viernes, 22 de mayo de 2015

El final de Mad Men


Vuelvo a escribir sobre esta serie, ahora que acabó, tan inteligente que en el último instante del último capítulo me hizo sentir inteligente a mí. Porque durante toda la temporada estuvo facilitando pistas sobre lo que iba a ocurrir sin que nadie (yo al menos) pareciera darse cuenta. Y de pronto todo encajó. La excelente técnica narrativa atrajo la atención sobre elementos que distraían, aunque conformaban el relato de todas las subtramas, y nos hizo creer que el viaje vital del protagonista tenía que acabar en una crisis definitiva, la que le llevase al suicidio o por lo menos a un punto de inflexión tan rotundo que justificase el final de la serie. Y no fue así. La crisis de la última temporada era como otras, quizá más grave, pero la vida profesional y personal sigue. Ése es el excelente final. Un guiño a los aficionados a la publicidad, a una generación que todavía canta la melodía de ese anuncio de Coca Cola, a la chispa de la vida, a todos los creativos que sufren periódicamente intensísimos  dolores de parto, a las mujeres que avanzan sin descanso, a los hombres que naufragan en las transiciones, a las relaciones de ambos, a su reinvención, a un país y un guiño, en resumen, a toda su zona de imperio cultural que reconoce esos signos casi como propios, cuando no íntimos.

Mad Men no era un producto para mayorías, sino para minorías inmensas. Estética, ritmo, irrealidad en el reflejo de la realidad de una época dorada que en España sólo empezaba a atisbar remotamente. En muchos capítulos se les fue la mano. Pero la intención, la elegancia, la ambivalencia, los matices, la factura del guión, del diseño de producción, de la foto, del montaje, de la dirección de actores.... todo se ha mantenido a un nivel magistral durante años. Admirable.


lunes, 11 de mayo de 2015

La empatía con "los malos"

En la primera columna, imágenes de Hijos del Tercer Reich, Banderas de Nuestros Padres y Carta desde Iwo Jima. En el centro, Santuario, Salvados y Asier y yo. A la derecha, Dexter, El francotirador y Los Soprano.

Los asesinos no tienen empatía con sus víctimas. Pero el mundo de la ficción y de la información puede hacernos sentir empatía con el asesino casi con la misma facilidad que con sus asesinados. Ha ocurrido una vez más con el programa de Jordi Évole entrevistando al etarra Rekarte. Y sucede cada vez que un realizador le da el papel protagonista a quien la industria audiovisual del momento o el poder sin más se lo ha negado a lo largo de la historia: los perdedores, los malvados, los terroristas, los mafiosos, los nazis, los fascistas, los comunistas, los psicópatas, los pederastas....

En su último éxito, El francotirador (American Sniper) Clint Eastwood, el maestro y siempre controvertido director, da una visión cosificada de los "abatidos" por su protagonista, Chris Kyle. Su impersonalización, totalmente intencionada y por eso polémica, choca con ese gran experimento de objetividad que es su bilogía Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers) y Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima). Hijos del Tercer Reich (Unsere Mütter, unsere Väter) conmocionó a la opinión pública por ponerle rostro humano a la generación nazi. Dexter hizo lo propio con un justiciero asesino en serie, aunque es verdad que siempre asesinaba a malvados. La lista de productos audiovisuales que se ponen de parte de los buenos es infinitamente más grande que la que enumera películas desde la perspectiva de los malos. Normal. Pero hay que admitir una cierta tendencia a convocar a la audiencia desde el otro lado.

Cuando doy cursos de ética audiovisual casi siempre surgen los mismos temas, las mismas discusiones desde posturas más o menos estandarizadas. Mucha corrección política, mucha ideología o mucha religión, mucha emoción y mucha incomodidad (incluso enfado) por pararse a pensar sobre los principios y los valores personales. La semana pasada una estudiante de máster me dijo con la seguridad de los veintitantos años que los productos audiovisuales que provocaban la empatía con "los malos" no planteaban ninguna cuestión ética. Simplemente se hacían cuando la sociedad estaba preparada para aceptarlos. Un compañero de curso respondió: o cuando el poder lo permite. Quedaba totalmente al margen, al parecer, la verdadera cuestión: ¿es correcto fabricar un producto para que el espectador empatice con el asesino, con "el malo"?

El concepto mismo de ética audiovisual es discutible. Aunque alguna reflexión merece la responsabilidad individual que tenemos los que nos dedicamos a cualquier faceta de la comunicación social, más allá de los códigos deontológicos. Ficción, información, educación o persuasión, no importa demasiado desde la perspectiva de la ética. ¿Hacemos lo correcto? ¿O ni siquiera nos lo cuestionamos? Nuestro Pepito Grillo o el "inquilino interior", del que hablaba la Mafalda de Quino, nos lo dirá. Y conste que yo también entrevistaría a Rekarte.

lunes, 4 de mayo de 2015

Algunos miedos sobre la libertad de prensa


No es una opinión, es un dato: en España no interesa el boxeo. Lo deja claro Google Trends. Y en esto unos cuantos poderes mediáticos deciden que un combate es un acontecimiento y la noticia casi borra de las primeras páginas el terremoto de Nepal. Ayer todo el mundo parecía aficionado, muchos vieron la pelea en directo de madrugada. Era un notición. Una semana antes pocos de esos insomnes serían capaces de decir el nombre de un boxeador.

La libertad de prensa, en su día internacional, sigue estando tan amenazada por la agenda como por las dictaduras. Las noticias se suceden a toda velocidad, como casi siempre. Y cada vez más emocionales. Tan pronto convertimos a una mujer de Baltimore en una madre coraje, como condenamos a un padre a tres meses por pegar a su hijo.


Sí, ya sé que no es lo mismo, pero el péndulo informativo puede llevarnos a posiciones contradictorias con total impunidad. Espectáculo, por supuesto.

Periodismo, también. El capital, la gran empresa, los gobiernos, los grupos de presión, los asesinos de periodistas... naturalmente. Y también los periodistas y las audiencias. Todos nosotros amenazamos nuestra propia libertad prensa, de expresión, de pensamiento.

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