domingo, 28 de febrero de 2010

Inercias periodísticas

Siempre que paso unos días desconectado tengo la sensación de que ocurren muchas cosas. Pero en esta ocasión no es una sensación, es que han ocurrido. Y si hubiera estado trabajando en la Redacción de un periódico de una ciudad amenazada por la ciclogénesis explosiva pero llegan las imágenes del terremeto de Chile mientras las cadenas norteamericanas se disponen a retransmitir un tsunami en directo y las redes sociales hierven con más datos, una vez más, que las propias agencias informativas... pues seguro que estaría participando en una de esas reuniones en las que se deciden prioridades de primera página, de foto, de título, de planas... y me pelearía con los futboleros en el éxtasis de si cambiaba la clasificación de primera división, que si el Madrid, que si el Barça, sí, ya sé que Haití está aún caliente, que la gente se cansa, que si Chile es mundo desarrollado, al menos como España, que es como si fuésemos nosotros, pero nosotros tenemos temporal, bueno, temporal no, ¡ciclogénesis!, es que ellos llevan cientos de muertos, sabes, ya, ya. pero es que el Madrid lleva cinco goles, y aquí se fue la luz, hasta se me ha estropeado un frigorífico, y en Francia también hay víctimas, y esto es un periódico local, y el fútbol vende...

Y así seguiría la discusión, tampoco mucho tiempo, que en periodismo las decisiones se apresuran, o a lo mejor ya nadie discute esas cosas porque están suficientemente quemados o narcotizados o automatizados. No lo sé. Pero cuando uno está fuera de su entorno diario, en mi caso perdido en un pueblo de Valladolid (tampoco en Singapur, oiga) lo mira todo con otros ojos. Los terremotos, las ciclogénesis, el fútbol y las prioridades de las personas en las conversaciones de café. Todo formando una especie de tornado cerebral en el que uno se pregunta por la mentalidad de un lector de periódico de domingo, o el espectador de un canal de noticias, o el enganchado a la red. ¿Cuál habrá sido la noticia del día, del fin de semana, no en los medios sino en el interés real de las personas?

Llegué a casa. España Directo mostraba como siempre sus recetas, en otro canal hablaban de una novela policíaca, un par de pelis, fútbol, unos reportajes ligeros en un informativo, un concurso, más fútbol, los apagones de luz, unos árboles caídos, ni siquiera el Trending Topics de Twitter demasiado movido... A lo mejor todo es una sensación, y cuando uno se aparta de la rutina nunca pasan tantas cosas como aparenta.

No sé cómo discutiría de estos temas en una Redacción del segundo decenio del siglo XXI. No sé si me sentiría tan despistado como me siento. Y no sé si sería porque los árboles (esos sí que aguantan el viento) me estarían impidiendo ver el bosque.

Pero he vuelto a pensar, una vez más, que si hoy cayera el muro de Berlín, se desatara una guerra o volvieran a atentar contra las Torres gemelas o el metro de Madrid, los medios de comunicación seguirían actuando con la misma inercia del siglo XX.  No es sólo la Tormenta de papel, como tituló TVE, es la tormenta del periodismo. En mundo se ha empequeñecido, pero puede que nuestros cerebros se hayan reducido aún más.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El autoflagelo de la Universidad-Empresa

Vengo de una de esas sesiones Universidad-Empresa con las que nos castigamos de vez en cuando ambos sectores. Digo nos castigamos porque suelen ser sesiones de autoflagelo, o flagelo mutuo y recíproco. La historia no es la de un divorcio, porque nunca estuvieron casadas, sino la de una ligera búsqueda de un encuentro con frecuencia frustrante.

Muchos empresarios nunca han pasado por las aulas ni maldita falta que les ha hecho a tenor de sus éxitos. Otros no hubieran tenido muchos menos fracasos por haber estudiado. Aunque son las excepciones. Lo normal es que la formación ayude. Aunque sea teórica y masificada, como la de los años ochenta. Claro que si uno tiene ese recuerdo, además de una imagen del profesor como enemigo a batir, autoritario y distante, junto con la idea de que quedaban en la Universidad los empollones incapaces de enfrentarse a la vida real, no es de extrañar que ni se le pase por la cabeza la posibilidad de recurrir al mundo académico para tratar de resolverle un problema empresarial. Por si fuera poco, nadie sale de su carrera con la sensación de estar preparado para trabajar, porque no anda el país como para que el sistema MIR exista en todas las disciplinas, que no estaría nada mal.

Por su parte, al universitario profesional, el que empalmó su vida de estudiante con la de investigador y, por fin, profesor funcionario, le suena a chino todo lo que no sea el mundo de los papers, jotaceerres, sexenios, política  de departamento y pleitesías de área de conocimiento. Si usted es una persona normal y no sabe de qué le hablo, no se preocupe, no merece la pena entenderlo.

Sin embargo, hasta el más lelo de los universitarios puede en un momento de su vida aportar valor. Si quiere hacerlo, claro. Y hasta el más pragmático de los empresarios puede aprovechar las habilidades de aquél si sabe cómo. Otra cosa es que intenten siquiera entrar en contacto. No ayudan mucho los prejuicios, las inercias y el propio interés (al universitario también le mueve su propio interés porque son los papers, no las asistencias a empresas, los que le hacen prosperar en su carrera aunque se refieran a su mismísimo ombligo). Tampoco ayuda el desánimo ante la cualquier dificultad, ésa que confirma los prejuicios a la primera de cambio.

Pero lo curioso es que cada vez hay más empresarios que conocen la nueva universidad y más universitarios que conocen el mundo empresarial. Son todavía excepciones, naturalmente, pero existen. Por eso lo del autoflagelo constante a veces resulta cansino.

Otro asunto es considerar los males de la Universidad española en su conjunto. Que tienen poco arreglo, para qué nos vamos a engañar, salvo que estalle una revolución. Pero eso es tanto como considerar los males del empresario español de forma global. Otra revolución pendiente.

Eso sí, estoy esperanzado porque por primera vez he oído en un foro de estas características que vale ya de asociar obligatoriamente la I+D+i a la tecnología, vale ya de hablar sólo de "empresas de base tecnológica", vale ya de olvidarse de la innovación en procesos, comercialización, organización y vale ya de dejar la comunicación y la divulgación en manos de la buena voluntad y que no sea una actividad universitaria reconocida en los méritos profesionales. Quizá algún legislador o redactor de convocatorias de proyectos convierta estas palabras en hechos. Hablando de revoluciones, esta es más fácil de conseguir, pero seguirían crujiendo las cuadernas.

martes, 23 de febrero de 2010

Profesionales, aficionados e idiotas

Todo el mundo tiene una historia que contar. Pero sólo si la tiene que contar todos los días es un profesional. O, para ser más exactos, si debe encontrar cada día una nueva historia. Escribir una novela o dos no te hace novelista, ni escribir unos cuantos artículos te hace periodista, ni participar en un par de películas te convierte en cineasta o actor. Contar historias, crearlas, buscarlas o fotografiarlas cuando te apetece o cuando te las encuentras es un placer; que tu jefe o tu cliente te las pida a un ritmo determinado te convierte en un currante de la tecla, de la cámara, del micro.

