viernes, 28 de agosto de 2009

Hoteles, turistas y otros negocios

Siempre me he preguntado cómo funciona el cerebro de un típico cliente de resort veraniego, esos sitios multitudinarios en cuyos bufés de desayuno la gente se pelea por los donuts tras engullir tres platos, cuando en su vida diaria se despachan un café "porque a esa hora no me entra nada".

Sé que los niños son gratis, que es una solución cómoda para familias con chavales pequeños. También sé que para las parejas jóvenes, cada vez más jóvenes, un todo incluido o media pensión es uno de los primeros grandes viajes "de adulto". Los jubilados logran buenas tarifas. Para los muy atareados es una forma de "resolver": mezclas estrellas con sol garantizado y lo demás lo presupones. Buena habitación, buena piscina, tumbona, pagas y listo.

Pero qué diablos les pasa por su cabeza cuando, haciendo cuentas o sin hacerlas, a la hora de elegir destino se comportan como si les sobrase el dinero (porque son las vacaciones, porque un día es un día, que nunca hacemos nada) y después devoran hasta la indigestión para ahorrarse la comida si salen del hotel, o se encadenan a la sombrilla porque dónde vas a ir, si el pueblo es una mierda o todos son unos delincuentes o hay mucha pobreza y te deprimes.

Dicen que, como los aviones, los resorts, antes de lujo, se han democratizado. Pero no tanto por el low cost, sino porque nos han convencido de que casi todos somos clase media, así que debemos consumir un determinado nivel de productos: básicamente en ropa, coche, y el tipo de vacaciones, pero no entendidos como calidad sino como gasto mínimo.

Imagine por ejemplo una familia con unos ingresos de 1.000 euros mensuales por persona, ¿cuánto debería gastarse en sus vacaciones? Pues resulta que, según las estadísticas oficiales, prácticamente esos mil euros por cabeza. Y el presupuesto diario no para de crecer, en todo caso, con la crisis se reducen los días. Hace unos años era un mes; después, medio; ahora andamos por diez o siete días.

Curiosamente el negocio hostelero, ese que se vende con fotos de folleto así que el tipo de construcción debe entrar por los ojos (otra cosa es que entre por los oídos el chunda-chunda cuando ya estás alojado, pero ya es tarde), se devana los sesos estudiando al milímetro las tarifas de sus extras, al menos en el caso de las grandes cadenas.

Calculan al detalle el minibar: un agua mineral 3 euros (IVA no incluido). Afinan con el teléfono en la habitación (¿o ya no ocurrirá por culpa de los móviles y las llamadas nacionales a fijos serán gratis, jajaja?). Hacen llamamientos ecológicos para ahorrar en lavado de toallas. Imaginan servicios de televisión casi interactiva, instalan videojuegos con tragaperras por tiempo en los pasillos. Muchos cobran por la wifi (algunos no se han enterado de que desde sus habitaciones se pilla gratis la wifi del edificio de al lado) y hasta por la llave de la caja de seguridad (hay que pagar un extra para evitar, al parecer, que sus propios empleados roben a los clientes). Y dan instrucciones concretas a su personal para que sólo repongan el frasquito del champú cuando esté totalmente agotado. No quiero seguir.

Teniendo en cuenta que una habitación de hotel cuesta de media más de cien euros, 150 o 175 en destinos de moda y 240 en resorts, y sabiendo que el turista incrementa su presupuesto año tras año, pero que después entra el ataque de piojos y dejan el Passat fuera del recinto por ahorrarse el aparcamiento, ¿por qué no se incluye todo en el precio de la estancia?

Algo raro sucede entre un cliente que paga su sueldo mensual por una semana de vacaciones y que trata de amortizarlo en el bufé junto con un hotel que trata de recuperar con la wifi lo que se gasta en muesli o huevos revueltos con salchichas. En realidad no entiendo ni a unos ni a otros.

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