lunes, 30 de mayo de 2011

Manejando el mando

Esta mañana he estado en una amena charla de Ricardo Vaca. Aconsejaba invertir en Telecinco y Antena 3  porque seguirán llevándose el gato al agua en la publicidad audiovisual. Su visión no era muy optimista acerca de las posibilidades de subsistencia de las cadenas minoritarias, ni qué decir tiene de las cadenas locales. Internet, todavía es una incógnita tan hiperfragmentada que ni siquiera se contempla más allá de un largo parto. Y mencionaba la famosa cita de Antonio Gramsci sobre la crisis: cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. La testaruda realidad. La resistencia al cambio.

Si algo representa a la perfección el actual statu quo, el zeitgeist, sin ninguna duda es la televisión. Y siendo un sector donde todo está siempre en el aire, si me permite la broma, desde los programas hasta los ejecutivos, resulta todo un paradójico espectáculo comprobar cómo se resiste al cambio. Digo televisión pero en realidad me refiero a la audiencia de la televisión y a la publicidad de la televisión. Valga como ejemplo el liderazgo de audiencia de Pretty Woman, por no hablar de productos bastante menos presentables.


La tecnología corre, los mercados bursátiles corren, los jóvenes y "sus" redes sociales corren. Pero lo viejo no acaba de morir. Y los que gobiernan se encargan de prologar el funeral con leyes que prolongan algo que dista mucho aun de ser una agonía: creando nuevos canales, creando una TDT inviable, un modelo de televisión pública insostenible, permitiendo negocios a unas operadoras de telefonía que engordan sus cuentas de resultados y adelgazan sus plantillas.  Así que todos corren pero el poder no tanto: ni el político ni el económico. Nada nuevo bajo el sol.

Ay si manejáramos el mando con inteligencia, la de cosas que podrían cambiar.

martes, 24 de mayo de 2011

Ciudadanos normales

Pues tras las elecciones municipales y autonómicas en España, yo me esperaba más votos para el Partido Popular, sobre todo teniendo en cuenta al PSOE. También me esperaba más votos para Izquierda Unida, y para UPyD. Y, aquí en Galicia, para el BNG. Sobre todo teniendo en cuenta al PSOE. Pero voy a dejar la política al lado un momento. Porque viendo a tanto votante, incluido los blancos y nulos, y viendo tanto hincha futbolero o hincha sin más, me pliego a la normalidad de los ciudadanos normales, los que no acampan, sean o no regulados o prejubilados o les rebajen el sueldo, personas realistas que disfrutan viendo descabalgar al que manda o subir al aspirante, a veces cándido candidato, que no creen en las revoluciones ni en las reformas, ni siquiera en los productos financieros que contratan. Sólo van al bar o a la grada y van tirando, aunque sea tirando para abajo.

Lo malo de la normalidad es que no cambia el modelo productivo de un país, sino que se acostumbra morosa al recorte en el gasto. La normalidad hace que aguanten los precios de los pisos porque aún hay colchón. O que el paro se asimile a una situación inevitable y generalizada dónde nadie quiere emprender ningún negocio, por demasiado joven o demasiado viejo. O que la administración se recargue de nuevas normas ocurrentes para acabar de "facilitar" las cosas o haga caer todo su tonelaje sobre un fontanero que no pague el IVA. La normalidad es no llamar demasiado la atención no vaya a ser que alguien te rescate o te despida. Gobernar en gris de bajo perfil y más bajo relieve. La normalidad es pensar que tenemos lo que nos merecemos, o simplemente distraernos, o ir haciéndonos a la idea  de que no es tan grave ir alargando la jubilación o que la gasolina sea tan cara si total siempre echamos 30 euros.

Y contentos que estamos. No vayamos a ser como esos chavales con sus románticas y simples pancartas. Ni como los alemanes, claro, que esos sí que son "anormales".

martes, 17 de mayo de 2011

Indignados

Manifestaciones, concentraciones, acampadas... la "spanishrevolution", unos cientos, unos miles, quizá lleguen a cientos de miles, ¿millones? A veces estas movilizaciones consiguen milagros. Pocos milagros. Pocas veces. Pero si no existen, nunca ocurren. Personalmente preferiría que todos lo que piensan o pensamos que los políticos mayoritarios no nos representan votasen a otros, a los minoritarios, o creásemos nuevos partidos, nuevos movimientos que salten al ruedo de las urnas, sin abstención, sin voto nulo, o incluso que se asalten los propios partidos mayoritarios, inundándolos de nuevos afiliados y provocando mecanismos de democracia interna, desde las juntas locales hasta los congresos nacionales. Preferiría, en definitiva, que la gente volviera a la política, no sólo a la calle. Y que la Democracia Real Ya se ejerciese por convencimiento individual de que tenemos poder, al menos un cierto poder.

Nos han dicho desde siempre que la conciencia política depende de la formación. Pues bien, nunca ha habido una ciudadanía tan formada. Ni tan adormecida. Queremos ser empleados, nos divierte aborregarnos en grupos de forofos, vendemos nuestra alma al banco con tal de vivir en el centro o tener un coche mejor o unas vacaciones en un resort... No somos inocentes. Votamos con el mando a distancia, con la compañía telefónica, en el supermercado, votamos con las banderas, con los idiomas, con la red, con el transporte público o privado, con la bicicleta o el 4x4. Podemos decidir no fumar o no invertir en bolsa. Tirar o no tirar de una tarjeta de crédito. Pero no sólo es la democracia del consumo. Podemos exigir responsabilidades, nadie te obliga ir a un mitin, ni a convertir en un dios a un payaso, no hay por qué ser un incondicional de casi nada. Somos más libres que nunca. Y más perezosos.

Así que si alguien, unos pocos, unos jóvenes, unos acampados... se plantan y empiezan a revolver, y a grabar imágenes, a denunciar, a pasar de izquierdas o derechas, a indignarse con el coche oficial o el sueldazo de directivo, o el especulador o el mismísimo sistema monetario internacional y el condenado mercado de derivados pues bienvenido sea.

Aunque sería mucho mejor participar en política. Todos y a fondo.

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