¿Qué diablos somos los que tenemos el virus de mantener ese ritmo diario porque nos da la gana, no porque cobremos, ni porque nadie te lo exija? Pues supongo que idiotas.

Aunque, mire usted, más idiota me parece el esporádico que cree que se ha convertido en profesional o el profesional que no tiene el virus. Ése, además de idiota, suele ser un amargado.

Hace casi 30 años tuve la ocasión de comer con dos periodistas que en aquel momento estaban en la cresta de la ola. Se llamaban Yale y Amilibia (todavía en activo con casi 67 años). Yo era un chaval y aunque ellos no fueran el tipo de periodista que yo quería ser (me iba más el rollo Manu Leguineche, para entendernos), les preguntaba admirado  cómo hacían todos los días para estar en la radio, en la prensa, incluso en la tele, casi sin parar y casi siempre en tono de cachondeo, no entendía cómo tenían humor, ideas y temas un día sí y otro también. Amilibia se me quedó mirando fijamente y me contestó: sólo es nuestro trabajo.

Un trabajo como cualquier otro.

Donde hay profesionales y aficionados.

¡Ah!, e idiotas.

lunes, 22 de febrero de 2010

Mi monstruo de Twitter

Llevo unos días dándole vueltas a mi relación con Twitter. Sigo a unas 150 personas. Su selección me ha llevado casi un año. No quiero incrementar la cifra porque empezaría a resultarme inútil. Aunque ya decía lo mismo cuando llegué a 50 o a 100. Son personas inteligentes, de varios de los ámbitos que me interesan, con una curiosa mezcla de edades, incluso de países, que me sueltan pequeñas  perlas que poco a poco van haciendo mella. No leo todo, ni abro todos los enlaces propuestos, claro; pero el goteo es constante y me he dado cuenta de que he ido juntando en el fondo a personas más o menos parecidas que casi siempre confirman lo que ya pienso o me amplían información para confirmarlo. El proceso no es nuevo, ni mucho menos. Se denomina distorsión selectiva. Pero nunca me lo había planteado con mi Twitter.

Sucede con toda la información. Si usted es de izquierdas se informa con un periódico de izquierdas, y si el de Barça pues sigue una emisora barcelonista. Pero es que con Twitter parece que todo el mundo es de derechas o del Barça (es un modo de hablar, podría ser de izquierdas o del Milan). Quiero decir que poco a poco he homogeneizado lo que en  principio era  muy diverso, o al menos me lo parece. Y si no me paro a pensar, acabo por tener la sensación de que lo que dicen en mi Twitter es palabra de dios. Curioso.

Enfrentarse a la opinión de un medio con espíritu crítico no resulta sencillo. Pero hacerlo frente a 150 opiniones de gente que en principio respetas requiere un esfuerzo titánico, que naturalmente no hago. Y me dejo llevar. Así que mi Twitter se me ha convertido en un generador de opinión que en lugar de tener una línea editorial clara es el resultado de la disolución de 150 opiniones, breves pero constantes. Mi distorsión selectiva hace el resto. Me he creado un nuevo monstruo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Bachillerato, FP y Universidad

Si usted es español, salvo que tenga hijos en las edades afectadas, seguramente no tenga muy claro el conjunto de novedades educativas que se han producido en los últimos años. Una de las más curiosas es la del bachillerato. Resulta que hace un par de años se les ocurrió a las preclaras autoridades educativas de este país crear tres bachilleratos diferentes: al de ciencias de toda la vida le llamaron Ciencias y Tecnología; al de letras, Humanidades y Ciencias Sociales; y uno nuevo llamado de Artes, desdoblado a su vez en dos vías: Artes plásticas, imagen y diseño y Artes escénicas, música y danza. Resulta que un par de años después de echar a andar el modelo, los dos primeros bachilleratos se pueden estudiar en más de 4.000 centros en toda España, pero el de Artes no llega a 300 centros, en muchas provincias existe un único sitio donde se imparte. ¿Para qué se ha creado entonces? La cabeza de los políticos responsables de la educación, esa gran desconocida.

Lo que probablemente le sonará, un soniquete leve, que tampoco..., es que la Formación Profesional, calificada con frecuencia como hermana pobre del sistema a pesar de que ha recibido en ayudas públicas europeas cantidades más que respetables (conozco centros de FP que tienen el triple de presupuesto que la Facultad donde trabajo), les sonará, digo, que se trata de un tipo de enseñanza cuyo objetivo primordial es el empleo (bueno, ahora ya lo dicen, con estrechez de miras, también de la Universidad). Por eso existe un mapa de títulos tan conectados con la realidad laboral como "Asesoría de imagen personal", "Servicio al consumidor" o "Animación turística". Por favor, que nadie se me enfade, ni sus profesores, ni sus titulados o alumnos. Pero ¿alguien busca "asesores de imagen personal" en posesión de un título o ciclo de grado superior?, ¿es esto un ejemplo de adaptación al mercado laboral? ¿Por qué se crean estos estudios?

Si está perdido con lo que ocurre con el bachillerato y la FP, no le digo nada con la Universidad. Desde el acceso (se está improvisando estos meses como si la reforma llegara por sorpresa), hasta el doctorado (hay quien ha necesitado cursar siete años para empezar a hacer la tesis y ahora algunos listos se están aprovechando tras cursar una diplomatura de 3 años y un master de dos, todo un ahorro), pasando por las llamadas ramas de conocimiento, que no se corresponden con los bachilleratos, ni con las áreas de conocimiento de los profesores, ni con los departamentos, ni con las Facultades ni con los nuevos títulos de grado ni con los postgrados. Usted puede encontrarse, por ejemplo, un grado en Periodismo y un postgrado en Periodismo, ¿diferencias prácticas con efectos profesionales, científicos, laborales? uffff, una carrera que se llama igual que otra puede pertenecer a ramas de conocimiento diferentes, impartidas por profesores de casi cualquier área de conocimiento, titulados casi en cualquier cosa y que impartirán lo que les da la gana al margen del nombre de la asignatura.  Además las clases ya no son como siempre. Ahora hay nuevos tipos: magistrales (o de grupo grande), prácticas (o de grupos medianos) y tutoriales (o de grupo pequeño). Como las paredes no son móviles, faltan aulas para los nuevos espacios, faltan profesores para que los alumnos no estén esperando su turno de grupo reducido. ¿Por qué se diseñan estos sistemas si al final no se pueden aplicar o son carísimos?

