martes, 28 de agosto de 2012

La maldad

En una conversación de bar, comentaban a mi lado el posible origen de uno de los peores incendios del verano: el que quemó más de 15.000 hectáreas en Castrocontrigo (León), muy cerca de mi pueblo. En la zona viven del pino y de los níscalos, y no dejan que nadie ajeno vaya a cogerlos. Según el contertulio, no sería extraño que alguien cabreado, muy cabreado por no dejarle ir a setas hubiese esperado a vengarse plantando fuego.

La teoría podría admitirse como un ataque de furia de no ser que los níscalos salen en otoño y el fuego en agosto. Si el causante, como el de tantos otros, recurre a la venganza de este modo, meses después, no es un calentón, ni un ataque de furia irreflexiva. Responde a la maldad.

Si un padre, cualquier ser humano pero un padre mucho peor, mata a sus hijos incinerándolos en un horno tras dormirlos con barbitúricos para hacer daño a su ex mujer, no es un enfermo, ni ha perdido el control, no hay pasiones ni irreflexión. Hay maldad.

Los malos existen y rara vez lo recordamos. Preferimos hablar de disfunciones emocionales, de ausencia de empatía, de psiquiatría de salón. Pero hay gente mala y quizá todos somos malos en mayor o menor medida en algún momento de nuestra vida. Cuestión de grados, claro, pero también cuestión de autodisculpa.

En estos tiempos en los que tanto se habla de valores como de corrupción, disculpamos nuestros actos "malvados", sí, malvados como verdaderos hijos de puta, con la obediencia debida, con sacar adelante a la familia, con la carrera profesional, el éxito, con el "todo el mundo lo hace", "no es para tanto", etc, etc.

Y le colocamos una preferente a un octogenario, o a miles, porque hay que cumplir objetivos comerciales. O retorcemos la ley para que el poderoso se siga saliendo con la suya. O nos frotamos las manos con los beneficios desproporcionados aún sabiendo que la quiebra real está a la vuelta de la esquina. O le aplicamos el BOE a las contribuyentes mientras permitimos el secreto bancario... También hay maldad en todo esto. Y en mil actos cotidianos. Ya, ya, no es lo mismo, pero es igual. Recuerde que convertirse en un grandísimo cabrón con pintas muy fácilmente. Y procure evitarlo, hombre. Qué bobada, ¿no?

1 comentario:

  1. Escribime por favor para hablar sobre una posible colaboración: willydekid@yahoo.de

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