martes 9 de febrero de 2010

La inteligencia emocional de Mad Men


Aunque hace algunos años tuve la oportunidad de acudir a una conferencia de Daniel Goleman, tengo que reconocer que nunca he acabado por identificar del todo el concepto de inteligencia emocional. Ser capaces de reconocer los sentimientos propios y ajenos, y disponer del conocimiento para manejarlos (que es una definición tipo Wikipedia) parece sencillamente tal pasada que no sé muy bien si estamos hablando del Mago Merlín, de un carismático político en estado de gracia, de El Príncipe de Maquiavelo o de una devoradora de hombres (o devorador de mujeres, ok). Conocimiento propio y ajeno, sentimiento y manejo. Un tigre acorralado frente a un ser humano puede ser un buen ejemplo. También una serpiente, una mala víbora, un cizañero.

Inteligencia emocional. Un verdadero hijo de su madre. Alguien que maneja sus propios sentimientos y los de los demás. Si se tratase de un simple manipulador, estaríamos ante un líder, un conductor de almas, y si el camino es el correcto, chico, pues hasta vale. Pero estamos ante alguien que se conoce a sí mismo. Y que reconoce el odio ajeno, la envidia, la ambición, la vanidad, el orgullo y también el amor, la generosidad, la alegría, la pasión. Y los puede manejar. Un monstruo, un fenómeno. Un publicista.

Escribo esto pensando en personajes de ficción como Don Draper, el protagonista de Mad Men, una serie quizá minoritaria, emocionalmente inteligente. Un pequeño placer, una delicatessen que en España está pasando sin pena ni gloria. Si tiene la ocasión, déle una oportunidad y véala.

lunes 8 de febrero de 2010

Un guiño de Audi



A veces, pocas, la publicidad se ríe de lo políticamente correcto. El spot de Audi se queda en la frontera. ¿Estamos llegando a la histeria ecológica? No, pero tampoco sería tan de extrañar. La intolerancia sólo necesita una mínima excusa para extenderse. Importa bien poco que la excusa sea bien intencionada, incluso que esté llena de razón: la ecología, la igualdad, la libertad, la lengua, la infancia... El dogma no importa demasiado, importan los dogmáticos y las sociedades que se dejan convencer.

El anuncio vende un coche tan ecológico que incluso en la histeria superaría todos los controles. Tenemos una cierta tendencia a considerar que si a nosotros no nos afecta, a lo mejor no es para tanto, pero que lo que plantea Audi es un infierno, por ridiculizado que esté. Y a lo mejor no estamos tan lejos.

viernes 5 de febrero de 2010

Yo tube la mítica adolescencia

Es posible que usted ya no haya escrito al dictado angustiosas frases del estilo de "cuando Cayo llegó al cayo, se le cayó el cayado encima del callo, callado tomó el callón y recordó los callos del Callao". Eran otras épocas en la enseñanza de la ortografía, en la enseñanza de casi todo. Hoy parece una ridiculez, y sin embargo lo recuerdo como una especie de Sudoku de la época, un reto como las derivadas o las integrales definidas. En realidad yo tuve la típica adolescencia tardofranquista de la generación más numerosa de la historia de España. Mis hijos dirían que yo tube la mítica adolescencia del pleistoceno medio (esto ya es mucho decir). Han perdido la lectura y el cine clásico pero han ganado el YouTube y recuperado, por ejemplo, la escritura de las "míticas" cartas de amor sólo que en formato Tuenti. Es un pequeño desastre. Pero también es maravilloso lo que pueden llegar a hacer aunque no tengan ni pajolera idea de ortografía. Como todos los adolescentes de la historia, son una generación incógnita, que aún no tiene nombre porque aún no ha acabado de nacer entera, los últimos nacidos del XX y los primeros del XXI, la generación entresiglos. A veces creo que va a ser la primera a la que sus padres les han dejado una situación peor que que recibieron ellos, nosotros, la generación de Obama y Zapatero. Qué desastre.

jueves 4 de febrero de 2010

Despido libre y cambio de cultura

Que un empresario, Adolfo Domínguez o cualquier otro, esté a favor del despido libre (entiéndase gratuito, porque libre ya es) resulta tan comprensible como que un trabajador esté en contra. Formarse una opinión ideológica es igual de sencillo: sólo hace falta pensar en un empresario explotador o en un empleado vago. Los arquetipos simples ayudan a construir el discurso y además en este caso el arquetipo nacional también contribuye: los españoles somos un desastre, necesitamos normas que nos impidan en un calentón liarnos a jamonazos, nos encanta la autoridad para abusar de ella y somos los campeones del escaqueo. Tópicos, tópicos y más tópicos.