Estamos sobrados. Inventamos cosas imposibles con los recursos que tenemos, complicamos y complicamos las cosas sin parar. Primero llega un político, luego un asesor o un técnico de algún planeta ajeno a la galaxia, luego vuelve el político y se desencadena el proceso. Hala, ya está. Todos a cumplir con la nueva norma que nunca se cumplirá más que en apariencia. A mí al final ya sólo me dan pena los chavales. Los demás estamos subidos a la estúpida bicicleta viviendo de darle pedales para que no se caiga. Seremos mamones, uy perdón.

sábado, 20 de febrero de 2010

Logorama, un curioso nominado


Logorama by H5 from Grafik Magazine on Vimeo.

Acabo de verlo en Canal +. Y me ha sorprendido. También me ha llamado la atención que se pueda ver en Vimeo. Vale la pena. Es un pequeño placer. Y está nominado a los Oscar. Aquí un buen enlace sobre la peli.

Actualización: ganó el Oscar, ;-)

viernes, 19 de febrero de 2010

Narrativas digitales y futuros profesionales de los contenidos

En breve tengo que dar unas charlas sobre narrativa y me llama la atención lo movido que está el término últimamente en la Red. Por ejemplo, el año pasado se han creado una serie de centros de producción y experimentación en Contenidos Digitales gracias al programa "Capacitación Tecnológica de los Futuros Profesionales de la Industria de Contenidos Digitales", promovido por Red.es y la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE). El programa es fantástico, aunque a los que llevamos unos cuantos años tratando de "capacitar futuros profesionales de la industria de contenidos digitales" nos haya dado la sensación de que para la Administración educativa no debíamos existir. Pero no está mal la iniciativa, al contrario, es estupenda. Sin embargo existe un peligro: si cae en manos ajenas a los contenidos digitales, incluso en manos exclusivamente técnicas, puede que acaben inventado la pólvora. Cosa, por cierto, bastante habitual. Y lo primero que suelen reinventar, no sé muy bien por qué, es la narrativa, incluso el lenguaje.

Hace un par de años, en mi Universidad decidieron crear una televisión. Naturalmente se olvidaron de que necesitarían contenidos y crearon, para entendernos, Retevisión en vez de TVE. Sin nadie produciendo ni comprando contenidos tampoco había nadie viendo ese canal fantasma. Se gastaron unos cuantos miles de euros en hardware y software para tener lo mismo que ofrece gratis YouTube Edu o iTunes U. Eso sí, un grupo de investigación de informáticos obtuvo una subvención para estudiar cómo debía ser el nuevo lenguaje digital y llegaron a la misma conclusión que Kulechov o Pudovkin hace cien años: que hay que montar, que se necesitan distintos tipos de planos, etc para poder soportar y entender un contenido audiovisual. Nos lo contaban satisfechos a los asistentes de un curso. No sé quiénes eran más ignorantes, si los que querían montar la tele sin contenidos, si los que descubrieron la gramática audiovisual con cien años de retraso o quienes les dieron los dineros para el recorrido.

Gentes de todos los perfiles teorizan, investigan y pontifican sobre las nuevas narrativas digitales como primera aproximación a la creación de contenidos digitales y a la forma en que las audiencias los consumen. Suelen ser personas que creen que las tecnologías de la información empezaron con los ordenadores o, en un alarde cultural, con la imprenta de Gutenberg. Le llaman narrativa a la construcción de mensajes, sean o no narrativos. Ni se imaginan qué pinta en todo esto La Poética de Aristóteles, o que la escritura en columnas ya aparecían en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme, no en el Times, sí, ese periódico que casualmente se llama como el tipo de letra del Word.

Hoy publica Jesús Ferrero un interesante artículo que reflexiona sobre los cambios que implica Internet en las leyes de la narrración. La liberación de Living Stories por parte de Google ha reactivado cientos de opiniones sobre la estructura de la información periodística, incluso sobre el concepto de diseño informativo o la organización de las mismas Redacciones. Los narratólogos se mezclan con los teóricos de la usabilidad (que muchos creen también que se ha inventado con Internet) o del hipertexto. Y al final me pregunto si no estamos reiventando la pólvora una y otra vez en vez de encontrarle nuevos usos. Mientras reflexionamos tanto sobre la narrativa digital, Facebook, Google, Apple, Microsoft o Amazon hacen negocios. En esas empresas trabajan los actuales profesionales de la industria de contenidos digitales, los futuros ahora son simples usuarios a los que le está aportando muy poco este pequeño juego intelectual que entretiene a tantos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

No prefiero ser pianista en el burdel

Asumámoslo, algo hacemos mal los que nos dedicamos a la Comunicación, así, en general porque si no es incomprensible la imagen que tiene de nosotros una buena parte de la sociedad. Dicho en pocas palabras: los periodistas somos unos mentirosos, indocumentados, sensacionalistas y verduleros; los publicistas, unos manipuladores sin escrúpulos que se forran engañando a la gente; los del cine, unos caraduras que viven de la subvención, activistas políticos coñazos incapaces de hacer productos decentes (y eso se dice incluso de Celda 211); la televisión es directamente basura; muy pocos están dispuestos a pagar por contenidos (y eso se dice el año de Avatar o Modern Warefare 2); y hasta en las Universidades las disciplinas de Comunicación son como de segundo nivel, no se reconoce como campo científico, los filólogos dicen que preparan periodistas; los informáticos, diseñadores; los ingenieros y hasta los rectores creen que lo importante son los cacharros, las redes, las antenas...

Naturalmente no todo el mundo piensa lo mismo. Las Facultades de Comunicación siguen teniendo una gran demanda (aunque después llegan los profesionales y también las ponen a parir), la gente se pirra por salir en la foto, y cuando se informa o se entretiene con un telediario o con un magazine lo considera tan normal que no repara en que es el resultado del trabajo de unos profesionales que después desprecia o descalifica.

Pero está claro que somos culpables. Al fin y al cabo nuestro trabajo consiste, entre otras cosas, en la imagen. Y somos malos construyendo la propia. Hemos vendido políticos, empresas, cantantes y "belenestébanes", los medios de comunicación han creado el fenómeno del fútbol que ahora los arruina, han propagado, a veces con retraso, a veces en vanguardia, todas las ideas que amueblan la cabeza de nuestra sociedad, la forma de hablar, de vestir, de decorar la casa. Hemos convertido en dioses adorados por la masa a miles y miles de Juan Nadies. Y no somos capaces de ganarnos el respeto hacia nuestras profesiones de buena parte del público.

