viernes, 25 de mayo de 2012

El plantón de los rectores


En muchas ocasiones les he acusado de no defender los intereses de la Universidad, así que tengo que admitir que el plantón de los rectores españoles al ministro de Educación ha sido un gesto de dignidad plausible (digno de aplauso, vamos). Claro que el propio Wert o la prensa pro gubernamental, e incluso quienes estén en contra de los "señoritos" universitarios pueden criticarlos. Al fin y al cabo son cargos políticos elegidos por sufragio universal entre los catedráticos de sus respectivas instituciones por profesores, estudiantes y personal de administración y servicios. Y muchos de ellos con el apoyo obvio del partido de turno. Por eso hasta ahora nunca habían sido capaces de tomar una decisión tan unánime y tan brusca ante un ministro. Así que imagínense qué habrá pasado para que en todos estos años de aberraciones universitarias no haya ocurrido lo de esta semana.

El ministro justifica sus decisiones, que más o menos se resumen en subida de tasas, de horas docentes y recortes de investigación y titulaciones, en la crisis económica. Pero dejemos esta cuestión al margen. Con o sin crisis, desde hace casi diez años vengo oyendo a un sector social, político y también, que conste, universitario, exactamente esos planteamientos. Incluida, por cierto, la reducción del número de Universidades, cuestión esta que, como comparativamente con los países desarrollados no se sostiene, hasta el ministro la ha relegado de su discurso inicial.

La generación que ahora manda se formó en unas pocas aulas masificadas. Hasta en clases de 300 personas he estado yo, viendo al fondo a un vetusto y altivo catedrático utilizar la tiza como máximo alarde de medio pedagógico y técnico. Se tomaban apuntes o se fotocopiaban. Un examen final, con suerte uno o dos parciales, y listo. No sé ni cómo eran capaces de corregirlos. Aunque lo sospecho. Esta generación puede pensar que esa Universidad era mejor, pero lo que ocurría, simplemente, es que éramos más jóvenes. Nada más.

La Universidad actual, aún siendo muy pero que muy mejorable, es tan superior a la de hace treinta o cuarenta años como lo es una autovía frente a una carretera de la época. En medios, en calidad y cantidad de la docencia, en prácticas, en investigación, en colaboración con las empresas, en deporte, en bibliotecas, etc, etc.

¿Sirve de algo subir las tasas? Salvo que hubiera un cambio radical de modelo hacia lo minoritario, elitista, clasista o hipotecado, no. Si se pusieran las matrículas a 25.000 euros, por ejemplo, tendríamos otro tipo de universidad que, creo, casi nadie quiere. Pero pasar de 1.000 a 1.500 euros no sólo no arregla nada, sino que perjudica a las familias y apenas se notará en los presupuestos de las universidades.

¿Sirve de algo incrementar un cincuenta por ciento las horas de docencia? Si fuera para que los estudiantes recibieran más clases, quizá. Pero es que reciben muchas menos. Incrementar las horas docentes de los profesores sólo oculta la reducción de plantilla. Porque aunque parezca increíble, son las horas de clase, no las laborales, las que determinan el número de profesores necesarios. Wert ya ha reconocido que pretende dar una carrera completa con sólo ocho profesores. Le tocan a cada uno unas cinco asignaturas. Van a parecer profesores de escuelas unitarias: sacad el cuaderno de geografía, ahora el de matemáticas, ahora el de dibujo técnico y ahora salgamos a la calle a correr que después tenemos latín. Viva la especialización.

¿Sirve de algo reducir las horas de investigación? En realidad a los gobiernos españoles nunca le ha parecido que la investigación sirva para nada. Siempre se ha preferido pagar a los laboratorios farmacéuticos, o aplaudir a la ingeniería alemana o al software americano. Investigar el mercado o el comportamiento del consumidor les parece inútil. En realidad ellos sólo piensan en las encuestas electorales. Eso sí es investigación. El resto, tonterías de laboratorio.

Y ¿sirve de algo reducir titulaciones? Bueno esto da para más discusión. Porque se puede ver desde la perspectiva de la demanda de los estudiantes, de la sociedad, de las empresas, y hasta de la demanda política (nacionalismos, esencialmente). Creo que la cuestión es tan variable que sólo puede decidirlo cada universidad. Aunque para ello deberíamos tener una auténtica autonomía universitaria, en lo bueno y en lo malo, respondiendo de nuestros propios resultados. Reducir o no titulaciones es casi una cuestión menor en todo lo que habría que cambiar.

Claro que, según Wert, estas son medidas urgentes en función de la crisis, no es la reforma universitaria que quiere hacer el Gobierno. Así que no perdamos del todo la esperanza. Se puede hacer mucho peor.

2 comentarios:

  1. ¿Calidad de la docencia? poooorfavor no me hagas reir.

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  2. Hace treinta años sí que nos partíamos la caja con ese tema. A, perdón, ni siquiera se hablaba de él.

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