cualquier otro estado en el que tu concentración y entrega es tan absoluta que no te enteras de nada, solo vuelas.

Reírte a carcajadas compartidas.

Seguro que, al margen de lo evidente, olvido mil cosas. Pero para todo lo demás... un experto en felicidad.

Y a los mercados que les vayan dando.

viernes, 25 de mayo de 2012

El plantón de los rectores


En muchas ocasiones les he acusado de no defender los intereses de la Universidad, así que tengo que admitir que el plantón de los rectores españoles al ministro de Educación ha sido un gesto de dignidad plausible (digno de aplauso, vamos). Claro que el propio Wert o la prensa pro gubernamental, e incluso quienes estén en contra de los "señoritos" universitarios pueden criticarlos. Al fin y al cabo son cargos políticos elegidos por sufragio universal entre los catedráticos de sus respectivas instituciones por profesores, estudiantes y personal de administración y servicios. Y muchos de ellos con el apoyo obvio del partido de turno. Por eso hasta ahora nunca habían sido capaces de tomar una decisión tan unánime y tan brusca ante un ministro. Así que imagínense qué habrá pasado para que en todos estos años de aberraciones universitarias no haya ocurrido lo de esta semana.

El ministro justifica sus decisiones, que más o menos se resumen en subida de tasas, de horas docentes y recortes de investigación y titulaciones, en la crisis económica. Pero dejemos esta cuestión al margen. Con o sin crisis, desde hace casi diez años vengo oyendo a un sector social, político y también, que conste, universitario, exactamente esos planteamientos. Incluida, por cierto, la reducción del número de Universidades, cuestión esta que, como comparativamente con los países desarrollados no se sostiene, hasta el ministro la ha relegado de su discurso inicial.

La generación que ahora manda se formó en unas pocas aulas masificadas. Hasta en clases de 300 personas he estado yo, viendo al fondo a un vetusto y altivo catedrático utilizar la tiza como máximo alarde de medio pedagógico y técnico. Se tomaban apuntes o se fotocopiaban. Un examen final, con suerte uno o dos parciales, y listo. No sé ni cómo eran capaces de corregirlos. Aunque lo sospecho. Esta generación puede pensar que esa Universidad era mejor, pero lo que ocurría, simplemente, es que éramos más jóvenes. Nada más.

La Universidad actual, aún siendo muy pero que muy mejorable, es tan superior a la de hace treinta o cuarenta años como lo es una autovía frente a una carretera de la época. En medios, en calidad y cantidad de la docencia, en prácticas, en investigación, en colaboración con las empresas, en deporte, en bibliotecas, etc, etc.

¿Sirve de algo subir las tasas? Salvo que hubiera un cambio radical de modelo hacia lo minoritario, elitista, clasista o hipotecado, no. Si se pusieran las matrículas a 25.000 euros, por ejemplo, tendríamos otro tipo de universidad que, creo, casi nadie quiere. Pero pasar de 1.000 a 1.500 euros no sólo no arregla nada, sino que perjudica a las familias y apenas se notará en los presupuestos de las universidades.

¿Sirve de algo incrementar un cincuenta por ciento las horas de docencia? Si fuera para que los estudiantes recibieran más clases, quizá. Pero es que reciben muchas menos. Incrementar las horas docentes de los profesores sólo oculta la reducción de plantilla. Porque aunque parezca increíble, son las horas de clase, no las laborales, las que determinan el número de profesores necesarios. Wert ya ha reconocido que pretende dar una carrera completa con sólo ocho profesores. Le tocan a cada uno unas cinco asignaturas. Van a parecer profesores de escuelas unitarias: sacad el cuaderno de geografía, ahora el de matemáticas, ahora el de dibujo técnico y ahora salgamos a la calle a correr que después tenemos latín. Viva la especialización.

¿Sirve de algo reducir las horas de investigación? En realidad a los gobiernos españoles nunca le ha parecido que la investigación sirva para nada. Siempre se ha preferido pagar a los laboratorios farmacéuticos, o aplaudir a la ingeniería alemana o al software americano. Investigar el mercado o el comportamiento del consumidor les parece inútil. En realidad ellos sólo piensan en las encuestas electorales. Eso sí es investigación. El resto, tonterías de laboratorio.

