Ir al contenido principal

El autoflagelo de la Universidad-Empresa

Vengo de una de esas sesiones Universidad-Empresa con las que nos castigamos de vez en cuando ambos sectores. Digo nos castigamos porque suelen ser sesiones de autoflagelo, o flagelo mutuo y recíproco. La historia no es la de un divorcio, porque nunca estuvieron casadas, sino la de una ligera búsqueda de un encuentro con frecuencia frustrante.

Muchos empresarios nunca han pasado por las aulas ni maldita falta que les ha hecho a tenor de sus éxitos. Otros no hubieran tenido muchos menos fracasos por haber estudiado. Aunque son las excepciones. Lo normal es que la formación ayude. Aunque sea teórica y masificada, como la de los años ochenta. Claro que si uno tiene ese recuerdo, además de una imagen del profesor como enemigo a batir, autoritario y distante, junto con la idea de que quedaban en la Universidad los empollones incapaces de enfrentarse a la vida real, no es de extrañar que ni se le pase por la cabeza la posibilidad de recurrir al mundo académico para tratar de resolverle un problema empresarial. Por si fuera poco, nadie sale de su carrera con la sensación de estar preparado para trabajar, porque no anda el país como para que el sistema MIR exista en todas las disciplinas, que no estaría nada mal.

Por su parte, al universitario profesional, el que empalmó su vida de estudiante con la de investigador y, por fin, profesor funcionario, le suena a chino todo lo que no sea el mundo de los papers, jotaceerres, sexenios, política  de departamento y pleitesías de área de conocimiento. Si usted es una persona normal y no sabe de qué le hablo, no se preocupe, no merece la pena entenderlo.

Sin embargo, hasta el más lelo de los universitarios puede en un momento de su vida aportar valor. Si quiere hacerlo, claro. Y hasta el más pragmático de los empresarios puede aprovechar las habilidades de aquél si sabe cómo. Otra cosa es que intenten siquiera entrar en contacto. No ayudan mucho los prejuicios, las inercias y el propio interés (al universitario también le mueve su propio interés porque son los papers, no las asistencias a empresas, los que le hacen prosperar en su carrera aunque se refieran a su mismísimo ombligo). Tampoco ayuda el desánimo ante la cualquier dificultad, ésa que confirma los prejuicios a la primera de cambio.

Pero lo curioso es que cada vez hay más empresarios que conocen la nueva universidad y más universitarios que conocen el mundo empresarial. Son todavía excepciones, naturalmente, pero existen. Por eso lo del autoflagelo constante a veces resulta cansino.

Otro asunto es considerar los males de la Universidad española en su conjunto. Que tienen poco arreglo, para qué nos vamos a engañar, salvo que estalle una revolución. Pero eso es tanto como considerar los males del empresario español de forma global. Otra revolución pendiente.

Eso sí, estoy esperanzado porque por primera vez he oído en un foro de estas características que vale ya de asociar obligatoriamente la I+D+i a la tecnología, vale ya de hablar sólo de "empresas de base tecnológica", vale ya de olvidarse de la innovación en procesos, comercialización, organización y vale ya de dejar la comunicación y la divulgación en manos de la buena voluntad y que no sea una actividad universitaria reconocida en los méritos profesionales. Quizá algún legislador o redactor de convocatorias de proyectos convierta estas palabras en hechos. Hablando de revoluciones, esta es más fácil de conseguir, pero seguirían crujiendo las cuadernas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antonia San Juan no es un hombre

Hay miles de cuestiones sobre las que no tengo opinión, sólo estómago. La identidad sexual es una de ellas. No sé qué pensar ante alguien que duda sobre quién es. Y me quedo desconcertado ante la realidad de que algunos hombres quieren ser mujer o viceversa. O ante el hecho de que a un hombre le atraigan los hombres, a una mujer las mujeres. No tener opinión no significa mucho. La mayoría de las cosas se aceptan, se observan, gustan o no, simplemente están. Si dudo sobre la identidad sexual de una persona, me siento inseguro, como con cualquier duda, pero lo acepto como algo que no es de mi incumbencia salvo, naturalmente, que tenga algún interés sexual en ella o sea un juez deportivo ante uno de esos extraños casos como el de la corredora surafricana Caster Semenya.
Pero no me quiero referir a la atleta sino a una actriz, Antonia San Juan, con la que comparto una homonimia razonable. Aunque escribamos nuestro apellido de forma diferente, ella separado y yo junto, y ella sea Antonia y …

Baby boom, generación Jones, X o Peter Pan

Al diario El País le encanta publicar reportajes de identificación generacional. Es un modo de describir a sus lectores, o al público objetivo al que le gusta dirigirse. Ayer le dedicó un buen espacio la llamada Generación X ahora rebautizada como Peter Pan.
Una generación la componen los padres; otra, los hijos; y otra, los nietos. Osea que debería haber diferencias entre ellas de al menos 20 o 25 años. Pero como los hermanos mayores suelen referirse a los pequeños como "de otra generación" e incluso lo creen los universitarios de cuarto curso respecto a los de primero, el marketing prefiere reducir la diferencia a apenas una década. Así que sociológicamente este tipo de reportajes suelen ser una memez donde lo que se identifica es, más que a una generación, un contexto económico al que se enfrentan los consumidores que comparten un determinado momento vital. Pero son divertidos. Y además sirven para autoreafirmarnos, para creernos diferentes pero a la vez igual a muchos otr…

Cambio horario: a quien madruga... le salen ojeras

Esta noche cambia el horario oficial. Decían que iba a ser el último, pero parece que la cosa se pospone. Llaman la atención las discusiones que provoca el asunto. Más si cabe en las zonas más orientales y occidentales del país, las más afectadas por el reloj respecto al sol. No importa la especialidad profesional del opinante, ya sea sociólogo o astrofísico, economista o sanitario, porque desde una perspectiva profesional todo el mundo admite la importancia del sol (los gallegos comen más tarde que los de Baleares si nos fiamos del reloj pero exactamente en el mismo momento solar). Lo que sí importa es que la persona que emite su opinión sea madrugador (alondra) o noctámbulo (búho), o feliz cumplidor de las normas sociales (sistémico) o empeñado en ensalzar la libertad individual (empático). Y sobre todo orgulloso de ser cualquiera de estas cosas.

Los husos horarios, esos que insisten en que Barcelona y Londres deberían tener la misma hora de reloj, son una arbitrariedad política que…