domingo, 15 de noviembre de 2009

Pataleta sobre la educación

Permítanme un pequeña pataleta de fin de semana. Es que estoy hasta los mismísimos del sistema educativo español, de los profesores españoles, de los padres españoles y seguramente de los políticos españoles responsables de este disparate sociopedagógico en el que se desenvuelven unos niños, adolescentes y jóvenes que son hormonalmente como siempre pero que se han convertido en unas víctimas-verdugo sin precedentes.

Lo malo es que llevo años siendo padre, profesor y, algunos menos, responsable o culpable parcial de un par de planes de estudio. Odioso, vamos.

Los profesores somos culpables por muchas razones, pero sobre todo por no plantarnos y decir hasta aquí hemos llegado. De novatos disimulamos nuestras inseguridades preparando clases repletas de intenciones hasta reventar. De veteranos nos amargamos después de haber construido un discurso a medio camino entre la autojustificación, lo esencial de tal o cual conocimiento que realmente es prescindible, y el reproche a los alumnos, a sus padres y a la sociedad en general. Los profesores hemos permitido que todo el mundo nos mande en todo, hemos renunciado tanto a nuestra autoritas e independencia que nos consolamos con arbitrariedades aisladas, exámenes que muchos colegas no aprobarían, o, por el contrario, la dejadez y la supervivencia.

Los padres no estamos mucho mejor. La reducción y el retraso de los nacimientos ha convertido a estos padres tardíos, acomodados y ocupados como nunca, en seres extasiados ante las gracietas de su descendencia, sin tiempo para decir no, aunque les obligue a usar el powerpoint de la oficina para prepararles a última hora el trabajo de clase, preguntándoles la lección a las diez de la noche, cagándose en la madre del docente que encarga los deberes, abarrotando las gradas de las fiestas escolares o los partidos porque el cine americano nos ha contado los traumas que cogen los peques si no vamos al espectáculo de Halloween y les grabamos en vídeo. Lo curioso es que no hemos logrado que beban o droguen menos, ni hagan más deporte, ni se responsabilicen más que nuestra propia generación.

Y el sistema, con los políticos, los pedagogos, las editoriales, etc no para de pervertirse con las reformas globales o parciales, la multiplicación de asignaturas, la superficialidad, los horarios funcionariales, los localismos las peleas lingüísticas, los planes de estudio sin sentido fruto de negociaciones de intereses casi nunca confesados aunque siempre evidentes: el dinero y el poder. Coger un libro de texto y cabrearse es más fácil que hacerlo con un periódico o un telediario, para que luego hablen de los periodistas. Ver lo que se hace con la política de centros, el transporte, los contenidos, los colegios y universidades públicas y privadas, eso sin entrar en todo lo relacionado con la investigación, las subvenciones, la evaluación de méritos o los presupuestos, ver todo esto, digo, sin deprimirse es como para ganar el premio nobel a la estabilidad emocional.

Lo dicho. Una pataleta.

¿Una solución? Simplificar. Saber lo que se quiere conseguir y aprender cómo hacerlo. Pero por favor, no quiera conseguir muchas cosas a la vez. Quién mucho abarca...

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