Y ¿sirve de algo reducir titulaciones? Bueno esto da para más discusión. Porque se puede ver desde la perspectiva de la demanda de los estudiantes, de la sociedad, de las empresas, y hasta de la demanda política (nacionalismos, esencialmente). Creo que la cuestión es tan variable que sólo puede decidirlo cada universidad. Aunque para ello deberíamos tener una auténtica autonomía universitaria, en lo bueno y en lo malo, respondiendo de nuestros propios resultados. Reducir o no titulaciones es casi una cuestión menor en todo lo que habría que cambiar.

Claro que, según Wert, estas son medidas urgentes en función de la crisis, no es la reforma universitaria que quiere hacer el Gobierno. Así que no perdamos del todo la esperanza. Se puede hacer mucho peor.

lunes, 21 de mayo de 2012

Salir bien en la foto

Vengo de la ITV, esa especie de oficina de Hacienda con pinta de taller. Miro a los inspeccionados. Somos casi todos mayores, incluso muy mayores. Bajamos de los coches un poco atolondrados. Avance, pare, abra el capó, pise el freno, mueva el volante, intermitente, avance, pare, encienda luz de cruce, baje... Se puede hacer un tratado sociológico viendo las expresiones de las caras. O el estado de los vehículos. Después pienso que lo mismo ocurre cuando entras por primera vez a un gimnasio. O a un país. De un golpe de vista recibes tanta información curiosa que se apelotonan las opiniones. Pero más que un tratado, lo que haces es una foto.

Me quité la barba hace unos días. Es como el Guadiana, no crean, desde hace 30 años. Pero un amigo me dijo ayer: "Chico, no te conocía tan afeitado. ¡Cambia la foto del Twitter!" De pronto me percaté de que la foto tiene ¡cinco años! Prefiero pensar que soy un perezoso, pero a lo mejor soy un coqueto. Sobre las fotos en redes sociales sí que hay auténticos tratados.

Tengo una cuñada famosa, guapa y joven. Salió en la portada de la edición peruana del Hola. Le han metido tanto Photoshop innecesario que no parece humana. Su piel es mucho más bonita al natural. Con poros, por fortuna. Y su expresión en persona comunica toneladas de energía sin nada en común con el nácar o el marfil de látex que muestran las fotos.

Las fotos mienten, se hagan en el río Chicago, en el Hola o en la ITV. Este fin de semana he visto Game Change y Hell and back again de Dannfung Dennis. Hablar de la foto de un producto HBO sobre Sarah Palin o de un documental sobre Afganistán realizado con una Canon Eos resulta casi gratuito. Escalofriante. Pero son fotos que me quiero creer, como una escena del primer capítulo de la segunda temporada de Shameless: ya no hacemos hipotecas basura, ahora apostamos contra el euro y Grecia. La realidad en la ficción y la ficción en la realidad.

Una última foto. Al parecer España debe 4 billones y produce 1 billón al año. Las familias deben casi 900 mil millones. La Administración, 700 mil. La banca 1,1 billones. Las empresas 1,3 billones (la mitad de esta deuda pertenece al parecer a 28 grandes empresas del IBEX-35). El déficit acumulado de España suma más o menos lo mismo que los presupuestos generales del Estado: unos 350 mil millones.

No apliquen el sentido común, ni la lógica de la economía doméstica. Es una foto. Repleta de Photoshop y ojos novatos.

Tengo que dejar de ver tanta foto y cambiar la mía del Twitter. Es como usted dice que yo digo, Clarita, hay que seguir viviendo (Les Luthiers). 

viernes, 20 de abril de 2012

Las estrategias digitales de los medios

Cambiar la cultura de cualquier empresa siempre resulta complicado y las empresas informativas no son una excepción. Un periódico siempre será un periódico. Pueden añadirle una radio, una tele o una web, pero la Redacción principal siempre será la del diario impreso. Lo mismo ocurre con las radios o las televisiones: sus webs o apps de tabletas y teléfonos son complementarias, promocionales o simplemente meros canales a través de los cuales emitir su señal y, por si fuera poco, con muchas restricciones legales y mercantiles. Y más ajeno resulta el zumbido de las redes sociales, por mucho community manager que se contrate o por mucho hashtag que se publicite desde el programa de turno para ser trending topic.

