Mientras tanto, los periodistas, los publicistas y los relaciones públicas (englóbense aquí por favor a los gabinetes y directores de comunicación interna y externa), que llevan años navegando por los procelosos mares de la opinión pública, la atención al cliente, el lobby feroz, las administraciones y los políticos, los proveedores de capital, plantillas, familias y aledaños, entornos vecinales, crisis y protocolos resulta que se encuentran que su opinión profesional ha perdido todo valor frente a la mago del último y simpático vídeo viral, el "rey del muro" o el que explica con desparpajo el uso del follow friday o hashtag.
Sé que estamos en la prehistoria del fenómeno. Imagino que cuando se inventó la imprenta de tipos móviles, el daguerrotipo, el telégrafo, la radio o la tele los charlatanes de feria, los gurús del carromato vivían de cómo funcionaba el nuevo invento sin entrar en los pequeños detalles de los géneros informativos, la manipulación propagandística o la telebasura.
Pero teniendo en cuenta que vamos como motos, el fenómeno redes sociales (que aporta algunas novedades, pero no demasiadas, al mundo de la comunicación) debería empezar a desvestirse de los recetarios y las instrucciones cósmicas. Y es que a nadie se le ocurre escribir en serio un artículo relatando las cinco formas de hacer un canal de tdt de éxito, o cómo lograr audiencia en seis pasos sencillos, ni siquiera un aprenda a redactar best sellers o filmar un taquillazo en ocho etapas.
Comunicarse a través de cualquier medio siempre ha sido sencillo o difícil, según se mire. Ha tenido siempre mucho de seducción personal, de simpatía y empatía, de sentido de la oportunidad, de instinto. Pero también de oficio, de profesionalidad, de experiencia. Fracasar en las redes sociales es como fracasar conversando en una fiesta, no conectar en un coloquio, meter la gamba en una reunión o en una rueda de prensa, no acertar en las declaraciones, en la estrategia publicitaria, en la gestión de la crisis. La complejidad no reside en la red social, sino en los interlocutores y en los mensajes. Como siempre.
Dicho de otro modo, si no sabe qué decir, ni quiere escuchar, hágase el favor de dejar de perder el tiempo y no culpe a las redes sociales.