Lo malo es que los empresarios explotadores o las grandes empresas ya tienen recursos suficientes para despedir a quien quieran cuando quieran. Y los que no son explotadores o las pymes sólo tienen dificultades para despedir si han sido incapaces de provisionar las indemnizaciones pertinentes. De modo que el despido libre o más barato no cambiaría demasiado las cosas. Salvo en la Administración, pero ese es otro tema.

Que la economía española viva una suerte de caída libre sólo tiene dos vías de solución: o trabajamos como chinos (es una manera de hablar, en realidad habría que trabajar como los de Singapur), es decir, bajos salarios y alto rendimiento, o como suizos (si lo prefiere, como estadounidenses, suecos, daneses, alemanes o finlandeses), o sea, con valor añadido. También podemos plantearlo en términos de fabricación o creación.

Aunque se puede enfocar el asunto de otra manera: o emprendemos o nos emplean.

E incluso, utilizando un ejemplo que España conoce bien, podemos ser un país de promotores/especuladores, constructores/ingenieros o de fontaneros/electricistas/encofradores. Todos los trabajos son igual de dignos (bueno, el de especulador algo menos) pero para la riqueza de un país no es lo mismo ser los mejores promotores, los mejores arquitectos o los mejores albañiles del mundo. Y en algo hay que ser los mejores.

Internacionalmente se sabe que la flexibilidad laboral incrementa la competitividad, pero también la ausencia de especulación, la reducción de la burocracia y, naturalmente, la innovación tecnológica y la investigación científica, es decir, la calidad en la educación superior. Y todo esto está muy bien pero choca de pleno con la cultura del Pocero o del Hidalgo, la cultura de funcionario o el trabajo fijo (que no es fijo, sino indefinido), la cultura del monto un bar y voy tirando, del que inventen ellos, del monopolio o el trato de favor, de la subvención y el clientelismo con la Administración de turno, la de la Universidad de pacotilla y saldos... En una palabra, la clave es la cultura.

Sólo una reflexión más: si en las épocas del dinero fácil cada español que se ha hipotecado a 30 o 50 años una media de 200 ó 300.000 euros hubiera dedicado ese dinero a la creación de riqueza (algo impensable porque los bancos tampoco se lo prestarían, ¡qué riesgo!) a lo mejor ahora tendrían una casa mejor y más barata y España no estaría en el ranking 33 de los países más competitivos del mundo, según el Foro Económico Mundial.

Bajar los sueldos o desigualarlos

En España, deshuesando cerdos, una persona de 18 años puede entrar ganando en una empresa alrededor de 1.500 euros al mes.  Un titulado universitario apenas tiene posibilidades de encontrar un primer empleo con esa retribución.

En las Administraciones públicas existen unos 20 niveles, algunos suponen unos 20 euros de diferencia, otros unos cien. Los trienios se pagan en cifras que van, redondeando, desde los 15 euros a los 50. En otras palabras, el sueldo más bajo supone unos 800 euros. El más alto, sin antigüedad, 2.200 y el título superior es obligatorio.

Los programas de reportajes que tan de moda están en este país nos muestran una realidad salarial media extrañamente homogénea entre conductores de autobús, administrativos, funcionarios, cocineros, albañiles, catedráticos, periodistas, secretarios, físicos, vigilantes jurados, peluqueros, biólogos, monitores de gimnasio... Esa clase media, o media baja, con todos los niveles formativos, trabajadores de oficina o directivos de despacho con moqueta, andamio, furgoneta, universitarios, FP o sin estudios. De hecho, un estudiante puede cobrar una beca superior a lo que después cobrará como sueldo en sus primeros años, incluso en la misma empresa. El mileurista puede tener 17 años ó 35.

