lunes, 28 de junio de 2010

La empleabilidad en la Universidad

Cuando empecé a trabajar como periodista, una de las primeras correcciones que me hicieron redactando una noticia fue cambiar la palabra "empleados" por "trabajadores". Lo de empleado sonaba a usado, a utilizado. Años después se habla de empleados en las informaciones de economía o de empresa, aunque no en las sindicales o laborales, sin embargo nadie osa discutir el término empleabilidad hasta convertirlo incluso en un indicador de la eficiencia universitaria.

Así es la vida, el máximo nivel formativo que proporciona una sociedad se mide ahora por su capacidad para proporcionar empleados en vez de emprendedores, líderes e incluso simples profesionales superiores (no necesariamente empleados). Pero no quiero polemizar demasiado en este concepto porque es fruto de años de generación de opinión, de negocios privados de posgrado, escuelas elitistas o formación en el extranjero (aunque sean de pacotilla) reservados a los hijos de las clases altas. Lo acepto: generemos mano de obra. Sí, pero ¿cómo?

Lo lógico sería que la Universidad se empezara a parecer a la Formación Profesional. En parte ya se parece: se enseñan manuales de software, se hacen prácticas de operadores y operarios, las instalaciones se dedican a despliegues tecnológicos que lucen en folletos y anuncios. Y en la FP la mitad de los profesores no son profesionales de la disciplina sino que se les exige un título universitario y una programación docente y didáctica prácticamente indistinguible en docenas de materias de la impartida en Universidad. De modo que, en efecto, las semejanzas entre ambos niveles académicos surgen, aunque la sensación que dan es que en los aspectos menos adecuados, incluso menos dirigidos a la "empleabilidad": usted no contrataría a un ingeniero industrial porque maneje de vicio el Photoshop ni a un titulado de FP en peluquería (perdón si no se llama así) porque teorice sobre el concepto de la proporción áurea.

Al margen de los engaños estadísticos que encierran las estadísticas (y no me refiero a la desviación típica ni al error muestral sino a la perversión de su diseño y la cocina de sus resultados), para que una formación universitaria o profesional se ajuste a la empleabilidad tendría que ser tan flexible como el mercado de trabajo; las carreras, las asignaturas y hasta el tema del día deberían ajustarse a la demanda del momento, los profesores tendrían que ser profesionales en activo (y no hacerlo incompatible casi por definición del sistema), los medios materiales deberían ser los mismos que utilizan las empresas y los alumnos tendrían que ser calificados en función de su productividad y eficiencia (nada de asistencia, actitudes, valores ni mucho menos exámenes, evaluaciones continuas, revisiones, comisiones evaluadoras, convocatorias...)

Por otra parte, si se quiere convertir la Universidad en una máquina de generar empleados tenemos varias posibilidades: podemos limitar la salida de los titulados hasta que su número sea inferior a la demanda (empleabilidad del 100%), podemos abrirnos a las empresas hasta el límite que consideremos oportuno, que puede ir desde la Universidad corporativa hasta el no se preocupe que nunca vamos a formar a nadie que pueda moverle la silla, ilustrísimo gerente o director comercial; hasta podemos convertir en grado universitario la formación de camareros de chiringuito mediterráneo en agosto (nunca hay suficientes)...

Claro que eso significa que el cliente de la Universidad es la empresa, el mercado laboral. Esto habría que decidirlo con claridad porque si formamos "tropa" en vez de "oficiales" el cliente no puede ser el "recluta" o "el padre del recluta", es decir, la satisfacción del cliente-alumno o padre de alumno habrá que sustituirla por la satisfacción del empleador, imaginando, por cierto, que ese empleador sabe ganar batallas en la guerra de la competitividad. Si yo soy un empleador quiero empleados resistentes a la frustración, competitivos y obedientes (qué le vamos a hacer). Y les puedo asegurar que en la Universidad hay mucha gente (y si no con dejar entrar más profesores asociados, listo) que sabe lo que se cuece en las empresas y en los despachos de los empleadores.

Que esto suponga abandonar la idea de formar ciudadanos, con criterio, iniciativa, creatividad, visión y ganas de mejorar el mundo, en la realidad cotidiana de los campus no representa tristemente ningún problema. Pero que no exista ningún indicador de calidad al respecto sí debería preocuparnos un poco.

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