miércoles, 7 de abril de 2010

Cacharrada en las aulas

En mi campus hubo hace unas semanas una de esas fiestas-botellón que casi acaba en tragedia y en la prensa local comenzaban la crítica diciendo que "los jóvenes universitarios tienen mil y una formas de divertirse, y está muy bien que la Universidad contribuya a esa diversión, pero..." Está muy bien, ¿de verdad?, ¿por qué? No tengo ni la menor idea. El rector se disculpaba recordando que el problema lo tiene la sociedad (¡?). Aquí ya se me antojan unas cuantas razones por las que se escurre el bulto, aunque esencialmente está el abandono de la autoridad.

Ayer leía en un blog universitario que en Navarra han dado unos aparatitos a los estudiantes para que contesten a las preguntas de los profesores en clase, en vez de hacerlo de palabra, después de levantar la mano.

Como novedad es curiosa. Veamos ¿quién escribió La Eneida? y el 33 por ciento de los alumnos presentes se inclinan por la opción A: Platón; el 26% votan la opción B: Proust; el 2% eligen la C: Engels y el 39% la D: Virgilio. El 61 por ciento se ha ahorrado el bochorno, todos han contestado porque es díver apretar un botoncito, porque en vez de una clase parece que Carlos Sobera pregunta al público y, con suerte, el ordenador que registra los resultados no sabe quién, así que nadie es evaluado sino que lo importante es participar.

El mismo blog hacía referencia a una propuesta de diseño de aula. El problema es más serio de lo que aparenta porque con Bolonia hay clases en un mismo curso de 60 personas, de 20 y de 10, por ejemplo, lo que implica muebles diferentes, espacios diferentes, configuraciones diferentes. Sin embargo, la propuesta citada a mí me recuerda más un convite de boda que un aula universitaria, pero quién sabe, con muchas pantallas proyectando imágenes en todos los ángulos, a lo mejor se cambian los procesos de atención y aprendizaje... Perdón que me da la risa.

Menuda crisis, madre mía, muchos empiezan a no saber qué hacer en un aula con tanto ordenador, pizarra digital, clicker, proyector, realidad aumentada o tanto netbook. Me consuela pensar que al menos alguien hace negocio y que tanta estupidez al menos genera algún puesto de trabajo. Pero, por todos los dioses, que alguien saque al mundo exterior a todos estos pensadores de la educación, pedagogos de la calidad y compradores compulsivos de cacharrada tecnológica. Porque esto empieza a parecerse peligrosamente a un circo o, mejor, a un remedo de escena tipo CSI.

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