jueves, 2 de julio de 2015

Reestructurar la Universidad


La imagen es del Consejo de Gobierno de mi Universidad. Podría ser la de cualquier otra Universidad pública española. A pesar de las diferencias en los estilos de gestión y de los dineros públicos que reciben, todas sufren problemas semejantes. Y no son fáciles de resolver. Por las leyes que condicionan el sistema, por el sistema que condiciona las leyes. Por las inercias personales de los académicos y los prejuicios de los políticos. Por la falta de comunicación, por las ideologías, los intereses y el desconocimiento.

Desconocimiento. Sí. Quizá el problema más importante. La opinión pública, en general, los medios periodísticos en particular, hasta a veces los ministros y los consejeros autonómicos de Educación tienen un enorme desconocimiento de la Universidad. Y la Universidad tiene un enorme desconocimiento de la sociedad real, del mundo de la empresa y hasta de si misma, de las disciplinas que imparte, de sus estudiantes, de las habilidades de gestión de recursos y personas que se mueven en una organización ciertamente compleja.

Muchos rectores llegan al cargo con la única experiencia de haber sido antes decanos o directores de centro o departamento. Otros, ni eso. Algunos han dirigido proyectos de investigación. Nada parecido a liderar una entidad repleta de funcionarios, científicos, jóvenes, personal eventual, sindicatos, política, administrativos, genios brillantes y no tanto, burócratas, normas autonómicas, nacionales y internacionales, rígidos y menguantes presupuestos públicos y una constante lupa en forma de agencias de evaluación y rankings más o menos arbitrarios.

De ahí que muchos piensen que es un problema de gobernanza. De quién puede o debe ser rector. Por extensión, se llega al sistema de elección de órganos de gobierno y a la propia organización de la Universidad. A su estructura. Facultades, departamentos, institutos, ramas y áreas de conocimiento y, lógicamente, la estructura de los puestos de trabajo.

Por el contrario, otros se centran en la formación, la investigación y la transferencia (en ésta algo menos, para qué nos vamos a engañar). Para ellos es un problema de títulos, de número de cursos (5, 4, 3+2, etc, etc), de nombres (licenciatura, grado, master, diplomatura, especialización, título propio u oficial, etc), de metodologías y calidades (indicadores, uso de tecnologías, habilidades y destrezas –nunca entenderé la diferencia–, resultados de aprendizaje...). O de incrementar el número de "papers", congresos y proyectos internacionales sin importar demasiado su contenido.

A la Universidad pública se le está asfixiando presupuestariamente. Y las Universidades privadas, algunas, hacen su agosto. Los listos cobran a los investigadores por publicar o por asesorarles sobre cómo lograr sexenios de investigación. A los estudiantes se le considera "clientes" y se les cobra cada vez más por ofrecerles cada vez menos. Los profesores dedican más tiempo a burocracia que a docencia. Los padres pagan 11 meses de alquiler cuando antes pagaban 9. Las empresas se siguen quejando de que no se prepara a los graduados como necesitan... y por eso les pagan salarios vergonzosos. El sistema español no va por buen camino. Eso es indiscutible. Por eso "hay que reestructurar". El consejo de gobierno de mi universidad lo dijo unánimemente.

Y me echo a temblar.

Porque se van a tomar decisiones apresuradas, sin conocimiento, sin dinero, con prejuicios y reacciones emocionales e ideológicas. O nos lo tomamos con algo de serenidad o directamente iremos a peor.


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