jueves, 24 de septiembre de 2009

En defensa de los tránsfugas

Pues ¿saben qué? que olé, con dos bemoles. Si a ti te pusieron a dedo pero el puesto es tuyo, que le den bertorella al dedo. En un sistema de partidos donde el verdadero electorado de los políticos es el jefe, donde el que se mueve no sale en la foto, donde las votaciones en las cámaras se hacen por disciplina, donde los pactos estatales pretenden atar pactos locales, ser tránsfuga es ser un suicida, pero al menos durante un tiempo tienes criterio propio.

Hombre, si los haces por dinero pues eres un mierdas, con perdón, un Judas. Pero tal vez, sólo tal vez, alguien cambie de bando porque es el bando el que ha cambiado de sitio o de principios, porque el que está en la poltrona se ha descubierto incompetente, o dicta al dictado, o le manejan el rodillo con el que aplasta hasta el sentido común. Y entonces ¿qué haces?, ¿esperas a las siguientes elecciones donde si protestas te apartan de la lista y aún encima ya eres reo de tus disciplinados votos de apoyo al atontado?

Sí, ya sé. Las listas cerradas hacen que el ciudadano vote a un partido y lo lógico sería que el partido después decidiese su "política de personal". Sin embargo como en España somos expertos en legislar con medias tintas, las listas son cerradas pero los cargos electos pertenecen a las personas. Y el único resquicio que queda a la libertad individual y a la independencia de criterio es la posibilidad de "transfugarse". Que luego lleguen los líderes nacionales o los acuerdos estatales está muy bien, al fin y al cabo acuerdan seguir ostentando su poder casi absoluto, pero si quieren de verdad acabar con el problema que pongan sobre la mesa de debate la ley electoral.

De lo contrario seguirá habiendo tránsfugas, indignos o heroicos, listos o idealistas, en todo caso arriesgados. Al fin y al cabo cada vez hay menos personas dispuestas a aceptar ser apartadas del pesebre, de la seguridad del rebaño, de la obediencia debida. Ay si hubiera habido más tránsfugas en la Historia; cuántas barbaridades ha cometido el ser humano por no tener los redaños de decir no, hasta aquí hemos llegado.

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