viernes, 24 de julio de 2009

Vacaciones

Como profesor, todo el mundo cree que en cuanto concluyen las clases empiezo las vacaciones. Lo cierto es que al cabo del año las clases me ocupan como mucho un tercio de mi tiempo laboral. Y por distintos motivos casi nunca puedo cogerme un mes completo de descanso. No me quejo, sigo siendo un privilegiado, tengo libres casi todos los fines de semana y festivos, y mis horarios entran dentro de la normalidad, no como cuando trabajaba como periodista. Pero desde hace unos años el concepto de vacaciones está en crisis.

Hay relativamente pocas profesiones que tengan un régimen de trabajo similar a la prensa. Durante años estuve dándole a la tecla de lunes a viernes, pero al viernes de la semana siguiente, es decir doce días seguidos para poder librar un sábado y domingo de corrido. Los festivos se recuperaban sumando días a las vacaciones, de modo que juntabas hasta 45 días de descanso. Nunca podías cogerlos de golpe, claro, de hecho poco a poco se fue perdiendo la posibilidad de tomarse siquiera los 30 días tradicionales. Así que todo quedaba en una dispersión de mini vacaciones semanales, diez días a lo sumo. Y como por arte de magia, el año concluía y siempre quedaban días pendientes.

Entre cargos directivos de grandes empresas, sobre todo los que tienen grandes sueldos y trato directo con la propiedad, está mal visto cogerse vacaciones normales, como si fueran personal laboral normal. De hecho, algunos no tienen ni contrato, eso es para los trabajadores. Si estás cansado, te vas a Isla Mauricio o a cazar a Chequia un par de días y ya está. A todo trapo, pero sin dar la impresión de que estás de vacaciones, sólo de short-break. Es como lo del horario: la libertad y la flexibilidad supone que se trabajan unas sesenta o setenta horas semanales, no sé cuántas productivas, la verdad, pero implica abandono de la vida privada, entrega mental al despacho o al negocio o al jefe, a veces hasta al cliente.

En contratos basura, por obra, fijos discontinuos, autónomos dependientes y demás inventos de la realidad inframileurista, las vacaciones son moneda de cambio, se negocian entre partes con capacidad, digamos, desigual. Para qué entrar en detalle.

Y van pasando los años y, salvo los que ocupan puestos donde el derecho a las vacaciones es más que derecho obligación, cada vez menos personas disfrutan de lo que hace no mucho se consideraba casi normal.

Pues vamos mal, ¿no? esto no es un avance, no producimos más, sólo lo aparentamos; no somos más felices, aunque a veces nos vanagloriamos de lo mucho que trabajamos; nos desconectamos de la familia y de los amigos, aunque a veces el sacrificio sea una liberación y el trabajo un refugio e incluso el verdadero divertimento. Así somos. Uff.

El caso es que yo empiezo hoy el descanso. O lo voy a intentar. Creo que en alguna ocasión pensé en ser profesor por tres razones: julio, agosto y septiembre. Y al final, a ver si logro enlazar cuatro semanas. Desde hoy. A que no me dejan.

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