miércoles, 7 de octubre de 2009

Política lingüística o marketing lingüístico

A pesar de mi incompetencia, intentar hablar otros idiomas me divierte. Aunque nunca he soportado que me obliguen a hablar una lengua determinada, ni siquiera el español. Sí, es curioso. En algunos sitios te obligan a hablar un idioma aunque te entiendan en otro. ¿Por qué? A veces por dinero, para qué engañarnos. Muchos viven del negocio. Otras por ideología, revanchismo social o histórico, qué sé yo. Entonces aparece la política lingüística. Y a jorobarse toca.

Las lenguas son tesoros culturales, pero si nadie las quiere usar sencillamente se mueren. Y en realidad es lo justo: pertenecen a la gente. ¿Qué se puede hacer para evitarlo? En realidad muy poco. Pero señores políticos (por muy democrático que sea su origen), señores activistas (por muy a favor que le soplen los vientos de turno), incluso señores vividores del negocio lingüístico, señores todos: con la obligación no van a largo plazo a ningún lado. Y menos aún en la globalizada sociedad en red.

Así que olvídense de leyes, luchas identitarias, lenguas vehiculares y demás mandangas, incluso no estaría mal (y ya sé que hoy es una utopía) que se olvidaran también del concepto mismo de idioma oficial.

Limítense a garantizar el derecho de las personas a hablar en la lengua que quieran, que ya es bastante, e inviertan en las industrias culturales para que aparezcan productos atractivos en el idioma más débil. Logren que haya buen cine, buenas canciones, buenos libros, buenos personajes, buenos sitios en internet, buenos medios de comunicación en esa lengua. En el peor de los casos, aun si fracasan, habrán elevado el nivel cultural de la sociedad. Y por el camino le darían pulmón a un sector que agoniza, al menos el tradicional, mientras se gastan millones en que una lengua sea odiada por unos, enarbolada como un martillo por otros, perseguida, despreciada o impuesta por atribuirle un significado político. Sustituyan, aquí sí, la política por el marketing, y el idioma se lo agradecerá. Un poco de confianza en las personas, y si no confían, al menos déjenles vivir.

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