La audiencia de la televisión comercial quiere entretenimiento gratis y no le importa demasiado que le corten en cualquier momento a anuncios. La de la prensa ni se sabe, aunque se supone que periodismo de calidad pagando muy poco y con cada vez menos publicidad. La de la red lo quiere todo gratis sin molestos banners, por lo demás invisibles, aunque está dispuesta a bajarse aplicaciones publicitarias o corporativas. Y unos y otros medios se miran mutuamente como de soslayo, molestos porque saben que están condenados a coordinarse, a convivir, a repartirse la tarta de la atención social, de la credibilidad, del tiempo, de la influencia comercial.

Periodismo escrito y audiovisual optan por estrategias diferentes en la red a pesar de que ambos incluyen vídeos y textos redaccionales. A veces el vídeo de un periódico parece el de una televisión. Y la noticia de una tele aparece redactada en unos extensos párrafos, aunque escritos y puntuados para ser locutados en voz alta. Columnistas de diarios impresos hacen videoblogs con escasa telegenia. Y telediarios editados como lo que son, es decir un producto televisivo con un ritmo interno determinado, se trocea en piezas ordenadas por secciones o por horas.

Los programas de entretenimiento, las series, los realities, etc, se solapan en webs promocionales con escasa coherencia. Toda la precisión con la que se diseñan las parrillas de programación de los canales parece saltar por los aires cuando no hay un horario ni un calendario. Y los derechos audiovisuales, los contratos, las leyes y los grandes estudios tienen poca cintura. La experiencia televisiva en la web o en el iPad es, por lo menos, todavía desconcertante: ¿es vídeo bajo demanda?, ¿es foro de opinión o de club de fans?, ¿es televisión ciudadana?, ¿es internet en la tele o en el vídeo (pvr)?, ¿o es la tele en internet?, ¿o no es tele sino productos audiovisuales aislados?

Nadie sabe muy bien cómo actuar entre tanta canibalización potencial. Cómo tratar a esos chicos digitales que empezaron por estar en una esquina de la empresa, más informáticos que otra cosa, aunque de pronto se hicieron "editoriales", "comerciales" y hasta "estrategas". Los teóricos hablan de convergencia. Los prácticos van haciendo cosas y arañando audiencias y tarta publicitaria. Y las empresas se resisten a dejar de ser periódicos, radios y televisiones. Hasta que el negocio imponga definitivamente la nueva realidad.

martes, 10 de abril de 2012

InfoTabment

Los medios siguen haciendo pruebas con sus versiones de tabletas. Han comprobado que los lectores de papel, los espectadores de televisión, los usuarios de webs periodísticas y los consumidores en general de noticias, crónicas y reportajes tienen actitudes diferentes y a la vez convergentes cuando utilizan, por ejemplo, un iPad. Interactúan, pero no tanto como en la web, ven vídeos pero no tanto como ante la TV, leen pero no tanto como en papel. No están en una mesa, ni necesariamente en un salón, se toman más tiempo que con un móvil y existe un cierto componente de relax activo. El uso de la tableta mezcla como nunca antes la información, el entretenimiento y la interacción. Es lo que podríamos denominar infoTabment, el equivalente en la tableta al infotainment, aunque no tanto como género sino como actitud del consumidor del producto.

Uno puede estar en su butaca viendo un noticiario, puede leer la prensa en un café, navegar en un portátil o tuitear con el smartphone. Mentalmente la disposición de la audiencia varía tanto como han variado en estos últimos años nuestros hábitos para enterarnos de una noticia de última hora o ampliar información.

