sábado, 17 de diciembre de 2011

Por qué me gusta Emilio Duró

A Emilio Duró no hay que tomárselo en serio, como él mismo dice. A pesar de su sentido del humor y de rapidez mental, dice bastantes cosas serias, pero te las tienes que tomar a broma, sin darle demasiada trascendencia, sin indignarte ni dejar que te afecten mucho. No importan ni sus teorías, ni su visión de la vida, ni siquiera su formación, que la tiene aunque la emplee de forma peculiar. Lo que importa de Emilio Duró es su capacidad de comunicar. Dicho de otra forma, no importa un pimiento lo que dice sino cómo lo dice y lo que provoca en la gente: risa, reflexión, desprecio, deslumbramiento... ¡hasta le piden consejo como a un psicólogo!

Su forma de transmitir saltó a la fama gracias a las redes sociales, pero quien lo conociera antes seguro que le sorprendió su originalidad aunque jamás pensaría, como tantas otras veces, que el fenómeno pasara de círculos reducidos. YouTube y Buenafuente lo han convertido en una estrella de las conferencias amenas. Que en el fondo es lo que quiere la gente: que los entretengan.

Y él lo haría con o sin redes sociales, con o sin MBA, con o sin experiencia empresarial y comercial. Podría ser ante grupos reducidos o convertirse en un fenómeno de masas, como le sucedió a Chiquito de la Calzada, que actuaba ante los amigos de Mario Conde antes de lanzarse a la fama. Podría escribir libros o escribir dos folios y pasearse con ellos por medio mundo o por las aulas de un instituto. Porque simplemente tiene esa facilidad natural.

Pero sería restarle mérito si no le reconociera el trabajo que hay detrás de sus actuaciones. Un trabajo intelectualmente ligero y disperso, a medio camino entre los libros de autoayuda, los artículos de psicología de las revistas y suplementos semanales, la capacidad de enlazar solapas con experiencia personal y contactos internacionales desde la alta empresa hasta las monjas que trabajan con niños enfermos. Todo ello ha ido enriqueciendo su caótico discurso. No lo digo como crítica, al contrario. Es una capacidad que pocos tienen y menos aún con simpatía arrolladora y el sentido común del Sancho Panza que todos llevamos dentro.

Emilio Duró es un espectáculo digno de alabanza si se le hace caso cuando advierte que no le hagan caso. Dice lo que le parece, dice que hace la pelota y la hace, maneja los gestos, toca y hasta soba con afecto, mira directamente a los ojos, ridiculiza con la agilidad de Moncho Borrajo y la extravagancia de Ruiz Mateos, elogia a las señoras y se ríe de los señores como manda el manual, no vocaliza pero enlaza chistes a tal velocidad que cuando se para en seco y suelta un "ahora en serio" (como @EspeonzaAguirre, la revelación de la temporada en Twitter) ya no sabes si quiere hacerte pensar o vas a retorcerte de la risa, o las dos cosas a la vez. Y a la gente le gusta. Punto.

Entiendo perfectamente a Buenafuente. Yo lo ficharía para cualquier magazine como una sección fija. Aunque sólo dure un par de temporadas. Y si a alguien le sirve para bien, pues bienvenido sea.

martes, 6 de diciembre de 2011

Forofos

Me he tomado unas semanas de vacaciones porque sabía que, de lo contrario, iba a estar hablando de política. Y para qué cebarse con el árbol caído.

Además, he desarrollado una especie de fobia a la bronca, a la discusión emocional, a los chillidos de fanáticos, extremistas, reaccionarios, histéricos, integristas... Bueno, soy padre de adolescentes, ya tengo suficientes salidas de tono en casa.

El caso es que entretanto, he confirmado, por ejemplo, que mi cuenta de Twitter cojea de una pierna. Que buena parte de mis alumnos veinteañeros son incapaces de sustraerse a la pasión de la bandera (sea la que sea), como siempre, por otra parte. Que personas racionales, inteligentes, equilibradas y amigas echan espumarajos por la boca, incluso coincidentes con mis propias ideas aunque no por eso menos "salpicantes". Que los comentarios de los blogs o los periódicos que leo llegan a radicalismos tabernarios que meten miedo. Estamos abonando el camino a la violencia, porque el desborde de la bilis acaba casi siempre por soltar los remos.

Y no sé muy bien qué hacer: si mirar para otro lado, otras lecturas y otras compañías; o si emprender la guerra santa contra la santa ira de las narices. Lo malo es que sigue la crisis, la mala leche va ir a más.

El otro día, al término de un curso en el que la estrella invitada era la psicología positiva, los ponentes tomábamos café. La conversación giraba en torno al desánimo, a la picaresca, a la resignación, a la generación de hijos que hemos educado los padres de entre 45 y 65 años, a la eliminación de trabajo, derechos, bienestar, prosperidad. A la pérdida de confianza, a la ausencia de obligaciones y cultura del esfuerzo o, lo que es peor, la inexistente cultura de los resultados.

Con la charla, la psicología positiva se había quedado en las transparencias de PowerPoint. Éramos forofos del pesimismo intelectual. Podíamos estar hablando de fútbol pero hablábamos de un estado de ánimo general, de una sensación. Eran simples relaciones públicas, pero con tono negativo.

A veces me pregunto si entre la mala leche y el pesimismo no estaremos provocando una depresión que va mucho más allá de las condiciones económicas. Ojalá me equivoque.

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