jueves, 17 de septiembre de 2009

El profesional de la política y su negocio

A los políticos les indigna que se hable mal de la política. Y tienen razón. Lo ajustado es hablar mal de los políticos. Y lo justo, en realidad, es hablar de los profesionales del poder político. Porque la política, la cosa pública, significa arte, doctrina u opinión en relación al gobierno, sin embargo los que ejercen la política como empleo a veces inicialmente movidos por el interés sincero o el afán de servicio suelen acabar secuestrados por la estructura que los mantiene. Y ese es, en el mejor de los casos, su negocio. Como el periodista que olvida su función pública cuando descubre que hay que vender ejemplares o ganar audiencia. O el médico que antepone rentabilidad a vidas. Para algunos es la diferencia entre el profesional y el aficionado o el novato. Pero cada vez tenemos más políticos profesionales, aficionados y novatos. Todo en uno.

La gran revolución que ha protagonizado la actual generación de políticos españoles se caracteriza por su profesionalización y su relativa bisoñez, una apariencia de pocos ingresos económicos, una multiplicación exponencial de puestos ocupables o repartibles entre la tribu y la utilización indistinta de los conceptos esenciales de cualquier ideología. Desde hace 30 años todos intentan asaltar el centro diciendo que son de derecha o de izquierda mientras utilizan las bases doctrinales de los otros. Los nacionalistas de izquierda trufan clase social con barreras territoriales sin vergüenza alguna. Los neocom piden la intervención de los estados en el sistema financiero con idéntica ausencia de rubor. Los socialistas defienden impuestos indirectos y se olvidan del concepto de progresividad. Los conservadores utilizan los desequilibrios autonómicos sin el menor atisbo de contradicción con su discurso antinacionalista. Y los progresistas exprimen a las clases medias y bajas favoreciendo a las grandes fortunas sin mala conciencia. Todos dicen ser ecologistas, todos quieren a la mujer, a los jóvenes. Se trata de entregar el mensaje que el público quiera oír. Y suele ganar el que, descontando a los votantes incondicionales, es capaz de detectar qué quiere oír el que tiene el voto disponible, cambiante o recién estrenado.

En realidad, puede que resulte más fácil aplicar la política ajena que la propia. Todo con tal de que la superestructura ya no sea social, ideológica ni cultural, sólo de poder, de control de la administración como fin en sí mismo. ¿Para hacer qué? Bueno, eso ya se verá. Al fin y al cabo, durante un tiempo la bicicleta se mantiene mientras no dejas de pedalear.

1 comentario:

  1. Siempre me ha resultado curioso como un ministro hoy vale para la cartera de Agricultura, mañana Economía y pasado para Industria.
    Los políticos son cargos, nada más. Los profesionales son técnicos en las materias. Lo ideal sería que cada ministerio estuviese ocupado por técnicos especializados.

    Un saludo

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