Piense un momento en su propio comportamiento cuando toma la iniciativa de informarse. Piense incluso cómo se ha enterado de algo de su interés y cómo actúa a continuación. Puede que ponga la radio o la televisión, pero si tiene menos de, digamos, cincuenta años (es un decir), y pertenece a un ámbito socioeconómico modernizado lo más habitual es que recurra a Internet. A partir de ahí, puede que busque en Google, o puede que vaya a un periódico determinado, o a Google News o cualquier otro agregador de noticias, o a la web de un canal de televisión o radio. Muchos entrarán directamente en Twitter o en alguna de sus redes sociales o foros relacionados con el tema. Alguno, puede ir a un Menéame o incluso a una agencia de noticias tipo EFE, Reuters, etc. ¿Y en un segundo paso?, ¿a otro medio periodístico, a otra red social o ya pone un Canal de 24 horas de información, o la radio? Ahora piense en unas horas después, en el día siguiente.... Puede incluso que pague (cada vez menos) por ampliar la información.

Hace unos años, con acontecimientos internacionales o nacionales de primer orden, la televisión y la radio eran la primera opción. Y la prensa del día siguiente multiplicaría ventas. Hoy apenas queda nada de eso.

Y ahora imagine que la noticia ni es tan urgente ni tan importante. Pongamos una medida económica de esas que se nos atragantan cada día o un reportaje de sociedad, la gala de los Oscar o el eterno culebrón del corrupto de turno. Quizá hasta tenga la tele de fondo, o vaya en el metro, o esté en un aeropuerto o desayunando unas tostadas y un zumo. Tiene una tableta en las manos. Entra en un medio de comunicación cualquiera, un periódico, un canal de televisión. Quizá use el navegador web, o una app específica, quizá un pdf "enriquecido", "pobre" o una versión gratuita de un diario, o la televisión a la carta. Casi cualquiera le ofrece textos tipográficos y perfectamente maquetados o textos sin más en un simple directorio de novedades, vídeos casi sin editar o piezas totalmente editadas con su voz en off y sus printers, fotos de excelente calidad o con abrumadora cantidad, últimas horas y "periodismos ciudadanos", enlaces a webs o a podcasts... Y su actitud es ciertamente reposada, ojeadora y lectora a la vez, a medio camino entre un diario de información general y una revista lúdica, con muchas posibilidades de interactuar aunque mayoritariamente (quizá aún es pronto para afirmarlo) sin demasiada voluntad de estar tan activo como en la web. Es el infoTabment, algo muy semejante a lo que también podríamos denominar "infoTuitment" y que casi cualquier enganchado a esa red conoce, es una tendencia que los medios periodísticos tendrán que seguir.

En la convergencia de los medios en una tableta como el iPad se están experimentando tantos modelos como estructuras internas tienen las empresas: puede que manden más los informáticos que los periodistas, o que la "verdadera" Redacción sea la del papel y lo demás puro accesorio, incluida la carísima y poco rentable televisión. Pero se escoja el modelo que se escoja, las tabletas están forzando a plantearse una vez más los flujos de trabajo, los horarios, las actualizaciones, los recursos multimedia. Olvidarse del infoTabment sería un error que otros aprovecharán.

viernes, 30 de marzo de 2012

El plan para desmontar la Universidad

Primero redujeron las Licenciaturas de cinco años a cuatro. Como multiplicaron el número de Universidades, de titulaciones y de asignaturas por curso, la atención se desvió y no ocurrió nada.

Después redujeron el número de horas dedicadas a clases. Si en una carrera en la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de cuatro años un estudiante recibía unas 3.000 horas, con los Grados de Ley Orgánica de Universidades (LOU) se convirtieron en unas 1.500.

Como los profesores daban las mismas horas, nadie puso el grito en el cielo. Repetían las prácticas en grupos más reducidos y listo. Los estudiantes reciben menos clases pero más personalizadas, decían, y coló.

Después incorporaron a todos los Grados Proyectos Fin de Carrera, ocupando a veces medio o hasta un cuatrimestre entero. El número de créditos es el mismo que el de una, dos, tres o más asignaturas. Pero no hay clases. Así que tampoco hay profesores.

Y las prácticas en empresas también las contabilizaron en créditos como si fueran clases. Pero sin profesores.

En algunos Grados, el segundo cuatrimestre de cuarto curso sencillamente no hay clase. En realidad no son carreras de cuatro años, sino de tres y medio. Y el primero de ellos está compuesto por materias básicas comunes o intercambiables entre cualquier otro Grado de la misma rama de conocimiento.