Existe un viejo aforismo en comunicación: No le digas a mi madre que soy (periodista, publicista, etc), dile mejor que toco el piano en un burdel. Así que el problema no es nuevo. La novedad reside en que ahora algunos de estos oficios están en peligro de extinción. Y no sé si nos lo podemos permitir porque, como dice un amigo mío –por cierto, informático– hay muchas profesiones que si mañana desapareciesen de golpe nadie se enteraría, al menos a corto plazo. Pues si desapareciesen mañana todos los profesionales de la comunicación, a nuestra sociedad no la reconocería ni la madre que la parió, así que a lo mejor no prefiere lo del piano en el burdel.

lunes, 15 de febrero de 2010

Los Goya de Celda 211

Fue la mejor gala de los Goya de la historia. Buenafuente, el mejor presentador y seguramente fue uno de los mejores años del cine español a tenor de los finalistas. Pero aún siendo un rendido admirador de la ganadora de la noche, Celda 211, con sus ochos galardones, me gustaría hacer algunos matices. El primero es que no todos los premios son igual de justos. Sí los más importantes: el de mejor película, mejor director, mejor protagonista, mejor guión adaptado y mejor montaje. Pero no los de mejor actor revelación, ni actriz de reparto, ni mejor sonido. De hecho creo que estos tres premios inciden en tres de los pocos puntos flojos de la película. En mi opinión, el caso de las dos interpretaciones es bastante evidente. No tanto el del sonido, de hecho cuando la vi me pareció muy bueno y fue un amigo profesional de la sonorización el que me hizo ver (oír) sus carencias. Y, en efecto, eran notables, seguramente por el escaso presupuesto y porque, puestos a ahorrar, el de audio es de los primeros capítulos en caer.

Por otra parte, El baile de la Victoria, seleccionada para los Oscar, se quedó de vacío a pesar de sus nueve nominaciones.

Esto lleva a plantearse si los premios de la llamada "academia" tienen suficiente rigor incluso en ediciones tan brillantes como la recientemente celebrada, rigor desde un punto de vista profesional, naturalmente, al margen de política, marketing, espectáculo, inercias o estado de opinión colectivo que espolvorean los premios porque la mejor del año tiene que tener más estatuillas además de las más importantes.

La realidad es que el excelente discurso de Alex de la Iglesia vino a poner todavía más el dedo en la yaga. El cine, el audiovisual en general, brilla por su glamour, por los famosos y ricos, incluso por el arrime constante de los políticos o las controversias sobre las subvenciones y las políticas culturales. Pero sobre todo es una actividad industrial y comercial laboriosa, complicada, muy técnica. El producto se dirigiere o se indigesta con rapidez, y pocos saben lo lento de su producción, lo aburrido que puede llegar a ser un día de rodaje, o la cantidad de oficios y profesiones necesarios para que ese plano esté ambientado, iluminado, fotografiado, montado... No basta un guión y una cámara, no es YouTube, es un proyecto empresarial, artístico, de ingeniería, de primera magnitud. Los americanos lo saben y no se lo toman a broma, el show-business es mucho business.

Por eso mismo es importante que existan esos profesionales, que se formen y puedan ser cada vez mejores, que se reconozca su trabajo cuando es bueno, y que se sepa el motivo por el que la taquilla responde, que no siempre es fácil. Y que tengan más presencia y peso en la academia.

sábado, 13 de febrero de 2010

¿Erotismo para mujeres?

Aunque no soy fotógrafo, si un cliente me encargara unas fotos de erotismo femenino, o sea, para hombres, sabría más o menos lo que tengo que hacer. Pero si el encargo exigiera fotos de erotismo masculino estaría más perdido que un pulpo en un garaje.  No me refiero a la pornografía, en la que cada vez que alguien aparece con la etiqueta "porno para mujeres" me parece puro mercantilismo "de género", sino a lo que se supone que tiene más de sutileza y de imaginación, aunque la foto sea evidente. Ni siquiera me refiero al concepto de belleza más o menos escultórica, donde sí me siento aceptablemente preparado para reconocer el atractivo masculino. Estoy hablando del erotismo del cuerpo del hombre en los ojos de la mujer. Algo que me veo incapaz de entender.

Claro que soy aburridamente heterosexual, pero eso no es excusa. Se supone que un profesional de la comunicación se pone en la piel del público objetivo al que va dirigido un producto. Y no hace falta ser mujer para hacer excelentes productos para mujeres, aunque al parecer algo ayuda ser gay a tenor de los éxitos audiovisuales mundiales de los últimos, digamos, diez o quince años. Es curioso porque creo que si el encargo consistiera en una fotos de hombres para gays, me resultaría mucho más sencillo.

El caso es que buena parte del filón de productos femeninos que inundan las estanterías de las librerías y las salas de cine, incluso algunos canales de televisión, tienen un componente erótico que a muchos y muchas les parece evidente. Para mí, en cambio, pues qué quieren que les diga. Hace unos días me enseñaron unos de esos libros. Y la verdad es que casi tuve que reprimir la carcajada. Se llama The Big Penis Book.  ¿Esto es erotismo o es sentido del humor? Imploro comentarios, sobre todo femeninos. Gracias de antemano. Y también, por cierto, de nada.

viernes, 12 de febrero de 2010

Juan Carlos Bugallo y la responsabilidad social corporativa del frutero

Juan Carlos Bugallo es uno de esos tipos que merece la pena conocer. Economista creativo y marketiniano, de carácter emprendedor, atrevido y apasionado, lleva unos años dirigiendo la Fundación de la Universidade da Coruña desde una perspectiva clara: la de la responsabilidad social corporativa. Ayer, después de estar hablando de RSC, me envió un explicativo texto que, con su permiso, paso a reproducir:

Hace unos días se presentaban los resultados de una encuesta que afirma que el 65% de los españoles desconoce el significado de la RSC, y del restante que lo conoce, el 17% lo confunde con acción social o filantropía, o centra sus definiciones en cuestiones medioambientales, olvidando el carácter transversal de la misma. 


Mi sorpresa ya fue mayúscula cuando la estadística se hizo realidad. Me explico. El sábado durante una comida familiar, mi abuela repentinamente me espetó a la cara y con desprecio la siguiente pregunta: pero, ¿qué es eso de la RSC?.  


Tras superar el desconcierto inicial que me supuso, empecé a pensar cómo podría explicarlo de manera convincente, clara y sencilla, pero mis primeros intentos sonaban todos a definición de manual teórico: la Responsabilidad Social Corporativa es la búsqueda voluntaria de conciliar el crecimiento y la competitividad, con el compromiso y la sensibilidad para con el desarrollo económico, social y medioambiental. 


A continuación le intenté explicar que no es una moda (nació en los años cincuenta), que no es otra palabreja nueva, la mayoría en inglés, para denominar algo que ya existía y hacer que parezca nuevo (los economistas lo hacemos habitualmente). Tampoco es marketing, ni patrocinio o mecenazgo, (aunque muchas empresas lo usan como maquillaje, intencionadamente).


¡Menudo rollo!. Así no va. A ver ahora. Abuela, el fin de las empresas es vender productos o servicios para obtener un beneficio. La cuestión es que ese fin no justifica cualquier medio. A través de la RSC la empresa busca igual ese beneficio, pero respetando y ayudando a los demás y al medioambiente. Es decir, no es lo que hace, sino como lo hace. Es la prueba de lo que son, de quienes son realmente.


