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El falso documental como campaña


El falso documental no es un género nuevo. En realidad, la capacidad de convicción del audiovisual siempre se ha utilizado como una poderosa arma política y comercial incluso antes de que el documental naciera como género. Ahora la historia del cine lo presenta como grandes fraudes, del estilo de las falsas imágenes de la guerra de Cuba o de la recreación de la primera guerra mundial a cargo de Griffith, o como grandes manipulaciones, al estilo Rienfestahl.

Hace unos años, quizá con Michael Moore como máximo exponente, aunque también con la inestimable colaboración de Al Gore, el documental se recuperó para la gran pantalla con toda su capacidad de denuncia e influencia. Aunque ha sido en la televisión, sobre todo con la enorme cantidad de canales temáticos, donde se han alcanzado tales niveles de eficacia y consolidación de las fórmulas estéticas que inevitablemente se allanaba el camino para el resurgimiento del falso documental ya fuera en serio o en clave de comedia. Los ejemplos son múltiples: desde Borat a Operación Luna, pasando por Forgotten Silver de Peter Jackson, REC de Balagueró y un sinfín de títulos más.

El mundo publicitario tampoco podía sustraerse, medio en serio o medio en broma, con ambigüedades y terrenos resbaladizos, aventurándose en el camino del cross media, entre prensa, televisión e internet. El Misterio de Dalarö para el lanzamiento en 2004 del Volvo S4 fue uno de los más impactantes y trabajados, con una campaña que incluía varias piezas audiovisuales. Feixenet en 2007 con Key to Reserva, de la mano nada menos que de Scorsese fue un arriesgado cambio en la estrategia tradicional de las burbujas doradas del cava a las que la compañía catalana regresó de inmediato tras el fracaso del experimento. Naturalmente esto enlaza con las técnicas de marketing viral que en ocasiones utiliza imágenes falsas como la del robo del escaño del presidente del gobierno español en el Congreso de los Diputados, el famoso Amo a Laura de la MTV, etc, pero estos casos no usan exactamente la técnica del falso documental o mockdocumentary.

La última campaña de Gillette sí. El síndrome del hombre lija no oculta el cachondeo y borda el género del falso documental en clave de comedia. Es honesto y no pretende ser verosímil. Aunque el dominio formal siempre resulta inquietante. Quiero pensar que, como Borat o Zelig, pueden llegar a enseñar al espectador a que el código formal no implica necesariamente autenticidad. Como estrategia publicitaria quizá no sea demasiado nueva a estas alturas, pero siempre es una demostración de la capacidad del audiovisual de convertir la ficción en no ficción. No es el caso, pero ojo con las campañas que convierten en broma la manipulación: dan pie a muchas confusiones peligrosas. Al fin y al cabo Orson Welles nunca pretendió engañar a nadie con La Guerra de los Mundos, ¿no?

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