Con la crisis, algunas Universidades incrementan el horario docente de los profesores y reducen el de investigación. Con dedicaciones de hasta 300 horas sólo se necesitan cinco profesores para dar una carrera universitaria. Tienen que dar siete asignaturas cada uno, pero a quién le importa eso.

Enseguida vendrá la "racionalización", las fusiones de universidades, los campus virtuales, la movilidad de profesores. Y la formación que recibe un estudiante universitario se seguirá reduciendo.

El plan es obvio. Rebajemos la importancia de la Universidad porque hemos permitido a todo el mundo que acceda a ella. Pongámosla en su auténtico nivel de "clase media o baja". Las clases dirigentes ya envían a sus vástagos a Estados Unidos.

Y ahora comencemos los despidos. Primero los investigadores con cargo a proyectos que no se renuevan. A continuación irán los interinos. Después los profesores asociados. Después los ayudantes. Después los contratados laborales indefinidos (para eso está la reforma laboral).  Los profesores funcionarios pueden ser sólo el 51% de la plantilla docente, dice la LOU. El ERE, encubierto o no, puede llegar al 49%. Y veremos si no tocan a los funcionarios, como en otros países.

Un plan perfecto para desmontar la Universidad. Con la complicidad de muchos rectores.

martes, 27 de marzo de 2012

Algunas ideas que nos inoculan

De pronto, casi todo el mundo parece estar de acuerdo en muchas cosas. Una de ellas, por ejemplo, que es bueno fusionar bancos, cajas, ayuntamientos, provincias, universidades... ¿Para cuándo Estados, autonomías, hospitales, colegios, policías, bomberos, tribunales, ejércitos, redes de carretera, estándares de televisión o telefonía, impuestos o clubs de fútbol? No, eso no está en la agenda.

En otros momentos históricos la moda era la división con idéntica excusa: la eficiencia. Y así pasamos de los portaaviones a las "zodiac" una y otra vez. Como siempre, sin reparar en que hay charcas y océanos. Entrar en detalles da una pereza...

Que la cuestión pendular de trazo grueso anime conversaciones de bar, aunque estén emitidas por antena, u ocupe titulares de espacio reducido es comprensible. Que los gobernantes y responsables en general tomen decisiones con esta actitud me aterroriza tanto como que me operen con azadón en vez de bisturí.

Pero como uno va perdiendo la fe en la razón humana, ya estoy acostumbrado. Mañana, otra huelga en la que no participaré. Este fin de semana, otras elecciones a las que se vota a los mismos partidos mayoritarios sin duda por sus grandes "éxitos" cosechados. Pasado, unos presupuestos generales sobre los que (nos les quepa ninguna duda) nadie exigirá responsabilidades. Todos los recortes, todas las fusiones, todas las "refundaciones" del capitalismo o del estado del bienestar de este principio de milenio ocuparán sólo unas líneas de transición en los manuales de historia. Espero que cuando aparezca el líder de turno que escriba el primer capítulo importante del siglo no sea al estilo de los del pasado. Los años veinte y los treinta no acabaron muy allá. Qué tal si aprendemos algo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Lo que no queremos hacer por ideología o interés

Estamos creando un estado de opinión demoledor. En relativamente poco tiempo todo está patas arriba. El dinero lo tiene alguien pero no lo mueve: los bancos, las telefónicas, las petroleras y sus directivos (más que sus accionistas) se lo siguen llevando crudo. A los empresarios se les da más poder pero la mayoría están tan asfixiados financieramente que no los salva ni el despido libre; hay recortes pero no crecimiento, suben los impuestos y los despidos, bajan las prestaciones, el Estado se encoge, los indignados han vuelto a sus casas, miles de personas siguen acalorándose más por Ronaldo o Messi que por sus nóminas o se refugian en realities televisivos, otros pirados recurren a la violencia, a veces con uniformes a veces con capuchas. A un punto del conflicto social. O a la distancia que se quiera colocar por quien maneje los hilos.