La cara de mi abuela era todo un poema. Pero entre mis titubeos por salir airoso y demostrar la importancia que supone, recordé el caso del frutero y las discusiones que ocasionaba con mi abuelo, y traje su historia a la memoria.


Esto ocurrió hace ya años, cuando éramos críos y mi abuela aún podía valerse para ir a la compra. Ella iba al mercado a comprar la fruta y, según mi abuelo, le compraba al más caro. Mi abuela contaba que había dos fruteros. Uno era malencarado y bruto, no destacaba por su imagen personal, y hacía trabajar duramente a su hijo pequeño, a base de broncas. Sin embargo, su fruta estaba en cajas perfectamente ordenada, limpia y resplandeciente, digna de fotografiar, tan perfecta que mi abuela decía que parecía artificial y que nunca lograba saber su procedencia. 


A su lado estaba el otro frutero. Este era un poco más caro, pero mi abuela siempre le compraba a él porque era más amable y educado, y aunque su fruta venía amontonada en cajas y no presentaba tan buen aspecto, lucía más natural y saludable. Para ella lo importante es que le generaba confianza y conocía su origen, ya que el mismo frutero se molestaba en explicar, que la fruta la iba a buscar personalmente a un pueblo cercano, donde podía comprarle a un paisano que era conocido por su honradez, esmero y cuidado natural de la cosecha. Si se lo pedían, el frutero llegaba incluso a decir el coste que le suponía la mercancía y su transporte. A esto se añadía su sensibilidad personal con los niños y con los más necesitados, aunque nunca dejaba que fueran visibles sus ayudas. 


En su defensa y como argumento final hacia mi abuelo, ella le decía que ese frutero era buena gente y como tal así trabajaba. Y mirándole fijamente, con tono suave y pausado, lentamente repetía una de sus frases más habituales: “Trata a los demás como te gustaría que te tratasen”. Desgraciadamente esto no abunda, razón de más para ser agradecida. 


Desde mi humilde opinión y simplificando, aquel frutero, sin estrategia de marca, consciencia ni premeditación alguna y mucho menos, falsa apariencia, era un negocio socialmente responsable. Por todo ello abuela, se podría decir que en su día, aquel frutero tenía RSC. 


Sencillo, ¿no?

jueves, 11 de febrero de 2010

El gobierno de las Universidades

¿Cómo deberían estar gobernadas las Universidades públicas? Según la información publicada en El Mundo, la Fundación Conocimiento y Desarrollo ha elaborado una propuesta en la que plantea que los rectores se transformen en una especie de consejeros delegados, designados por un Consejo Social que a su vez estaría formado por personas ajenas a la Universidad elegidas por el Claustro. Este rector, que debe ser, como hasta ahora, un catedrático pero con conocimientos o aptitudes de gestión, nombraría a los decanos, sería el encargado de lograr fondos para la institución y podría ser destituido en cualquier momento en función de sus resultados. Podría hasta sonar bien. Al menos para todos los que están deseando la despolitización de las estructuras universitarias, acabar con la burocracia paralizante, el poder de los sindicatos o las capillas departamentales. Pero, aunque resulta urgente encontrar algún modelo que mejore el gobierno universitario, hay demasiados puntos oscuros en la propuesta.

La Universidad pública está mal gobernada por múltiples motivos. Quizá la democracia censitaria con la que se eligen los cargos académicos sea uno de ellos. Sin embargo eso no es lo que limita o dificulta la gestión del elegido. La estructura que les ayuda a obtener el poder, basada primero en la expansión de una determinada área de conocimiento, después de un departamento y posteriormente de las alianzas que pueda establecer en los distintos centros donde se imparta docencia no es ni mejor ni peor que la que podría derivarse de un Consejo Social elegido por un Claustro. Dicho de otro modo, un rector como los actuales o como los propuestos por esta Fundación, puede ser igual de eficaz si de verdad quiere y sabe serlo. El de ahora tiene el cargo garantizado por cuatro años, el hipotético "rector consejero delegado" tendría la garantía, imagino, de un contrato de alta dirección. No sé cuál de los dos se sentiría más fuerte para hacer lo que considera adecuado.

La politización, a veces, ciertamente, muy ridícula, tampoco es el problema principal, salvo que se considere que el presidente del Gobierno también debería ser un consejero delegado en vez del líder de un partido político. La política en un claustro se parece más a una junta de vecinos, mejor dicho, de propietarios. La apatía y la antipatía son los dos partidos mayoritarios, pero la simpatía de la camarilla de intereses forma la mayoría relativa que sustenta al rector. Muy por detrás viene la política de partidos de izquierdas y derechas, y es que el postureo ideológicos suele ocultar fobias bastante más materiales. En otras palabras, con o sin partidos, el politiqueo existirá siempre, como existe el politiqueo en cualquier organización humana, incluida la empresarial, sobre todo si los intereses no son ni económicos (la Universidad pública es económicamente miserable) ni de excelencia académica corporativa (pese a quien pese, por ahora y por muchos rankings que se inventen, la carrera académica es individual e interuniversitaria, no corporativa).

Otra cosa es la carrera laboral, los sindicatos, la selección de personal, los estímulos para ser buenos docentes, buenos investigadores, buenos en administración y servicios. Seguramente si las Universidades se gobernaran como empresas se podría jugar con los incentivos, el premio a la calidad, a la eficiencia. Pero ese problema es extensivo a toda la Administración pública. Igual que la brutal cantidad de leyes, normas y reglamentos que atenazan la agilidad del día a día.

En definitiva, no es tan sencillo el problema como para arreglarlo con el simple cambio de tipo de rector. La cuestión va mucho más allá. Puede incluso que no sea la gobernanza la cuestión más urgente. Bastaría, a lo mejor, con permitir que el profesorado se involucrase mucho más en sus correspondientes entornos profesionales, que tuviera más responsabilidades sobre su "unidad" académica, que los catedráticos respondieran individualmente del éxito o del fracaso de su docencia, de su investigación, por calidad y cantidad, por resultados económicos y científicos. En otros países se hace. Aunque también el modelo de rector consejero delegado. Hay mucho que reflexionar. Y que hacer.

¿Está usted preparado para despedir?

Imaginemos por un momento que el despido es en España libre y gratuito. Lo fácil sería imaginar a los trabajadores temblando y a los empresarios frotándose las manos. 

Ahora póngase en el papel del hipotético despedidor. No en plan George Clooney en Up in the air, ni siquiera el mítico Norm de Cheers en aquel episodio histórico donde su estrategia era llorar para que lo consolara el despedido. 

No. Póngase más en la tesitura de jefe cabreado tipo: o haces esto o a la puta calle. Muy por mis santísimos, por ejemplo. Quizá se reforzase el principio de autoridad o disciplina en la empresa (o el de la arbitrariedad, que también podría ser). 