Esos mismos reportajes que mencionaba (Comando Actualidad, Callejeros, etc.) nos enseñan también cocinas similares (al menos grosso modo), ropas similares, televisores similares. Claro que hay diferencias, claro que hay una clase alta, que gana más de 300.000 euros al año, una clase media alta que gana más de 100 ó 150.000 euros, una clase media con más de 60.000. Y una inmensa mayoría de gente que gana más de 20.000. Luego está por ver si pagan impuestos o no tanto, si son autónomos o empleados, o si viven en una gran ciudad o en un pueblo, lo cual importa tanto como si se trabaja en una gran empresa o en una pequeña.

Este país ha creado una singular forma de igualitarismo salarial que no tiene que ver ni con la productividad, ni con la cualificación, que viene de calidad, sino con la rentabilidad del mercado. Por eso los salarios en la construcción se dispararon durante el boom inmobiliario. Como los de los camareros en los chiringuitos de Ibiza. La rentabilidad basada en el consumo y éste, en la capacidad de endeudamiento.

Ahora, en plena crisis, esos salarios de baja cualificación aportan mucho menos valor, se desploman o directamente se eliminan. Y la lectura es que los salarios españoles son altos y que, según el FMI, hay que bajarlos. ¿Altos o demasiado homogéneos?, ¿todos igual de altos?, ¿quizá había demasiados universitarios y pocos encofradores y ahora hay demasiado de todo?, ¿qué podemos producir que demande el mercado como antes demandaba pisos?, ¿existe el estímulo económico para la productividad o el conformismo "homogéneo" nos estimula a la cocina de vitrocerámica, el Passat, la tele de 37 pulgadas y vacaciones "razonables" de 3.000 euros por el camino más rápido?

Perdón por la parrafada. La mezcla del nuevo reporterismo televisivo con los análisis macroeconómicos y el desgobierno político llevan a enloquecer. Menos mal que hay fútbol casi todos los días.

Ya está: que nos absorban el gobierno y el modelo económico, que nos anexionen, pero de verdad, no en plan Unión Europea, sino Estados Unidos de Europa, o, ya puestos, un sólo Estado. La misma legislación laboral, los mismos sueldos, el mismo sistema educativo, de pensiones... yo quiero ser francés, o alemán, o finlandés, o todo a la vez. Ah, que esto no funciona así. Vaya, un pena.

miércoles 3 de febrero de 2010

Las crisis de France Telecom y Toyota

Después de la pequeña odisea televisiva, vuelvo a asuntos de interés más general (se supone) que la compra de un televisor. Y tenía pendiente dos casos internacionales relacionados con la gestión de crisis.

Uno de ellos, el desenlace parcial de la crisis suicida de France Telecom, con la caída del presidente. Será un cierre en falso mientras los suicidios puedan surgir (y siempre se corre el peligro) y los sindicatos cuenten con la credibilidad en su denuncia de que las condiciones de trabajo, a las que culpan de la situación, no han cambiado. ¿Qué ha paralizado a France Telecom hasta llegar a esta situación?

El otro caso, obviamente, es el de Toyota y su problema de llamar a revisión a ocho millones de vehículos susceptibles de atascárseles el acelerador. ¿Cómo es posible que el problema se haya conocido hace unos pocos días en Europa cuando en Estados Unidos se conoce desde muchos meses, hay quien dice incluso que hace dos años?. ¿Éste es el planeta globalizado, ésta es la sociedad de la información?, ¿dónde están los responsables de consumo, de industria y, naturalmente, de la propia compañía? ¿Se ha paralizado Toyota a pesar de o incluso por estar viviendo hasta hace poco sus mejores momentos de ventas?

Son casos de dimensiones diferentes y de trasfondos distintos, sin embargo ambos comparten la culpa de no cumplir algunos de los clásicos mandamientos de la gestión de crisis, por ejemplo:


1. No parecían estar preparados ni siquiera como portavoces. Por ejemplo, el CEO de France Telecom, Didier Lombard, metió la pata clamorosamente cuando habló de epidemia contagiosa en el momento de destaparse la relación de suicidios.