Me preocupa sobre todo la desconexión mental de quien tiene responsabilidades. Políticas, ejecutivas en empresas y administración, en los "mercados". Personas que toman decisiones con escasa visión global, sin pensar demasiado sobre las consecuencias de sus actos, creyéndose muy machotes porque no piensan o con mentalidad de aprovecharse del río revuelto. Imagino que así empezaron guerras, bandas armadas, revueltas populares y revoluciones. No sé si estamos lejos o todavía hay margen para la tranquilidad. Pero ya nos han metido mucho miedo en el cuerpo. Y sólo es el principio.

Y sin embargo hay muchas cosas que no queremos hacer por ideología o por simple interés personal. No queremos reformar el Estado porque si eres nacionalista centrífugo quieres que le metan mano a las Diputaciones y si eres "españolista" te apetece que caigan autonomías o ayuntamientos. No queremos eliminar el Senado o reducir el número de parlamentarios, concejales, diputados... No hablamos de entrar en los consejos de administración, ni en la doble tributación de los impuestos especiales gravados por el IVA. No atacamos los precios del suelo ni los balances inflados de los bancos. Ni asumimos que la Universidad no está pensada para que accedan todos los jóvenes de un país o que participemos en operaciones militares internacionales. No queremos que exista investigación pública de calidad y al parecer preferimos que las multinacional farmacéuticas se forren con crecepelos o gripes A. Creemos que es lógico que existan colegios privados concertados que cobren mediante subterfugios tarifas privadas. Invadimos Libia pero no entramos en los ordenadores de los bancos de Gibraltar. Creemos que es posible una televisión pública sin anuncios pero la Justicia sigue sin digitalizarse. Permitimos que las gasolinas alcancen precios de robo pero nadie apuesta por el transporte público, ni siquiera por la bicicleta que, como todo el mundo sabe, es cosa de románticos, holandeses y orientales (ya las hay eléctricas, no pongan la excusa de las cuestas). Aceptamos tarifas planas de 30 euros al mes porque incluyen datos (guau) pero Telefónica no era un servicio público. Eso sí, si te pones enfermo cobras menos o las obras sociales de las cajas de ahorro se van al cuerno porque las cajas eran fincas privadas (que lo eran), así que ya veremos lo que ocurre con asilos, centros de día... La retahíla es eterna, constructoras, consultoras, dinero negro, las cosas funcionan así, chico... Ausencia de valores, exceso de dogma o simple y duro egoísmo, ambición. Nada nuevo. Salvo por lo de las bofetadas generalizadas a todo el modelo social europeo. En unos pocos años, pareceremos otros continente.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La ideología de los técnicos

Muchas personas honradas, normales y hartas de políticos prefieren que un presidente de Gobierno o un ministro sea una técnico. Algunos argumentan que así no caería en componendas de partido y otras politiquerías varias. Pero otros sostienen que el técnico no tiene ideología, que es casi como un científico o un ingeniero (que tampoco), incluso como una madre. Curioso cómo podemos creer que nuestra visión del mundo está libre del pecado político, moral, emocional... ideológico.

A veces me divierto tratando de demostrar a mis alumnos (inútilmente casi siempre) que pensamos como pensamos porque somos un producto de nuestro tiempo, lugar, familia, etc. Que nadie es capaz de tomar decisiones como las tomaría un ordenador. Y que incluso un ordenador es fruto de una información preseleccionada que le condiciona.

No hay técnico aséptico. No hay cirujano sin prejuicio. Ni ingeniero sin emoción ni madre sin ideología.

Y no estamos demasiado dispuestos a aceptarlo. Porque nos creemos seres racionales. Conscientes de cuando somos imparciales, subjetivos, egoístas o generosos. Ajenos a los signos subconscientes, a las presiones del grupo o los medios, fuertes ante los instintos o ante la demagogia. No es necesaria la neurociencia para demostrarlo. Aunque no viene mal pararse a autoanalizarnos y preguntarnos por qué pensamos como pensamos sobre quién debe pagar el rescate de un ahogado (sobre todo si es un erasmus irresponsable y provoca la muerte de quienes tratan de salvarlo) o por qué pensamos que los funcionarios tienen que cobrar menos si están enfermos. Por qué estamos predispuestos a disculpar a los nuestros cuando hacen exactamente lo mismo que los tuyos en reformas laborales, fiscales, sociales, educativas...