Ahora póngase en la piel del jefe del jefe, que a lo mejor no comparte el mismo criterio, ni la misma opinión, ni el mismo cabreo. O al que incluso le molesta que se haya perdido un trabajador que él considera valioso, quizá más que el propio despedidor. 

Porque, claro, no todos los trabajadores son tan fáciles de echar, ni de sustituir, ni sirve demasiado atemorizarlos. Naturalmente tampoco es tan sencillo conservar a un profesional que ya no se siente especialmente integrado en una empresa para toda la vida, ni demasiado atado o protegido por la antigüedad, ni sujeto a un entorno social más o menos local. 

Si el despido es gratis, conservar el capital humano será más caro. La movilidad geográfica se multiplicará, se reducirá la vivienda en propiedad, los mejores aumentarán su cotización y ojo que estos procesos liberales no suelen favorecer a los peces chicos: el mercado libre, incluido el del trabajo, tiende a la concentración, ganan los grandes. 

Dicho de otro modo: el despido libre y gratuito favorece a los empresarios, pero no a todos; y perjudica a los trabajadores, pero no a todos. 

Ahora mire a su alrededor, piense en todos los compañeros de trabajo, subordinados e incluso jefes a los que despediría. Superada la primera "razzia", llega la tanda de la contratación para cubrir los huecos abiertos. Y la competición se desata. ¿Está seguro de que ganaría usted?, ¿por qué?, ¿por sus encantos personales o porque paga más? Cuidado que en el sector de la construcción en pleno boom especulativo sabían lo que era no encontrar mano de obra especializada, y no se referían precisamente a los ingenieros, que también. Claro que la demanda de casas respondía. Pero todo se reducía a un espejismo cultural: creíamos que era normal hipotecarse de por vida y que los pisos se revalorizasen un veinte por ciento anual, o que el dinero te lo dejaran al cuatro por ciento sin problemas. Y también el despido libre es un espejismo cultural. En España tendría que haber una verdadera revolución cultural para que se desatase la competencia por el trabajador. Puede que muchos estén deseando poder despedir gratis, pero a lo mejor no están tan preparados como creen. Los experimentos, con gaseosa, y las revoluciones, poco a poco, que no ganamos para sustos.

martes, 9 de febrero de 2010

La inteligencia emocional de Mad Men


Aunque hace algunos años tuve la oportunidad de acudir a una conferencia de Daniel Goleman, tengo que reconocer que nunca he acabado por identificar del todo el concepto de inteligencia emocional. Ser capaces de reconocer los sentimientos propios y ajenos, y disponer del conocimiento para manejarlos (que es una definición tipo Wikipedia) parece sencillamente tal pasada que no sé muy bien si estamos hablando del Mago Merlín, de un carismático político en estado de gracia, de El Príncipe de Maquiavelo o de una devoradora de hombres (o devorador de mujeres, ok). Conocimiento propio y ajeno, sentimiento y manejo. Un tigre acorralado frente a un ser humano puede ser un buen ejemplo. También una serpiente, una mala víbora, un cizañero.

Inteligencia emocional. Un verdadero hijo de su madre. Alguien que maneja sus propios sentimientos y los de los demás. Si se tratase de un simple manipulador, estaríamos ante un líder, un conductor de almas, y si el camino es el correcto, chico, pues hasta vale. Pero estamos ante alguien que se conoce a sí mismo. Y que reconoce el odio ajeno, la envidia, la ambición, la vanidad, el orgullo y también el amor, la generosidad, la alegría, la pasión. Y los puede manejar. Un monstruo, un fenómeno. Un publicista.

Escribo esto pensando en personajes de ficción como Don Draper, el protagonista de Mad Men, una serie quizá minoritaria, emocionalmente inteligente. Un pequeño placer, una delicatessen que en España está pasando sin pena ni gloria. Si tiene la ocasión, déle una oportunidad y véala.

lunes, 8 de febrero de 2010

Un guiño de Audi



A veces, pocas, la publicidad se ríe de lo políticamente correcto. El spot de Audi se queda en la frontera. ¿Estamos llegando a la histeria ecológica? No, pero tampoco sería tan de extrañar. La intolerancia sólo necesita una mínima excusa para extenderse. Importa bien poco que la excusa sea bien intencionada, incluso que esté llena de razón: la ecología, la igualdad, la libertad, la lengua, la infancia... El dogma no importa demasiado, importan los dogmáticos y las sociedades que se dejan convencer.

El anuncio vende un coche tan ecológico que incluso en la histeria superaría todos los controles. Tenemos una cierta tendencia a considerar que si a nosotros no nos afecta, a lo mejor no es para tanto, pero que lo que plantea Audi es un infierno, por ridiculizado que esté. Y a lo mejor no estamos tan lejos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Yo tube la mítica adolescencia

Es posible que usted ya no haya escrito al dictado angustiosas frases del estilo de "cuando Cayo llegó al cayo, se le cayó el cayado encima del callo, callado tomó el callón y recordó los callos del Callao". Eran otras épocas en la enseñanza de la ortografía, en la enseñanza de casi todo. Hoy parece una ridiculez, y sin embargo lo recuerdo como una especie de Sudoku de la época, un reto como las derivadas o las integrales definidas. En realidad yo tuve la típica adolescencia tardofranquista de la generación más numerosa de la historia de España. Mis hijos dirían que yo tube la mítica adolescencia del pleistoceno medio (esto ya es mucho decir). Han perdido la lectura y el cine clásico pero han ganado el YouTube y recuperado, por ejemplo, la escritura de las "míticas" cartas de amor sólo que en formato Tuenti. Es un pequeño desastre. Pero también es maravilloso lo que pueden llegar a hacer aunque no tengan ni pajolera idea de ortografía. Como todos los adolescentes de la historia, son una generación incógnita, que aún no tiene nombre porque aún no ha acabado de nacer entera, los últimos nacidos del XX y los primeros del XXI, la generación entresiglos. A veces creo que va a ser la primera a la que sus padres les han dejado una situación peor que que recibieron ellos, nosotros, la generación de Obama y Zapatero. Qué desastre.

jueves, 4 de febrero de 2010

Despido libre y cambio de cultura

Que un empresario, Adolfo Domínguez o cualquier otro, esté a favor del despido libre (entiéndase gratuito, porque libre ya es) resulta tan comprensible como que un trabajador esté en contra. Formarse una opinión ideológica es igual de sencillo: sólo hace falta pensar en un empresario explotador o en un empleado vago. Los arquetipos simples ayudan a construir el discurso y además en este caso el arquetipo nacional también contribuye: los españoles somos un desastre, necesitamos normas que nos impidan en un calentón liarnos a jamonazos, nos encanta la autoridad para abusar de ella y somos los campeones del escaqueo. Tópicos, tópicos y más tópicos.

