martes, 31 de enero de 2012

Pero tú ¿realmente te ganas el sueldo?

La situación ahora es habitual. Parece una mezcla de American Beauty y Up in the air. Llega una consultora en recursos humanos para realizar un ajuste de plantilla y van realizando entrevistas al personal:

–¿Le importaría decir exactamente en qué consiste su trabajo?

En esos momentos ya estás a la defensiva y sólo aciertas a soltar con sarcasmo el cargo, la categoría o una función que, de pronto, incluso a tus propias parece prescindible.

–¿Cómo cree que podría ser más eficiente?

Los que saben que la sentencia está emitida de antemano ya sueltan frases del estilo de

–Trabajando, no haciendo entrevistas estúpidas.

Claro que los hay que pierden la dignidad y cargan contra otros departamentos, contra algún jefe, compañero o subordinado, perdón, cliente interno. Respuesta delatora tanto de los demás como de uno mismo. Roma no paga traidores (bueno, a veces) pero le saca un partido bárbaro a la lista de criticados.

El caso es que la tribu de veinteañeros consultores (indios para los iniciados) confecciona un informe donde prácticamente cualquiera se convierte en un peso para la organización. Y ya se puede despedir con eficiencia técnica y profesional aunque sin el porte de George Clooney.

Claro que el sistema es perverso. Aunque eso es lo de menos. Porque así, asaltados de pronto por un recién titulado, nos sentimos tan desconcertados como ante un niño de cuatro años que con uno de sus porqués revienta el sentido común en tus narices.

He estado media vida en Redacciones donde los periodistas, empezando por los editores y acabando por el ayudante de Redacción, no creen que el periodismo sea importante. Lo crucial es la publicidad, la hora de cierre, el papel, el reparto... lo demás, mariconadas.

Oigo ahora a profesores y gestores educativos que no creen que los estudiantes vayan a aprender por su trabajo sino que lo esencial son las encuestas de satisfacción y los indicadores de calidad. Su función principal es cubrir papeles y, a ratos, dar clase sin creérselo demasiado.

Veo a directivos, a veces muy bien pagados, que no piensan que su profesionalidad, experiencia o formación aporte valor, sino por lo pillos que son, o por la agenda político-social del banco de favores, que diría Tom Wolfe. Altos ejecutivos que, como los de Margin Call, dirigen una entidad financiera pero son incapaces de entender las pantallas de ordenador. Tonterías de cerebritos.

O pequeños empresarios (también los grandes) que no creen en su producto o en su servicio como algo mejor por sí mismo, sino en la bicoca, en el amiguismo, la subvención o el chafardeo, ahí está el negocio, así es la vida, chaval.

Médicos, administrativos, ingenieros, incluso comerciales a comisión (sí, incluso) que sólo tienen sensaciones difusas acerca del valor de su trabajo. Todos apagan fuegos, todos echan horas, todos saben de qué quejarse y seguro que una inmensa mayoría trabajan bien.

Pero, al parecer, si están en el paro no ocurre nada.

Vivimos en un país donde el trabajo de las personas es prescindible. A veces me pregunto si nos pagaríamos a nosotros mismos el sueldo, si nos contrataríamos o si nos despediríamos en caso de ser nuestros empresarios. A veces me pregunto cuánta gente tiene la sensación de que se gana el sueldo en términos de dar más de lo que recibe y cuánta cree que su trabajo es una lotería. Cuánta es dueña de su vida, al menos, laboral.

2 comentarios:

  1. Yo al menos tengo la tranquilidad de saber dos cosas: una, que realizo mi trabajo lo mejor que sé, y dos, que sin mi, estarían bien jodidos.
    Así que, sí, me gano mi sueldo y el esfuerzo invertido me daría incluso para un sustancioso aumento, que tampoco pienso pedir. Un poco de pundonor en el mundo laboral nunca está de más.

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  2. qué incisivo... me gusta :)

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