Hace unos días comparaba la situación española de ahora con la de hace 16 años, con la llegada de Aznar al Gobierno. Algunas coincidencias ponen los pelos de punta: cajas de ahorro, política monetaria, recortes presupuestarios, diputaciones, precio del dinero y de las gasolinas... era Maastricht (Europa) y también un final desastroso de la etapa socialista. Las cosas no cambian tanto. Quizá porque lo único que hacemos una y otra vez es confirmar nuestros prejuicios, nuestras ideologías, nuestras fobias.

¿Técnicos sin ideología? Simplemente no son conscientes de que la tienen. Y eso es casi más peligroso.

martes, 31 de enero de 2012

Pero tú ¿realmente te ganas el sueldo?

La situación ahora es habitual. Parece una mezcla de American Beauty y Up in the air. Llega una consultora en recursos humanos para realizar un ajuste de plantilla y van realizando entrevistas al personal:

–¿Le importaría decir exactamente en qué consiste su trabajo?

En esos momentos ya estás a la defensiva y sólo aciertas a soltar con sarcasmo el cargo, la categoría o una función que, de pronto, incluso a tus propias parece prescindible.

–¿Cómo cree que podría ser más eficiente?

Los que saben que la sentencia está emitida de antemano ya sueltan frases del estilo de

–Trabajando, no haciendo entrevistas estúpidas.

Claro que los hay que pierden la dignidad y cargan contra otros departamentos, contra algún jefe, compañero o subordinado, perdón, cliente interno. Respuesta delatora tanto de los demás como de uno mismo. Roma no paga traidores (bueno, a veces) pero le saca un partido bárbaro a la lista de criticados.

El caso es que la tribu de veinteañeros consultores (indios para los iniciados) confecciona un informe donde prácticamente cualquiera se convierte en un peso para la organización. Y ya se puede despedir con eficiencia técnica y profesional aunque sin el porte de George Clooney.

Claro que el sistema es perverso. Aunque eso es lo de menos. Porque así, asaltados de pronto por un recién titulado, nos sentimos tan desconcertados como ante un niño de cuatro años que con uno de sus porqués revienta el sentido común en tus narices.

He estado media vida en Redacciones donde los periodistas, empezando por los editores y acabando por el ayudante de Redacción, no creen que el periodismo sea importante. Lo crucial es la publicidad, la hora de cierre, el papel, el reparto... lo demás, mariconadas.

Oigo ahora a profesores y gestores educativos que no creen que los estudiantes vayan a aprender por su trabajo sino que lo esencial son las encuestas de satisfacción y los indicadores de calidad. Su función principal es cubrir papeles y, a ratos, dar clase sin creérselo demasiado.

Veo a directivos, a veces muy bien pagados, que no piensan que su profesionalidad, experiencia o formación aporte valor, sino por lo pillos que son, o por la agenda político-social del banco de favores, que diría Tom Wolfe. Altos ejecutivos que, como los de Margin Call, dirigen una entidad financiera pero son incapaces de entender las pantallas de ordenador. Tonterías de cerebritos.

O pequeños empresarios (también los grandes) que no creen en su producto o en su servicio como algo mejor por sí mismo, sino en la bicoca, en el amiguismo, la subvención o el chafardeo, ahí está el negocio, así es la vida, chaval.

Médicos, administrativos, ingenieros, incluso comerciales a comisión (sí, incluso) que sólo tienen sensaciones difusas acerca del valor de su trabajo. Todos apagan fuegos, todos echan horas, todos saben de qué quejarse y seguro que una inmensa mayoría trabajan bien.

Pero, al parecer, si están en el paro no ocurre nada.

Vivimos en un país donde el trabajo de las personas es prescindible. A veces me pregunto si nos pagaríamos a nosotros mismos el sueldo, si nos contrataríamos o si nos despediríamos en caso de ser nuestros empresarios. A veces me pregunto cuánta gente tiene la sensación de que se gana el sueldo en términos de dar más de lo que recibe y cuánta cree que su trabajo es una lotería. Cuánta es dueña de su vida, al menos, laboral.

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