Lo malo es que los empresarios explotadores o las grandes empresas ya tienen recursos suficientes para despedir a quien quieran cuando quieran. Y los que no son explotadores o las pymes sólo tienen dificultades para despedir si han sido incapaces de provisionar las indemnizaciones pertinentes. De modo que el despido libre o más barato no cambiaría demasiado las cosas. Salvo en la Administración, pero ese es otro tema.

Que la economía española viva una suerte de caída libre sólo tiene dos vías de solución: o trabajamos como chinos (es una manera de hablar, en realidad habría que trabajar como los de Singapur), es decir, bajos salarios y alto rendimiento, o como suizos (si lo prefiere, como estadounidenses, suecos, daneses, alemanes o finlandeses), o sea, con valor añadido. También podemos plantearlo en términos de fabricación o creación.

Aunque se puede enfocar el asunto de otra manera: o emprendemos o nos emplean.

E incluso, utilizando un ejemplo que España conoce bien, podemos ser un país de promotores/especuladores, constructores/ingenieros o de fontaneros/electricistas/encofradores. Todos los trabajos son igual de dignos (bueno, el de especulador algo menos) pero para la riqueza de un país no es lo mismo ser los mejores promotores, los mejores arquitectos o los mejores albañiles del mundo. Y en algo hay que ser los mejores.

Internacionalmente se sabe que la flexibilidad laboral incrementa la competitividad, pero también la ausencia de especulación, la reducción de la burocracia y, naturalmente, la innovación tecnológica y la investigación científica, es decir, la calidad en la educación superior. Y todo esto está muy bien pero choca de pleno con la cultura del Pocero o del Hidalgo, la cultura de funcionario o el trabajo fijo (que no es fijo, sino indefinido), la cultura del monto un bar y voy tirando, del que inventen ellos, del monopolio o el trato de favor, de la subvención y el clientelismo con la Administración de turno, la de la Universidad de pacotilla y saldos... En una palabra, la clave es la cultura.

Sólo una reflexión más: si en las épocas del dinero fácil cada español que se ha hipotecado a 30 o 50 años una media de 200 ó 300.000 euros hubiera dedicado ese dinero a la creación de riqueza (algo impensable porque los bancos tampoco se lo prestarían, ¡qué riesgo!) a lo mejor ahora tendrían una casa mejor y más barata y España no estaría en el ranking 33 de los países más competitivos del mundo, según el Foro Económico Mundial.

Bajar los sueldos o desigualarlos

En España, deshuesando cerdos, una persona de 18 años puede entrar ganando en una empresa alrededor de 1.500 euros al mes.  Un titulado universitario apenas tiene posibilidades de encontrar un primer empleo con esa retribución.

En las Administraciones públicas existen unos 20 niveles, algunos suponen unos 20 euros de diferencia, otros unos cien. Los trienios se pagan en cifras que van, redondeando, desde los 15 euros a los 50. En otras palabras, el sueldo más bajo supone unos 800 euros. El más alto, sin antigüedad, 2.200 y el título superior es obligatorio.

Los programas de reportajes que tan de moda están en este país nos muestran una realidad salarial media extrañamente homogénea entre conductores de autobús, administrativos, funcionarios, cocineros, albañiles, catedráticos, periodistas, secretarios, físicos, vigilantes jurados, peluqueros, biólogos, monitores de gimnasio... Esa clase media, o media baja, con todos los niveles formativos, trabajadores de oficina o directivos de despacho con moqueta, andamio, furgoneta, universitarios, FP o sin estudios. De hecho, un estudiante puede cobrar una beca superior a lo que después cobrará como sueldo en sus primeros años, incluso en la misma empresa. El mileurista puede tener 17 años ó 35.

Esos mismos reportajes que mencionaba (Comando Actualidad, Callejeros, etc.) nos enseñan también cocinas similares (al menos grosso modo), ropas similares, televisores similares. Claro que hay diferencias, claro que hay una clase alta, que gana más de 300.000 euros al año, una clase media alta que gana más de 100 ó 150.000 euros, una clase media con más de 60.000. Y una inmensa mayoría de gente que gana más de 20.000. Luego está por ver si pagan impuestos o no tanto, si son autónomos o empleados, o si viven en una gran ciudad o en un pueblo, lo cual importa tanto como si se trabaja en una gran empresa o en una pequeña.

Este país ha creado una singular forma de igualitarismo salarial que no tiene que ver ni con la productividad, ni con la cualificación, que viene de calidad, sino con la rentabilidad del mercado. Por eso los salarios en la construcción se dispararon durante el boom inmobiliario. Como los de los camareros en los chiringuitos de Ibiza. La rentabilidad basada en el consumo y éste, en la capacidad de endeudamiento.

Ahora, en plena crisis, esos salarios de baja cualificación aportan mucho menos valor, se desploman o directamente se eliminan. Y la lectura es que los salarios españoles son altos y que, según el FMI, hay que bajarlos. ¿Altos o demasiado homogéneos?, ¿todos igual de altos?, ¿quizá había demasiados universitarios y pocos encofradores y ahora hay demasiado de todo?, ¿qué podemos producir que demande el mercado como antes demandaba pisos?, ¿existe el estímulo económico para la productividad o el conformismo "homogéneo" nos estimula a la cocina de vitrocerámica, el Passat, la tele de 37 pulgadas y vacaciones "razonables" de 3.000 euros por el camino más rápido?

Perdón por la parrafada. La mezcla del nuevo reporterismo televisivo con los análisis macroeconómicos y el desgobierno político llevan a enloquecer. Menos mal que hay fútbol casi todos los días.

Ya está: que nos absorban el gobierno y el modelo económico, que nos anexionen, pero de verdad, no en plan Unión Europea, sino Estados Unidos de Europa, o, ya puestos, un sólo Estado. La misma legislación laboral, los mismos sueldos, el mismo sistema educativo, de pensiones... yo quiero ser francés, o alemán, o finlandés, o todo a la vez. Ah, que esto no funciona así. Vaya, un pena.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Las crisis de France Telecom y Toyota

Después de la pequeña odisea televisiva, vuelvo a asuntos de interés más general (se supone) que la compra de un televisor. Y tenía pendiente dos casos internacionales relacionados con la gestión de crisis.

Uno de ellos, el desenlace parcial de la crisis suicida de France Telecom, con la caída del presidente. Será un cierre en falso mientras los suicidios puedan surgir (y siempre se corre el peligro) y los sindicatos cuenten con la credibilidad en su denuncia de que las condiciones de trabajo, a las que culpan de la situación, no han cambiado. ¿Qué ha paralizado a France Telecom hasta llegar a esta situación?

El otro caso, obviamente, es el de Toyota y su problema de llamar a revisión a ocho millones de vehículos susceptibles de atascárseles el acelerador. ¿Cómo es posible que el problema se haya conocido hace unos pocos días en Europa cuando en Estados Unidos se conoce desde muchos meses, hay quien dice incluso que hace dos años?. ¿Éste es el planeta globalizado, ésta es la sociedad de la información?, ¿dónde están los responsables de consumo, de industria y, naturalmente, de la propia compañía? ¿Se ha paralizado Toyota a pesar de o incluso por estar viviendo hasta hace poco sus mejores momentos de ventas?

