miércoles, 24 de febrero de 2010

El autoflagelo de la Universidad-Empresa

Vengo de una de esas sesiones Universidad-Empresa con las que nos castigamos de vez en cuando ambos sectores. Digo nos castigamos porque suelen ser sesiones de autoflagelo, o flagelo mutuo y recíproco. La historia no es la de un divorcio, porque nunca estuvieron casadas, sino la de una ligera búsqueda de un encuentro con frecuencia frustrante.

Muchos empresarios nunca han pasado por las aulas ni maldita falta que les ha hecho a tenor de sus éxitos. Otros no hubieran tenido muchos menos fracasos por haber estudiado. Aunque son las excepciones. Lo normal es que la formación ayude. Aunque sea teórica y masificada, como la de los años ochenta. Claro que si uno tiene ese recuerdo, además de una imagen del profesor como enemigo a batir, autoritario y distante, junto con la idea de que quedaban en la Universidad los empollones incapaces de enfrentarse a la vida real, no es de extrañar que ni se le pase por la cabeza la posibilidad de recurrir al mundo académico para tratar de resolverle un problema empresarial. Por si fuera poco, nadie sale de su carrera con la sensación de estar preparado para trabajar, porque no anda el país como para que el sistema MIR exista en todas las disciplinas, que no estaría nada mal.

Por su parte, al universitario profesional, el que empalmó su vida de estudiante con la de investigador y, por fin, profesor funcionario, le suena a chino todo lo que no sea el mundo de los papers, jotaceerres, sexenios, política  de departamento y pleitesías de área de conocimiento. Si usted es una persona normal y no sabe de qué le hablo, no se preocupe, no merece la pena entenderlo.

Sin embargo, hasta el más lelo de los universitarios puede en un momento de su vida aportar valor. Si quiere hacerlo, claro. Y hasta el más pragmático de los empresarios puede aprovechar las habilidades de aquél si sabe cómo. Otra cosa es que intenten siquiera entrar en contacto. No ayudan mucho los prejuicios, las inercias y el propio interés (al universitario también le mueve su propio interés porque son los papers, no las asistencias a empresas, los que le hacen prosperar en su carrera aunque se refieran a su mismísimo ombligo). Tampoco ayuda el desánimo ante la cualquier dificultad, ésa que confirma los prejuicios a la primera de cambio.

Pero lo curioso es que cada vez hay más empresarios que conocen la nueva universidad y más universitarios que conocen el mundo empresarial. Son todavía excepciones, naturalmente, pero existen. Por eso lo del autoflagelo constante a veces resulta cansino.

Otro asunto es considerar los males de la Universidad española en su conjunto. Que tienen poco arreglo, para qué nos vamos a engañar, salvo que estalle una revolución. Pero eso es tanto como considerar los males del empresario español de forma global. Otra revolución pendiente.

Eso sí, estoy esperanzado porque por primera vez he oído en un foro de estas características que vale ya de asociar obligatoriamente la I+D+i a la tecnología, vale ya de hablar sólo de "empresas de base tecnológica", vale ya de olvidarse de la innovación en procesos, comercialización, organización y vale ya de dejar la comunicación y la divulgación en manos de la buena voluntad y que no sea una actividad universitaria reconocida en los méritos profesionales. Quizá algún legislador o redactor de convocatorias de proyectos convierta estas palabras en hechos. Hablando de revoluciones, esta es más fácil de conseguir, pero seguirían crujiendo las cuadernas.

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