2. No reaccionaron con rapidez; aunque sólo fuera por ganar tiempo. Lombard y el presidente de Toyota, Akio Toyoda, reaccionaron indiscutiblemente tarde.

3. No han mantenido unos canales de comunicación fluidos respecto a la crisis

4. No han sido muy creíbles ni siquiera con el reconocimiento del problema. En el caso de France Telecom podría entenderse algo más que en el de Toyota, que aludió a las alfombrillas de los coches como principal cuestión, en lugar de hablar de los aceleradores y los frenos.

5. No se han presentado como los más exigentes consigo mismos, como el juez más estricto, mucho más que la prensa, que las autoridades,  más allá de la propia legislación.

6. Quizás ambos se han creído más inmunes por su gran tamaño.

7. Se han olvidado de que la comunicación no sólo abarca a los medios de masas, sino que también fluye entre los proveedores de capital, los trabajadores, sus familias, sus vecinos, los políticos, los sindicatos, las instituciones, los lobbies profesionales, los grupos de presión social y cualquier eslabón de su cadena de distribución.

Y todo esto resulta aún más curioso porque ambas empresas encajan en algunos de los prototipos de empresas vulnerables.

No hay que olvidar que France Telecom es, como la Telefónica, una empresa pública privatizada que se tuvo que reinventar, donde sus máximos directivos tienen una notable proyección local, donde se lucha por cumplir objetivos cuando apenas existía esa cultura. Toyota, por su parte, a pesar de estar viviendo éxitos atravesaba una crisis laboral e incluso lleva unos años luchando, en este caso exitosamente, con la campaña contra algunos de su vehículos por contaminantes, incluido el Prius, del que han llegado a decir que contaminaba más que un Hummer.

Hace algunos años Jeffrey R. Caponigro publicó en su libro The Crisis Counselor una clasificación de las empresas más vulnerables a las crisis, France Telecom y Toyota cumplen -al menos alguna de ellas- las siguientes:


1. Acaban de sufrir otras crisis
2. Trabajan en sectores regulados
3. Atraviesan dificultades financieras
4. Están dirigidas por ejecutivos famosos
5. Tienen o han tenido participación pública
6. Crecen rápidamente
7. Están entre las dos o tres empresas más representativas de su sector
8. Atraviesan momentos de tensión personal, laboral, etc.

Después de un tiempo de investigación, es fácil comprobar como a esta lista de Caponigro se deben añadir algunas otras empresas: por ejemplo, las que ofrecen productos con un diseño tan particular que hace que todos se fijen de forma muy especial en un hipotético problema. Imaginemos, por ejemplo, que el iPad, por citar un caso de moda, sufriese alguna dificultad. En este caso, el exitoso Prius hace también más llamativa la crisis.

La gestión de una crisis empieza antes de que se produzca. Este es uno de esos típicos axiomas que siempre se cita... a toro pasado. Pero el que empresas de estas características estén reaccionando de modo tan peculiar cuando son firmas simbólicas, emblemáticas y, por tanto, siempre noticiosas, resulta cuando menos curioso. No será, desde luego, porque no se sepa qué hay que hacer. Y vuelve a no hacerse. Pertinaces que somos los humanos. Y mucho más cuando hemos alcanzado el paraíso de los CEOS.

martes 2 de febrero de 2010

Qué televisor comprar (2)

Bien, el fin de la historia del televisor. Cien euros menos que el Samsung fallido y solución de trámite: un monitor de ordenador con televisión. No son tan bonitos, los plásticos no son de salón, el mando a distancia tiene tacto barato, para qué nos vamos a engañar. Pero es que la calidad de la imagen sólo se resiente un poco en el brillo, en lo demás resulta que tiene Full HD en progresivo, HDTV (es decir, el MPEG-4 de la alta definición que vendrá por los canales de TDT en poco tiempo, espero), sonido aceptable. ¿No lo había pensado? Pues yo tampoco. Y estoy encantado. No lo descarte.

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