lunes, 21 de junio de 2010

Vídeos de teleformación y otras lindezas

No paro de ver nuevas iniciativas de teleformación que incorporan contenidos audiovisuales. Medio mundo educativo se ha lanzado a realizar vídeos que después se pueden ver en streaming o se pueden descargar. Y el 95% (soy caritativo) resultan insufribles. Enseñan a un conferenciante superpuesto a un Powerpoint e incluso sin nada, a veces incluso sin conferencia: un tipo charlando en su despacho, mal iluminado, con sonido horroso y con toda su buena voluntad, largando durante 90 minutos sobre la sinestesia, los pelos de la acelga o la teoría de los conjuntos aplicada al marmitako. No quiero ser muy duro en la crítica, al fin y al cabo se trata de profesionales de la enseñanza, esforzándose en utilizar las tecnologías digitales, esas tan "fáciles" de usar, con "tantas posibilidades" aunque se trate de una simple cámara web, o incluso con dos o tres operadores de cámara becarios (eso sí, cámaras HD aunque luego se comprima el vídeo hasta la radiografía de un suspiro) pinchados indiscriminadamente por un realizador en prácticas: ahora el conferenciante de frente, ahora de lado, ahora su tonsura o coronilla, incluso algún plano del auditorio si lo hubiera.

Dirán ustedes que, en esencia, cuando un alumno está en clase tampoco ve mucho más. Cierto. Por eso cuando se inventó el cine se pensó que era prácticamente lo mismo que el teatro. Hable usted delante de una cámara y listo, en la tarima, en la mesa del salón de actos. Yo lo grabo, lo subo a internet y ya somos modernos: tenemos una plataforma de teleformación, un canal de e-learning.

Los que llevan un siglo utilizando el lenguaje audiovisual, con sus tiempos, sus planos, su puesta en escena, educando nuestra cultura colectiva hasta el extremo de que te cuentan la Biblia en tres horas y te quejas de que la peli es larga, metiendo en un spot de 20 segundo 48 planos, elaborando cortinillas para separar en secciones la escaleta de un informativo con tres presentadores para 30 minutos, dando paso a vídeos, reporteros, corresponsales, los que hacen documentales de todo tipo de disciplinas, con infográficos, con música, todos ellos nos están malacostumbrando. El audiovisual puede volver a ser una cámara fija ante la que está largando la lección magistral (o jugando a ser aprendiz de showman, que de todo hay) y a eso lo llamamos nuevas tecnologías. Hala.

Con tanto busto parlante podemos ganar (es un decir) en pluralidad de mensajes: miles de profesores ejerciendo su libertad de cátedra no cosa de despreciar. Pero ¿no sería mejor tener menos profesores y más realizadores y productores audiovisuales? Las cadenas de documentales, incluso de lo más bajo coste, tienen los contenidos o los pueden realizar, contando con premios nobel, con los mejores especialistas, para audiencias masivas o muy especializadas, ¿de verdad alguien cree que puede captar la atención de un alumno, acostumbrado a estos despliegues, con su profesor de química orgánica pegado a la cámara web y alternando diapositivas?, ¿esa es la calidad de contenidos que pueden hacer las universidades o los sistemas educativos nacionales o regionales encargados de las enseñanzas primarias y secundarias?

Claro no es sólo un problema de la teleformación. El hecho de que las mismas universidades, no sólo hayan proliferado, sino que apuesten por atomizar los grupos de alumnos a costa de reducir las clases que reciben demuestra que se ha optado por mensajes de peor calidad y de menor duración pero más personalizados. Dicho de otro modo, en vez de poner a Steve Jobs ante una audiencia enorme preferimos poner a miles de recién doctorados en informática ante grupos de cinco o diez alumnos, o a profesores de provincia (y conste que yo soy uno de ellos) ante medio centenar. Y si no, con un vídeo cutre, que se puede ver en cualquier momento, sin necesidad de ir a clase.

En realidad ir a clase empieza a ser algo totalmente prescindible. Hace años, porque había fotocopiadoras de apuntes. Ahora, porque te da los apuntes el propio profesor, o están en la web. Sí, ya sé que hay muchos más métodos docentes que la clase magistral, pero al fin y al cabo sólo hay que recordar que con Bolonia el alumno que antes tenía 750 horas de clase por curso tiene ahora 450, con suerte, eso sí, más personalizada y con vídeos en streaming que no soporta ni la madre que los parió.

450 horas presenciales. Piénselo si va a mandar a un hijo a una Universidad fuera de casa. Puede tener que pagar 11 meses de alquiler o de Colegio Mayor para que su hijo acuda a clase 450 horas, once semanas laborales, tres meses. Vamos, que los otros ocho se los regala al sistema no presencial. Eso sí, con la teleformación esto no ocurre.

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