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Juan Carlos Bugallo y la responsabilidad social corporativa del frutero

Juan Carlos Bugallo es uno de esos tipos que merece la pena conocer. Economista creativo y marketiniano, de carácter emprendedor, atrevido y apasionado, lleva unos años dirigiendo la Fundación de la Universidade da Coruña desde una perspectiva clara: la de la responsabilidad social corporativa. Ayer, después de estar hablando de RSC, me envió un explicativo texto que, con su permiso, paso a reproducir:

Hace unos días se presentaban los resultados de una encuesta que afirma que el 65% de los españoles desconoce el significado de la RSC, y del restante que lo conoce, el 17% lo confunde con acción social o filantropía, o centra sus definiciones en cuestiones medioambientales, olvidando el carácter transversal de la misma. 


Mi sorpresa ya fue mayúscula cuando la estadística se hizo realidad. Me explico. El sábado durante una comida familiar, mi abuela repentinamente me espetó a la cara y con desprecio la siguiente pregunta: pero, ¿qué es eso de la RSC?.  


Tras superar el desconcierto inicial que me supuso, empecé a pensar cómo podría explicarlo de manera convincente, clara y sencilla, pero mis primeros intentos sonaban todos a definición de manual teórico: la Responsabilidad Social Corporativa es la búsqueda voluntaria de conciliar el crecimiento y la competitividad, con el compromiso y la sensibilidad para con el desarrollo económico, social y medioambiental. 


A continuación le intenté explicar que no es una moda (nació en los años cincuenta), que no es otra palabreja nueva, la mayoría en inglés, para denominar algo que ya existía y hacer que parezca nuevo (los economistas lo hacemos habitualmente). Tampoco es marketing, ni patrocinio o mecenazgo, (aunque muchas empresas lo usan como maquillaje, intencionadamente).


¡Menudo rollo!. Así no va. A ver ahora. Abuela, el fin de las empresas es vender productos o servicios para obtener un beneficio. La cuestión es que ese fin no justifica cualquier medio. A través de la RSC la empresa busca igual ese beneficio, pero respetando y ayudando a los demás y al medioambiente. Es decir, no es lo que hace, sino como lo hace. Es la prueba de lo que son, de quienes son realmente.


La cara de mi abuela era todo un poema. Pero entre mis titubeos por salir airoso y demostrar la importancia que supone, recordé el caso del frutero y las discusiones que ocasionaba con mi abuelo, y traje su historia a la memoria.


Esto ocurrió hace ya años, cuando éramos críos y mi abuela aún podía valerse para ir a la compra. Ella iba al mercado a comprar la fruta y, según mi abuelo, le compraba al más caro. Mi abuela contaba que había dos fruteros. Uno era malencarado y bruto, no destacaba por su imagen personal, y hacía trabajar duramente a su hijo pequeño, a base de broncas. Sin embargo, su fruta estaba en cajas perfectamente ordenada, limpia y resplandeciente, digna de fotografiar, tan perfecta que mi abuela decía que parecía artificial y que nunca lograba saber su procedencia. 


A su lado estaba el otro frutero. Este era un poco más caro, pero mi abuela siempre le compraba a él porque era más amable y educado, y aunque su fruta venía amontonada en cajas y no presentaba tan buen aspecto, lucía más natural y saludable. Para ella lo importante es que le generaba confianza y conocía su origen, ya que el mismo frutero se molestaba en explicar, que la fruta la iba a buscar personalmente a un pueblo cercano, donde podía comprarle a un paisano que era conocido por su honradez, esmero y cuidado natural de la cosecha. Si se lo pedían, el frutero llegaba incluso a decir el coste que le suponía la mercancía y su transporte. A esto se añadía su sensibilidad personal con los niños y con los más necesitados, aunque nunca dejaba que fueran visibles sus ayudas. 


En su defensa y como argumento final hacia mi abuelo, ella le decía que ese frutero era buena gente y como tal así trabajaba. Y mirándole fijamente, con tono suave y pausado, lentamente repetía una de sus frases más habituales: “Trata a los demás como te gustaría que te tratasen”. Desgraciadamente esto no abunda, razón de más para ser agradecida. 


Desde mi humilde opinión y simplificando, aquel frutero, sin estrategia de marca, consciencia ni premeditación alguna y mucho menos, falsa apariencia, era un negocio socialmente responsable. Por todo ello abuela, se podría decir que en su día, aquel frutero tenía RSC. 


Sencillo, ¿no?

Comentarios

  1. Excelente, cómo explicar la RSE a tu abuela y a todos los demás. Me encantó!

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  2. Gracias por el comentario, Nicole.

    Por cierto, a lo mejor te gusta por tu perfil el blog de un buen amigo textosocasionales.blogspot.com. Un saludo

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