Son casos de dimensiones diferentes y de trasfondos distintos, sin embargo ambos comparten la culpa de no cumplir algunos de los clásicos mandamientos de la gestión de crisis, por ejemplo:


1. No parecían estar preparados ni siquiera como portavoces. Por ejemplo, el CEO de France Telecom, Didier Lombard, metió la pata clamorosamente cuando habló de epidemia contagiosa en el momento de destaparse la relación de suicidios.

2. No reaccionaron con rapidez; aunque sólo fuera por ganar tiempo. Lombard y el presidente de Toyota, Akio Toyoda, reaccionaron indiscutiblemente tarde.

3. No han mantenido unos canales de comunicación fluidos respecto a la crisis

4. No han sido muy creíbles ni siquiera con el reconocimiento del problema. En el caso de France Telecom podría entenderse algo más que en el de Toyota, que aludió a las alfombrillas de los coches como principal cuestión, en lugar de hablar de los aceleradores y los frenos.

5. No se han presentado como los más exigentes consigo mismos, como el juez más estricto, mucho más que la prensa, que las autoridades,  más allá de la propia legislación.

6. Quizás ambos se han creído más inmunes por su gran tamaño.

7. Se han olvidado de que la comunicación no sólo abarca a los medios de masas, sino que también fluye entre los proveedores de capital, los trabajadores, sus familias, sus vecinos, los políticos, los sindicatos, las instituciones, los lobbies profesionales, los grupos de presión social y cualquier eslabón de su cadena de distribución.

Y todo esto resulta aún más curioso porque ambas empresas encajan en algunos de los prototipos de empresas vulnerables.

No hay que olvidar que France Telecom es, como la Telefónica, una empresa pública privatizada que se tuvo que reinventar, donde sus máximos directivos tienen una notable proyección local, donde se lucha por cumplir objetivos cuando apenas existía esa cultura. Toyota, por su parte, a pesar de estar viviendo éxitos atravesaba una crisis laboral e incluso lleva unos años luchando, en este caso exitosamente, con la campaña contra algunos de su vehículos por contaminantes, incluido el Prius, del que han llegado a decir que contaminaba más que un Hummer.

Hace algunos años Jeffrey R. Caponigro publicó en su libro The Crisis Counselor una clasificación de las empresas más vulnerables a las crisis, France Telecom y Toyota cumplen -al menos alguna de ellas- las siguientes:


1. Acaban de sufrir otras crisis
2. Trabajan en sectores regulados
3. Atraviesan dificultades financieras
4. Están dirigidas por ejecutivos famosos
5. Tienen o han tenido participación pública
6. Crecen rápidamente
7. Están entre las dos o tres empresas más representativas de su sector
8. Atraviesan momentos de tensión personal, laboral, etc.

Después de un tiempo de investigación, es fácil comprobar como a esta lista de Caponigro se deben añadir algunas otras empresas: por ejemplo, las que ofrecen productos con un diseño tan particular que hace que todos se fijen de forma muy especial en un hipotético problema. Imaginemos, por ejemplo, que el iPad, por citar un caso de moda, sufriese alguna dificultad. En este caso, el exitoso Prius hace también más llamativa la crisis.

La gestión de una crisis empieza antes de que se produzca. Este es uno de esos típicos axiomas que siempre se cita... a toro pasado. Pero el que empresas de estas características estén reaccionando de modo tan peculiar cuando son firmas simbólicas, emblemáticas y, por tanto, siempre noticiosas, resulta cuando menos curioso. No será, desde luego, porque no se sepa qué hay que hacer. Y vuelve a no hacerse. Pertinaces que somos los humanos. Y mucho más cuando hemos alcanzado el paraíso de los CEOS.

martes, 2 de febrero de 2010

Qué televisor comprar (2)

Bien, el fin de la historia del televisor. Cien euros menos que el Samsung fallido y solución de trámite: un monitor de ordenador con televisión. No son tan bonitos, los plásticos no son de salón, el mando a distancia tiene tacto barato, para qué nos vamos a engañar. Pero es que la calidad de la imagen sólo se resiente un poco en el brillo, en lo demás resulta que tiene Full HD en progresivo, HDTV (es decir, el MPEG-4 de la alta definición que vendrá por los canales de TDT en poco tiempo, espero), sonido aceptable. ¿No lo había pensado? Pues yo tampoco. Y estoy encantado. No lo descarte.

lunes, 1 de febrero de 2010

Samsung LE22B541: un televisor fallido

Este es uno de esos ejercicios de web 2.0, de buzz, de conversación o de marketing digital, si se quiere. El caso es que al final compré un televisor. Samsung LE22B541, en la práctica 22 pulgadas, nada de full HD, ni HD TDT, ni 100 hz, normalito, vamos, eso sí: con la pantalla mate, maniático que es uno. Lo compré y ya lo he devuelto, lo cambié por otro porque se apagaba la imagen, que ya no era de demasiada calidad. El nuevo, idéntico, se ve algo mejor, pero parpadea. Y también se apaga. Cabreo y pataleta en el blog. Lo siento.

El caso es que mañana tendré que volver a la FNAC. Una molestia porque vivo fuera de la ciudad, coche, aparcamiento, colita, una hora y media no me la quita nadie. Será la tercera hora y media, el tercer parking.

Pero me he decidido a contarlo porque cuando uno desembala dos televisores iguales en 48 horas se da cuenta de las diferencias. Sospechosas diferencias. No hacía falta ser un genio.

El primer televisor venía sin protecciones plásticas ni en la pantalla ni en la peana, que además estaba sucia. El segundo sí las traía. El cable de la electricidad venía enrollado con un alambre plastificado tipo Bimbo, para entendernos. El segundo traía una especie de cintita de Samsung. Trivialidades.

El primero tenía el español como idioma seleccionado, y sintonizados los canales digitales por el orden comercial, no de frecuencia, es decir en el 1 la Primera, en el 2 La 2, en el 3 Antena 3, etc, etc. Qué listo el aparato. En el segundo, el idioma por defecto era el inglés, los canales no estaban seleccionados y cuando procedí a la faena quedaron fijados  según van apareciendo en el dial. Un televisor, no un superdotado. Si a esto le añadimos que el segundo traía unos papeles de la garantía ausentes en el primero, creo que no hace falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que me vendieron un televisor usado, quizá de exposición, quizá ya devuelto por algún cliente, quizá ya averiado. Una gracia. Y otra gracia que el segundo también sea defectuoso.

Mañana tendré que esforzarme una vez más e iré a que me devuelvan el dinero. Para que me devuelvan la confianza en las dos marcas creo que los que se van a tener que esforzar son ellos.

Mi Twitter

    follow me on Twitter